Se fue "El Caballero"
Quizás muchos pensarán: hay tantas cosas importantes y este fulano está gastando tinta de «llorar» por los boliches fundidos… Y puede ser así, pero lo que pasa ¿sabe? es que nos guste o no, los boliches han sido en esta bendita ciudad de San Felipe y Santiago (y en el resto del país también) un poco o un mucho los barómetros de las crisis. En tiempos de vacas gordas, uno pasaba por el boliche del barrio y se fijaba a ver si estaban los amigos. Si no había ninguno, se iba tempranito a «guardar» a casa y chau. Ahora, últimamente, uno mismo pasa por el boliche de la cuadra (si queda alguno) y se fija si hay alguien amigo o conocido.
Si no hay nadie, entra a las apuradas y se manda «en solitario» una entre pecho y espalda y, casi furtivamente, se escapa antes que aparezca alguno y se vea comprometido a «mandar la vuelta». Como dijo el «Loco» Berrueta llorando el cierre de «El perro que Fuma» allá en la rambla portuaria, en el mercado del Puerto: «Antes sí que eran tiroteos los que se armaban… ahora estamos todos con la pólvora mojada…»
Un «Caballero» menos
Seguramente, muchos se preguntarán a qué vienen estas reflexiones. Tienen su razón de ser. Hace unos días, el colega Ruben Borrazás nos contaba del cierre de «El hacha», uno de los boliches más viejos de la ciudad. También cerraron «El perro que fuma», (en el puerto), «El Faro» de Garibaldi y General Flores, el Sorocabana de la Peatonal Yi, y decenas de mostradores más que han sido clausurados en los últimos meses. Ahora se sumó a esta lista uno de los boliches más emblemáticos de Montevideo: el Café y Bar Caballero, de la esquina de Monte Caseros y Garibaldi, el mostrador más antiguo del barrio La Blanqueada, con más de cien años de existencia.
Una larga historia
Exactamente no se tienen noticias fehacientes de la fecha de su fundación, pero se sabe ciertamente que el siglo XX amaneció con las puertas ya abiertas en esta misma esquina de la pulpería y almacén de Ramos Generales que fuera en sus comienzos.
En el enorme galpón lindero, donde hasta no hace mucho funcionó un taller de automotores, había instalada una herrería, razón por la cual, todo el frente del boliche y del galpón tenía palenques para atar los caballos, mientras se esperaba.
Incluso cuentan que existía una especie de «complicidad» entre el herrero y el pulpero: el primero hacía demorar su trabajo, y por supuesto los clientes mientras aguardaban ser atendidos, acortaban el tiempo en el mostrador de la esquina, por lo que los beneficios se multiplicaban.
En el horno donde hasta ahora (y desde hace 35 años) hace sus excelentes pizzas y figazas de cebolla Hemetrio «Baby» Rodríguez (uno de los mejores pizzeros de la ciudad) en aquellos tiempos del almacén de Ramos Generales, se horneaba el pan con el que se abastecía toda la zona.
De cuando (dicen) que Gardel estuvo y cantó en el «Caballero»
Cuentan que el día 11 de diciembre de 1915, Carlos Gardel y el actor E. Alippi, cuando salían de una milonga más que bacana en Buenos Aires el «Palais de Glace» tuvieron un altercado con dos desconocidos de apellido Guevara uno y De la Serna el otro (extraña coincidencia ya que esos son justamente los dos apellidos –paterno y materno– del Comandante Che Guevara) y en el transcurso del entredicho Gardel recibió un balazo en el pecho que casi le costó la vida y que según expresaba el diario «Crítica» la bala fue extraída enseguida del pulmón izquierdo con toda fortuna en el Hospital Rawson».
Para restablecerse de esta herida, Carlos Gardel decide pasar una temporada en la estancia Etchegaray en el Valle Edén (Tacuarembó) donde justamente naciera, y este detalle fue revelado por su amigo el boxeador Angelito Rodríguez y por Doña Tomasa que se encargó del cuidado del huésped. Es en esa fecha más o menos que gestiona su Cédula de Identidad uruguaya. Pocos días después se suma al también oriental José Razzano y con la Compañía Tradicionalista Argentina de González Castillo y Alippi realizan con obras tales como Santos Vega y Martín Fierro una corta temporada en el Parque Central.
Transcurría el mes de enero de 1916 y es precisamente en esos días, en que sus actuaciones en el Parque Central, lo acercaron al barrio La Blanqueada y una noche de fines de enero, Gardel y Razzano con una barra de amigos entre los que se encontraba el propio Alippi –maestro de actores en la escena rioplatese– Angelito Rodríguez y el jockey Irineo Leguizamo, que en esos tiempos comenzaba a cimentar lo que sería una amistad hecha leyenda, se acercaron hasta la esquina de la pulpería de la herrería, (hoy Monte Caseros y Garibaldi) y allí, luego del trasiego de varios tragos, Gardel y Razano cantaron hasta muy entrada la madrugada.
Luego de esa noche, partieron hacia Buenos Aires para debutar días después en el teatro Odeón de Mar del Plata.
Herrera y el «Anís del Mono»
Don Luis Alberto de Herrera, viejo e histórico caudillo nacionalista, estuvo también compartiendo las mesas del «Caballero». Cuentan algunos memoriosos que solía acercarse hasta la herrería desde su quinta del Prado, para herrar algunos de sus caballos, y muchas veces se encontraba con otro prócer del civismo vernáculo, don Emilio Frugoni, que una que otra vez también supo acercarse al lugar a saborear un café. Ambos compartieron largas charlas allá por la década del 30, cuando los alrededores de este lugar muy poco se parecían al «hoy» del fin de siglo.
Más acá en la historia, el «Caballero» ha sido también desde diez o doce años a esta parte, refugio de más de un cronista trasnochado (o no) de LA REPUBLICA entre los que se destacan el «Tano» Pierri, infaltable, antes de convertirse en adorador del mar y de la pesca y un buscador de pueblos perdidos y trabajadores varios de la imprenta, administración, etc. Casi que podríamos decir que esta noche cuando el «Caballero» cierra definitivamente sus puertas, una parte también de la historia íntima de la gente del diario (del modesto gestor «de abajo» de esta realidad periodística de todos los días), se estará despedazando ante el muro inconmovible de la crisis.
El adiós definitivo
Daniel Balsas hace casi 18 años que está al frente de este boliche. Hace mucho tiempo las cosas comenzaron a rodar mal. Se aguantó todo lo que se pudo. Fueron cerrando todos los mostradores de los alrededores (el Kopeta’s, el Trivekas, el Beto que sigue abierto a medias, el Torrado, y otros), pero ahora ya no da más. Y las cortinas hoy bajarán definitivamente.
Hoy o mañana, seguramente el local tendrá un cartel de Se alquila o Se vende. Y tal como pasó con El Faro, la Cantina Santucci, La Proa, El Hacha, El perro que fuma, El Morini (del Mercado central ) el Sorocabana, y tantos, tantos otros (El Yamandú, La Dársena, El Mingo, el Flores Palace, El Rincón, etc., etc.) al principio quizás le llame la atención a alguien, después la indiferencia caerá sobre la esquina y mañana o pasado se cumplirá su inexorable destino: será demolido y habrá un nuevo edificio de apartamentos, o quizás alguna cadena multinacional de comida chatarra aparezca en el lugar, sentando sobre las ruinas de tanta historia de entrecasa, al Tío Sam comiendo una hamburguesa, mientras la perra Lassie le alcanza las pantuflas…
Y esta historia además tiene otra cara, que no deberá doler sólo a los nostálgicos sino al país todo: Daniel Balsas, cualquier día de estos, con toda su familia regresará al ombligo de sus ancestros, a España, en
busca de un horizonte más generoso.
Tal vez, duelan más todos los «Danieles» que emigran, que los boliches que cierran, pero una cosa tiene mucho que ver con la otra. Mañana o pasado, si puedo, tal vez decida garabatear un tango, o le pida a alguien más inspirado que lo escriba, para recordar al menos en dos por cuatro, esta esquina y esta historia (o leyenda) que muchos nos contaron en estos días.
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