Prohibido para nostálgicos

El viejo Parque Central, con galgos y motos

Toda esa magia nacía por las viejas historias y el hechizo de las llamas, danzando en la crujiente leña.

Cuando el sol está cayendo, la memoria llama al veterano escribidor. Muy bajito le cuenta sobre otros tiempos. Cuando el viejo siglo apenas «clareaba», allá por las primeras décadas. Y él, que escucha también, siente «una tenue melodía». Hecha de voces que ya se fueron. De escenas tan llenas de bullicio y movimiento. Un Montevideo tan distinto y su gente que lo vivió intensamente.

Las palabras, melodías y voces inundan al hombre que, lleno de antiguas emociones, quiere compartir esos recuerdos con «sus lectores cómplice». De la mano de esos relatos, de la mano de la susurrante memoria, nos internamos en la vieja capital.

Cuando por 8 de Octubre y su orgulloso Parque Central, la gente desbordaba y no precisamente porque hubiera partidos de fútbol. La temporada futbolera había terminado. Corrían los primeros días del verano y no estaban las genialidades de Zapirain, ni tampoco las maravillas de Luis Ernesto Castro, el bien llamado «Mandrake». Otros eran los espectáculos que atraían a centenares de entusiasmados montevideanos.

La memoria «agarra» velocidad y se larga a contarnos sobre carreras de galgos y de motos que, hace una «pila» de años, se organizaban en el tradicional escenario de «los bolsilludos». Es que había que sacudir la modorra de un largo verano. En aquellos días hubo gente con creatividad que supo captar a un público ávido de nuevas sensaciones. De cosas que sólo veían en los diarios, y que ahora estaban tan cerca como lo estaba el Parque Central.

En uno de los laterales se ubicaba una corta pista que servía de escenario para las carreras de galgos. A los nerviosos y flaquitos canes se les ponía en sus lomos unas coloridas telas, donde aparecían bien claros los distintos números.

La gente se amontonaba, inquieta, pues la mayoría «bajo cuerda» había apostado por un animal. No faltaban los que decían tener un «dato posta». Pero, todo se desmentía en resultados que demostraban que cualquiera de aquellos simpáticos perritos podía ganar. Y además, los propietarios no soportaban que los curiosos y la cercanía de extraños afectaba su rendimiento en tan «peliagudas» carreras. O sea que «los datos» no servían y lo verdadero es que resultaban emocionantes e impredecibles competencias.

Del extremo de largada salían como «bólidos», detrás de un señuelo que simulaba ser una liebre y que se extendía por un riel a lo largo de la pista. La picardía popular enseguida se adueñó de tan pintoresco espectáculo. La frase «están corriendo la liebre» nació para mencionar a personas que, con poca suerte, iban de un lado para otro buscando un trabajo que les pagara «el morfe».

Cuando largaban todo explotaba en gritos de aliento que mencionaban los distintos números o las características de esos perros. ¡Vamo’arriba el 2!, ¡No aflojés, manchadito! y ¡Viva el negrito!, llegan a través de los años, mientras escribimos tratando de atrapar más y más de esos huidizos recuerdos. Que se presentan un instante, para «disparar» de inmediato, apenas dando tiempo para garabatear las frases que nos permitan compartirlos.

Esos perritos corrían «que se las pelaban», como decían los fanáticos y el vértigo de esos galgos provocaba fuertes emociones en todos.

Algunos individuos, muy «avispados», comenzaron a levantar apuestas por su cuenta, y al haber problemas cuando se quería cobrar, el espíritu de ese espectáculo tan vistoso se comenzó a deteriorar. Pero mientras duraron, las carreras de galgos «pagaron» fuerte en el Montevideo de antaño, que las tuvo como uno de sus pasatiempos favoritos. Un show que llevaba a las familias hasta el Parque Central, atraídas por la «novelería» de algo que «era pasión de los ingleses», como siempre decían los galanes, haciéndose los «entendidos» para deslumbrar a sus novias y a las infaltables familias.

Corriendo enloquecidos «detrás de la liebre», esos galgos interpretaron el frenesí de una ciudad que también quería vivir aquellos «años locos». Al compás del charleston, de las boquitas pintadas y de los «cachilos» que rodeaban al tradicional Parque Central.

Esas noches de verano también se engalanaban con carreras de motos que, con sus explosivos motores, llenaron de estruendo el mismo escenario y sus repletas tribunas. Grandes pilotos, como el argentino Landoni, dejaron gratos recuerdos de veladas inolvidables. Una pista con marcadas curvas donde la inclinación de las motos, casi a nivel del suelo, provocaban la admiración de la concurrencia. Exclamaciones de emoción. Todos con «la boca abierta» y el corazón «latiendo a mil», por temor a que algo les pasara a varias cuadras a la redonda. Los «rebajes» de los cambios y los murmullos y exclamaciones de las tribunas, retumbaban en ese viejo barrio montevideano.

Las competencias convocaron a muchos artistas argentinos que también se acercaban al Parque Central para ver a sus ídolos correr en otras tierras. «Â¡Vamos para los galgos!», «Â¡Vamos a ver las motos!», opciones distintas y novedosas para los vecinos de una ciudad que sentía avidez por conocer nuevas sensaciones, y tener excitantes experiencias.

Por eso es que los tranvías llegaban llenos al Parque Central. Y esperaban a esa multitud a la terminación, por la calle Jaime Cibils. Y también por eso, la fiesta popular se completaba con gran cantidad de parrilladas callejeras que desde 8 de Octubre, rodeando el escenario, abundaban con sus tiernas carnes. Para rociar con las infaltables damajuanas del tinto «semillón».

Por todos lados fotógrafos, con sus «fogonazos», para dejar detenido el tiempo de esos instantes de auténtica algarabía popular. Muchos álbumes de fotos familiares aún conservan postales de nuestros abuelos en aquellas jornadas de galgos y de motos.

Y carreras por dentro y también carreras «por afuera». Es que no faltaban los que querían «colarse» y eran perseguidos al galope y sable en mano, por los «guardiaciviles» de «La Republicana». No les quedaba otra que alejarse, corriendo muy rápidamente calles adentro que estaban muy oscuras. Es que habían quedado «marcados» y «la coladera», al menos por es noche, resultaba imposible.

Las viejas historias llegaron nuevamente. También escuchamos, como nos enseñó el maestro Hesse, «una tenue melodía». Y vimos cómo las imágenes y sonidos «se multiplicaban e irradiaban belleza y alegría».

Una colorida carrera de galgos, a cual de éstos más veloz. Las explosiones de los motores de enormes motos «al mango», asombrando a todos. Un estruendo de comentarios y frases de admiración, elevándose desde la muchedumbre de entusiasmados montevideanos.

Sonidos e imágenes, en una danza de viejos recuerdos que hoy nos susurró la memoria compañera. Para compartir con todos y así hacerlos más nuestros, más de todos nosotros.

Los esperamos, a las 19 horas, todos los sábados y domingos en CX 44, y también los domingos en LA REPUBLICA, con más «Prohibido para Nostálgicos» con los auspicios del Departamento de Cultura de la IMM.

Coordinación: Angel Luis Grene

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