Un aroma a sol, entre "tintas" y "latones"
Hoy las imágenes son muy luminosas. Como el sol que amanecía en las primeras décadas del viejo siglo. También son muy blancas, a fuerza del trabajo.
Y muy claras y frescas. Todo mérito exclusivo de unas mujeres. Aquellas amas de casa con «batones», pañuelos en la cabeza y largos delantales. Luchaban codo a codo con sus maridos para llevar adelante el hogar.
Atendiendo a sus muchos hijos, a los abuelos y algún tío, personas mayores que también vivían en la casa. Preparación de las comidas y la atención de los animales. Como el insustituible «perro guardián», las aves del gallinero, los pájaros del «jaulón» de la galería. Y hasta el pintoresco detalle del choclo para la cotorrita que, en la entrada, «avisaba quien viene», evitando que los niños les enseñaran «malas palabras». Todos trabajos de esas mujeres de antes.
Pero, hoy los «amorosos pensamientos», son muy blancos y deslumbrantes. Es que así quedaba la ropa, con «olor a sol y a limpio», luego de la ruda tarea que esas mujeres cumplían con gran sacrificio y ternura.
Sí, queridos «lectores cómplices». Desde este momento ustedes y el veterano que escribe, seremos espectadores de una de las cotidianas ceremonias de aquellas «amas de casa». El lavar toda la ropa de un extenso clan familiar.
Sin tecnologías, sin lavarropas «inteligentes» ni secadoras «programadas». Todo «a puro pulmón». Con la energía de lo femenino. Con toda esa ancestral fuerza al servicio de un acto de mucho sacrificio.
Solamente el apoyo del sol, el agua y las manos que fregaban incansables.
Las puertas de la memoria se abren de par en par. ¡Es que hay tanta ternura en lo que vemos! Nos asomamos tímidamente. No queremos distraerlas de sus trabajos. Al notar nuestra presencia, apenas si levantan la cabeza de «la tina» de lavar. Nos sonríen con amor. Y siguen «dale que te dale».
Empezamos a escribir y nos entusiasmamos de tantas cosas que vemos. Trataremos de ser como ellas y vamos a poner «algo en limpio».
Por allí anda mi abuela y las tías que nos criaron. Dándole duro al trabajo de lavar la ropa. Usaban una «tina» que se había confeccionado cortando por la mitad un barril de madera. Era costumbre utilizar, apoyada en esa «tina», una tabla, también de madera, que tenía una serie de ranuras. Fregaban allí toda la ropa de la familia. Con cuidado para no romperla, pero con fuerza, la frotaban contra la tablita para derrotar alguna mancha rebelde.
Cuando los vintenes no alcanzaban, esas mismas mujeres se daban «maña» para elaborar una especie de gran trozo de «jabón casero», hecho a base de sebo que conseguían del carnicero de la cuadra.
Pero, casi siempre, también se daban ingenio para que en sus modestas «economías domésticas», no faltaran los imprescindibles jabones que mucho las ayudaban en ese arte de lavar. Días en que aparecían algunas marcas como «Primus», el «Bão» o el «Olimpia» que se elaboraba en los frigoríficos de la populosa Villa del Cerro. También el llamado «Tres Estrellas».
Un rito. Una alquimia. Un esfuerzo de mujeres que «metían pa’adelante». Mojar bien la ropa. Enjabonarla, refregar duro, y luego enjuagar en agua limpia. Como se utilizaba la del pozo, se la «ablandaba» y se le quitaban las impurezas con aquellas populares «barritas de azul» que sumergiéndolas, un ratito, lograban milagrosamente que todo adquiriera un tono de más blancura.
También se lavaba en un gran «latón» de hojalata. La tablita se colocaba igual que en las «tinas» de madera. ¡Y a lavar se ha dicho! El sol de la mañana caía sobre esas mujeres. Se tenían que apurar pues el silbido de las ollas, sobre la cocina de leña, les anunciaba que había que ir a dar una «vichadita» a la comida.
El sudor dibujaba gotitas en sus rostros. Pero, como escribió Morosoli en un antiguo cuento, ese «sol derramaba una líquida sensación de plenitud». La única válida. La digna «plenitud» que se logra con el trabajo hecho con mucho amor.
Luego vinieron las piletas de hormigón. Un astuto invento de las barracas que tuvo éxito en las familias populares. «Tinas» y «latones» fueron a parar al cuartito de «los cachivaches». Esas piletas de hormigón se diseminaron por todos lados. Aparecieron en los fondos de las casas barriales. O en las azoteas de barrios como El Cordón o La Comercial, donde al costado de las claraboyas, aún se pueden ver olvidadas piletas de hormigón. Mudos testigos de un tiempo ya definitivamente ido.
También los varones colaboraban en el lavado. Lo hacían en casos como la limpieza de sus pañuelos, blancos, colorados y otros muy rojos, que utilizaban en los días de las campañas electorales atados a sus cuellos. Se los anudaban con orgullo y a trabajar en «los baluartes», en los comités, sin olvidar los sindicatos.
Los jóvenes varones también daban una «manito» a «las viejas» al lavar ellos mismos sus blancas camisas de salir. Las que usaban para ir al «cinematógrafo» o a «los bailongos». Lustraban con un cepillito los cuellos. No olvidemos que las camisas se vendían con un cuello de repuesto. Y luego le agregaban, con mucho esmero, el almidón antes derretido con agua caliente.
Mas, «las doñas» eran las dueñas del arte del lavado. Sabían que para la ropa delicada «el jabón de coco», resultaba más que indicado. Y conocían el secreto del manejo de un «agresivo» y pastoso jabón, hecho con grasa, soda y arena. Se usaba, con muchas precauciones, para combatir las manchas de aceite industrial o de herrumbre en los overoles, si el jefe del hogar laburaba como mecánico o si «yugaba» de herrero.
Una postal, muy brillante, se filtra por esa puerta que nos abrió la memoria.
Muestra el fondo de una casita. Allí, entre dos árboles, una larga cuerda tendida donde sábanas, camisas y pantalones son acariciados por la brisa. Mientras el sol calienta el aire y deja su calor en esas prendas que renacen como nuevas. Y al caer la tarde, ese milagro se completa. De nochecita, cuando sean puestas en los cajones del agrietado ropero, tendrán aroma a sol, a limpias. Un aroma que nos lleva a días que se fueron para no volver.
Esa entreabierta puerta de la memoria también nos muestra otra imagen.
Un terreno con muchas sábanas sobre el pasto. Húmedas, desplegadas al sol. Costumbre de la gente del Interior que se afincó en los barrios urbanos. Se las mojaba a cada rato. Decían que así quedaban más limpias, más blancas.
Luego, ¡a planchar! Esas mujeres no descansaban ¿verdad? Pero lo vivimos y la memoria las quiere homenajear en sus incesantes y domésticos trabajos.
Por los años 20, las planchas eran unos macizos artefactos, «de fierro». Se calentaban previamente en la cocina de leña. También se utilizaban planchas, con un pequeño depósito interior, donde portaban trocitos de carbón o de brasas.
Muy pesadas, pero aquellas mujeres «no arrugaban». Y sin guantes ni uñas pintadas, pero igual muy femeninas, cumplían sus tareas para el bien de todos los integrantes de sus numerosas familias.
Epocas de mucha ropa de blanco color. Túnicas, camisas para las salidas y sábanas extendidas en enormes camas de metal. todo tan blanco y con «olor a sol».
Resultado de los esfuerzos de mujeres, dobladas sobre sus «tinas» o «latones», dándole, con todo, a las tablitas de madera. Todo a puro «pulmón».
Para luego lucir espléndidas, en sus vaporosos y claros vestidos, bajo los rayos de su «compinche», el sol.
Por el Parque Capurro o en el Rosedal del Prado. Un sol que iluminó los «amorosos pensamientos» del viejo escribidor.
¿Y cómo no podían ser «amorosos»? Hoy hablamos de mujeres, de damas, de sus trabajos, de sus esfuerzos y del cariño que ponían en las tareas que cumplían día a día.
Los
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Coordinación: Angel Luis Grene
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