Prohibido para nostálgicos

Personajes del ayer en los viejos barrios

En ese fraterno rito, renacen los nombres de aquellos que, mucho tiempo atrás «trillaron la yeca». Y fueron parte, como enseñaba Balzac, de la «comedia humana». En este caso, montevideana y muy nuestra.

Cada uno en su rol, cada uno en su sincero «papel». Lo que espontáneamente hicieron, «pegó» muy hondo en el corazón de los que vivimos para contarlo. Personajes barriales del ayer de la Vieja Capital. ¡Cuántos recuerdos! Parece que hace tan poco que sus vidas corrieron muy juntito a la nuestra.

Luchando, «metiendo pechera», haciendo lo que amaban. Para su diario sustento y para que todos nos sintiéramos orgullosos de ellos. Como nos sentimos ahora por la dicha de haberlos conocido de muy cerca.

Por eso hoy, el laberinto de la memoria se hace fácil de descifrar. Solamente hay que entornar los ojos y ellos, esos seres tan entrañables de los viejos barrios, llegan «en puntitas» de pie. Se acercan a la hoja en la que este viejo escribidor dibuja, una a una, sus palabras. Y, uno a uno, ya están a nuestro lado. Diciéndonos, ¡no aflojés!, ¡vamo’arriba, veterano!, e impulsan «con tutti» al torbellino de tantos recuerdos.

Por alguno hay que empezar. Bueno, arrancamos para el añejo Cordón. Por la gloriosa década del 30. Nuestro personaje vivía por la llamada calle Piedad, ahora Carlos Roxlo, casi Paysandú. Muy querido y admirado por todos. Es que se trataba del «primer bombero voluntario», Don Pizzorno, reconocido tanto por «los soldados del fuego», como por sus vecinos y compañeros de trabajo. Se ganaba la vida en una oficina de UTE, muy cerca del cuartel Centenario. Cuando escuchaba la campana que sonaba fuerte, tenía el permiso de sus jefes para retirarse a su casa. A los escasos minutos, los vecinos de la cuadra lo veían salir corriendo, abrochándose los últimos botones del uniforme y con el gran casco en la mano, rumbo al cuartel. Una camioneta, de último momento, siempre lo acercaba al sitio del fuego. Con enorme voluntad colaboraba y todos apreciaban su desinteresada actitud. Recibió muchos homenajes por su voluntad de servir y ayudar. En un armario guardaba, con orgullo, esas distinciones. Las mostraba a un pibe que por esos días lo visitaba, y se quedaba encandilado ante esas muestras de «corajuda» valentía. Es que fue nuestro «tío político», como decían antes, y nos dio un ejemplo y muchas lecciones de vida.

¡Adiós, Don Pizzorno!, ¡Adiós, bombero!, le decían los vecinos cuando salía tempranito para el laburo, o cuando «mateaba», en la puerta de su casa con su querida señora Rosa. Y un muchachito que siempre se le acercaba para recibir «una mano», en su dura juventud, es el que ahora está escribiendo. El que está compartiendo con todos su tierno recuerdo.

Vamos para el barrio Bella Vista. Son muchos sus personajes. Caprichosamente optamos por uno. Los «lectores cómplices», ahora mismo, están haciendo memoria y agregan en sus hogares lo que nosotros dejamos de lado.

Uruguay hacía poco que se había coronado campeón del mundo, en un flamante Estadio Centenario. Surgía otra querida figura popular. El boxeo fue su pasión. Querido por «los canillitas» que lo hicieron su ídolo, y por todos los humildes laburantes de la calle. El «Toto» Fean, el de las mil anécdotas. El púgil que sostuvo aquel mítico combate con «el gaucho» Caldera, grandote y con mano «de piedra». Que llegó a la pelea vestido de «paisano» y le dio una pelea «de campanillas» al ídolo de la calle Olivos. Cada golpe arrancaba emoción y aplausos. Al final, el Toto ganó pero el combate fue durísimo. A los pocos días, «el gaucho» llegó al bar «La Recalada, donde paraba el bellavistense. Todo fue silencio. Pensamos en una revancha, entre las mesas, de ese enorme boxeador que había sido derrotado. Pero la mano extendida del paisano y su apretón selló un reconocimiento al que había sido un justo vencedor. El boliche casi se viene abajo de los aplausos de todos los parroquianos. Las copas siguieron, como también las anécdotas de ese querido Toto. Que todos los veteranos recuerdan como un gran bohemio y un personaje que fue aún más leyenda después de un trágico final en una emboscada, con balas traicioneras y cobardes.

Sige la memoria caminando por los viejos barrios. Allí está el Paso del Molino. A la altura de Agraciada casi Zufriategui, un recién inaugurado cine «El Alcazar». Con un gerente «de lujo». El que fuera primero defensor del «papal» y luego de «los carboneros», el señor Canavessi, como todos con respeto lo llamaban. Nosotros también así le decíamos, cuando nos entregaba un montón de hojas de «programas» de las matinés, vermouth y noche. Para repartir debajo de las puertas, en un laburito que nos dejaba unos vintenes y un par de entradas «de garrón». Caballero del deporte y con «gran carpeta» para entrar a la sala cuando se armaba lío y sacar, sin violencia, a los díscolos espectadores. Epocas de «cinematógrafo» con pianista porque todavía llegaban películas mudas. Y con «ruido» a maníes que se abrían en la oscuridad por gente que se asustaba con Boris Karlof, reía con Buster Keaton y luego, en «las sonoras», zapateaba el piso al compás del mágico Fred Astaire.

Por la Ciudad Vieja, y sus dos viejos mercados, «trillaba «Fosforito». Por el de la calle Ciudadela, antes que lo destruyeran para hacer otro nuevo sin espíritu por sus gastadas piedras, empezaba cada sábado ese personaje su peregrinación por el mundo de «El Bajo». Repartiendo propaganda, vestido de Chaplin, al que amó con todas sus fuerzas. Tocando sus castañuelas de hueso, haciendo morisquetas y siempre rodeado de sus incondicionales amigos, los pibes. Arrancaba sus pasos del fondo del Antiguo Mercado, del «Fun Fun» de la uvita del señor López. Salía al mediodía y, luego de una vueltita por el Tupí, «recalaba» en el Mercado del Puerto.

Antes, un saludo de rigor a la fraterna «barra» de los que hacían «codo» en el tradicional «El Globo», de la rambla portuaria. Después sí, su pequeña figura alegraba a todos en «Roldós», en lo de Carlitos o en alguna parrillada a la que le hacía propaganda vestido de «hombre sandwich». Un cartelón adelante y otro por atrás, y dale vueltas y más vueltas por todo el mercado.

Aún hoy, que hace tiempo que no está más, parece que en cualquier momento surgirá con el repiquetear de sus castañuelas, sus enormes zapatos y saludando mil veces con el chaplinesco «bombín». Las callecitas del mercado lo extrañan. Y si entre todos pensamos en «Fosforito», quien les dice ¿verdad?

En la próxima la seguimos, pues quedaron muchos personajes populares que «piden cancha» en los territorios de la memoria compañera. Nuestra «comedia humana» tiene innumerables de esos sencillos seres, que dieron toda su sangre por una ciudad que amaron intensamente. La Montevideo del ayer que ahora obliga a que el viejo escribidor los haga renacer. Para ver sus roles, escuchar sus voces y compartir la luz con que inundaron el escenario de empedrados y adoquines de la Vieja Capital.

Los esperamos todos los sábados y domingos, a las 19 horas, en CX 44, y también los domingos en LA REPUBLICA, con más «Prohibido para Nostálgicos», con los auspicios del Departamento de Cultura de la IMM.

Coordinación: Angel Luis Grene

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