Prohibido para nostálgicos

"Aquellos viejos, en los días del ayer"

Por Angel Luis Grene

Por esos lados, los viejos reconocieron al escribidor que hace unos días «recaló», un ratito, por la plaza donde desemboca Cipriano Miró. Le pidieron que en su próxima nota dominguera, contara sobre la vida de los veteranos. De los abuelos en la Montevideo del Ayer.

Sus memorias se enredaron al laberinto de recuerdos que llevamos a cuestas. Entre palomas que revoloteaban y la luz haciendo sus últimos arabescos entre las flores y ramas, les dijimos que sí. Que hablaríamos de «los viejos» de antes. De sus andares por los queridos barrios populares.

De sus vidas, de sus sencillos momentos en la vida de aquellas familias. En una ciudad de casas bajas, en una ciudad que respiraba muy lento.

La magia chiquita del veterano escribidor se la dedicamos a esos viejos de la Unión. En ellos, a los viejos de todos los barrios. Los que son nuestros «lectores cómplices». Con sus ganas de vivir, con nuestras ganas de vivir, hoy construimos los puentes que nos trasladan a los años que se fueron.

Como escribió Cesare Pavese, «los lugares de la infancia retornan a la memoria porque en ellos sucedieron cosas que los han hecho amigos únicos». Es que por allí anduvieron los abuelos de todos. Aquellos nobles viejos con los que todos tuvimos las primeras lecciones de este incesante oficio del vivir.

Y más aun en el caso del que garabatea, terco y caprichoso, sus álbumes de entrañables recuerdos. Es que se crió con esos viejos, abuelos y tíos, ya que su madre dio su vida para que él naciera. Y ahora, más de ochenta años después, el «jovato» le da «de punta» al metejón de compartir sus recuerdos. Sabiendo que contando sus cosas, está contando las cosas de tantos que como él, se treparon al viejo siglo y le metieron, con todo, a los años y décadas, cuesta arriba.

Días en que los viejos estaban hasta el final con sus familias. Es que en esas casas, con terrenos y un fondo, el trabajo no faltaba. Tareas sencillas para que los veteranos se sintieran útiles, y era verdad que todos valoraban sus esfuerzos.

El cuidado de un jardincito, muy pegado, casi al lado de la vereda. Por esos rincones andaban los abuelos y sus «gajitos» y semillas. Muy orgullosos de las flores. De esas rosadas hortensias que rodeaban la casa, de chapas y maderas. También orgullosos de las violetas que en manojitos, aparecían de mañana perfumando todo el interior de la vivienda.

Esa pasión por las flores los llevaba a que con otros veteranos organizaran concursos, con todo el barrio de jurado, para ver en qué jardín estaban las rosas más lindas, los jazmines de más fragancia o las margaritas más grandotas. El premio, un saquito de semillas o alguna regadera nuevita.

Por el Cerrito de la Victoria, en su callecita Hum, cuando ésta se rodeaba de «potreros», por la década del 50, vimos muchos concursos de flores. Siempre terminaban en un domingo de setiembre, con todos los más viejos vecinos en la vereda. Charlando, riendo y hasta bailando en esa calle que trepaba al Cerrito. Y esa gente también se «trepaba» a sus sueños hecho de plantas, flores y un ramo de colores y tenues perfumes.

En el «terreno del fondo» se plantaban las verduras. Allí el abuelo colaboraba con la economía del clan familiar. En las casas donde «el tano» verdulero pasaba de largo. En las que no paraba su carro, es que allí había viejitos que le daban al cultivo de legumbres y hortalizas. Cuidando que sus nietos no las hicieran «el blanco» en sus juegos con la pelota de trapo. Y que los más pequeños no las pisaran cuando disparaban para el fondo, jugando a «las escondidas», entre los zapallos y los tan rojos y frágiles tomates.

Pero en esas familias de laburantes, los abuelos también tenían que encargarse de dar una mano con los más «purretes». La abuela, al amanecer ya estaba despierta, preparando el enorme tazón de café con leche, donde flotaban las miguitas de la «sopa de pan picado». Y con los más chiquitos de la mano, los llevaban y traían de la escuela, prometiéndoles que si «se portaban bien con la maestra», al regresar habría una rica sorpresa.

Y ese premio, esa rica sorpresa, era una de las más deliciosas tareas de los abuelos del ayer. Jaleas, mermeladas, compotas y arroz con leche, salpicado con canela. Recetas que habían llegado de las viejas aldeas españolas o italianas. Que revivían en las frágiles manos de las abuelas. Con aromas que se elevaban en la vieja cocina de leña y quedaban pegados en cada rincón del hogar.

Mientras las grandes cucharas de madera revolvían una mermelada de higos, era como si «el espíritu de la aldea» que habían dejado allá lejos, estuviera al lado de esas viejas cocineras. Al mirar a sus nietos con las mejillas manchadas de dulce, esas mujeres se sentían felices de estar en la nueva tierra. El dolor, la nostalgia por el terruño natal, se alejaba por la fuerza de esa infantil alegría.

También los niños acompañaban a los abuelos para hacer los mandados. Pero, pensándolo bien, ¿quién acompañaba a quién? Llegaban juntos al «baratillo» de la esquina y sacaban el papelito donde tenían anotado lo que había que comprar. Siempre había tiempo y sobraba algo para una rápida jugadita a la quiniela. Y el abuelo pedía «la yapa» en caramelos para los chiquitos que, sin llegar al mostrador, miraban desde abajo y esperaban el momento de los dulces de regalo.

Las labores de los más viejos del clan familiar no eran solamente domésticas. Algunos se quedaban hasta muy ancianos aconsejando a sus hijos y nietos en las tareas comerciales. Como en la Villa Muñoz y su «barrio judío». Epocas en que todas las tienditas de telas o almacenes de comestibles de Arenal Grande y Domingo Aramburú tenían una silla en la entrada. allí, alguien muy viejo ayudando, dando consejos con enorme «carpeta» a la clientela. Se trataba de los viejos judíos o polacos que habían creado «a puro pulmón» e ingenio esos comercios y ahora se quedaban, muy ancianos, colaborando con sus familiares. Fueron muy respetados por los clientes y vecinos. Como la recordada «Rebecca» del almacén de Arenal Grande y Marcelino Berteloth. O el señor Recupido del «registro de telas» de Domingo Aramburú, frente al Vaccaro.

¡Cómo dejar de lado a los viejos bolicheros gallegos! Esos que muy entrados en años se negaban a colgar su saquito negro. Y desde la mañana hasta la noche estaban al firme atrás de la enorme caja registradora con una manijita al costado. Sus sobrinos llegaban de España, se casaban y tenían hijos, pero estos «gallegos de ley» no aflojaban y hasta su añosa vejez continuaban trabajando muy fuerte. Un cálido recuerdo para aquel querido español, fundador del Bar «Bancario», en Marcelino Sosa y Concepción Arenal y a la familia, mezcla de «gaitas y criollos» que con tanto amor dejó al país que lo recibió, por mediados del viejo siglo.

Hay tantas historias de los veteranos del ayer. Sólo basta que los «lectores cómplices» también sueñen un poquito como lo hace en sus programas de CX44 o en estas notas domingueras el viejo y terco escribidor. Así nacerán más imágenes de esa gente que «peinó canas» hace mucho tiempo, allá por la lejana patria de la infancia.

Comercios, barrios y casas donde tejieron sus vidas los veteranos de los viejos tiempos. Ahora son postales que compartimos en el fuego que no cesa de la pasión del vivir. Así cumplimos con esos viejos que tarde a tarde se reúnen en la placita de la calle Cipriano Miró. A ellos les dedicamos los remolinos de recuerdos de este domingo. Con esa gente linda anduvo el viejo escribidor por los laberintos de la montevideana memoria. Iluminados por un sol, que jugueteaba entre los árboles de ese barrio que es todos los barrios y todos los soles de esta querida V
ieja Capital.

Los esperamos todos los sábados y domingos, a las 19 horas, en CX 44, y también los domingos, en LA REPUBLICA, con más «Prohibido para Nostálgicos», con los auspicios del Departamento de Cultura de la IMM.

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