Los desocupados lavan autos, pasean perros y hasta son malabaristas

Uruguayos sobrevivientes

«Trabajé en la construcción hasta que me echaron. Luego estuve haciendo vigilancia donde me pagaban 7 pesos la hora. Trabajaba hasta 12 horas por día y las horas extras te las pagaban simple. Tengo 3 hijos en Montevideo y uno en Buenos Aires. Era imposible mantener una familia con ese sueldo. También trabajé en barcos coreanos. Es muy difícil conseguir un trabajo estable a mi edad», señala Martín Acosta de 33 años.

La situación de Martín no difiere de la de otros uruguayos que no pueden acceder al mercado laboral. Ahora, con un improvisado lavadero de automóviles ubicado sobre la vereda de su casa en Grito de Asencio al 1400, dice no «tirar manteca al techo», pero que, al menos, sobrevive.

Un lavado cuesta entre 25 pesos para taxímetros y 35 pesos para automóviles.

«Los que nos dedicamos a esto», reflexiona, «vivimos del tiempo. Si llueve o hay mal tiempo nadie lava, por lo que el ingreso varía mucho. Yo estoy durante el día y, por las noches, lo trabaja mi hermano y mi sobrino que también están desocupados».

Para Martín, la postura de las estaciones de servicio sustentada en que los lavaderos informales afectan el ingreso del comercio establecido, no representa una solución a la crisis.

«Si vamos al caso, en otro tiempo las estaciones se dedicaba a la venta de combustible y cambio de aceite, después anexaron el lavado. Además, en la gran mayoría también venden bebidas y comestibles que atentan contra los almaceneros y los bares. ¿Qué quieren? ¿Qué salgamos a robar?».

La fuerte recesión que padece Uruguay, una de las más agudas de su historia, conlleva a que miles de uruguayos deban apelar a la imaginación, y una buena dosis de suerte, para lograr el sustento diario.

Según cifras oficiales del Instituto Nacional de Estadística y Censo, el índice de desempleo se ubica en un 15%, mientras que para la Central de Trabajadores más de 500.000 uruguayos padecen problemas de empleos o se encuentran bajo el régimen de subempleo.

Existen dos caminos –transitados por la impotencia, la incertidumbre y el escepticismo– que, invariablemente, desembocan en esta situación. En primer lugar, ex asalariados de industrias en vías de extinción imposibilitados de reciclarse en el mercado. En segundo lugar, mano de obra joven que ve hipotecado su futuro ante la ausencia de una salida laboral.

Pablo (20) se dedica a realizar promociones callejeras en la zona de Tres Cruces. Trabaja seis horas diarias y, a cambio, recibe entre 50 y 80 pesos diarios.

«Tuve que dejar el liceo para trabajar. Hice algunas changas en la construcción y algunos trabajos de pintura con unos amigos, pero quedamos sin trabajo. Al comienzo salía todos los lunes a ver si conseguía algo. Hice colas, llené formularios, pero nunca me llamaron. Después tuve que agarrar esto. No me quedaba otra. No es lo mejor pero, como está la situación, es mejor que estar todo el día en mi casa», señala.

Diego (23) y Daniela (21), integrantes del circo callejero Zero, hace tres años que son malabaristas. En Rio de Janeiro, asistieron durante tres meses a una escuela que enseña los secretos del arte circense. En diciembre de año pasado recalaron en Montevideo y desde febrero se los puede ver en la intersección de Avenida Italia y Bulevar Artigas. Llegan cerca de las 10 de la mañana y hacen malabares hasta entrada la tarde. Por la noche, se transforman en dragones humanos.

«Siempre nos gustó trabajar en esto y hacerlo en la calle. La gente es receptiva, unos más otros menos, pero en general siempre te dan algunas monedas. Nos da para vivir, pero tenés que administrarte muy bien», señala Daniela.

Disfrutan el no tener un patrón pero, a cambio, priorizan la constancia.

«Aunque llueva, igual estamos. Siempre venimos al mismo lugar y los automovilistas ya nos conocen. El tema es que tenés que sacar la diaria y guardar para los materiales que son costosos», sostiene Diego.

Una clava standard alemana, una especie de bolo de bowling, se puede adquirir en Montevideo por 410 pesos. Para hacer malabares se necesitan de tres a cinco clavas y la vida útil es de algunos meses.

Según un informe elaborado por el equipo de representantes de los trabajadores ante el Banco de Previsión Social, la falta de empleo acarrea problemas relacionados con el mantenimiento de la vivienda (20%) y una disminución en la atención de salud (13%).

En el plano físico y psicológico, entre el primer y sexto mes que dura el seguro por desempleo, se estima que una cuarta parte de los desempleados manifiesta problemas de salud como depresión, angustia e irritabilidad. Al sexto mes, ante la pérdida del beneficio y la incertidumbre de si podrá reinsertarse en el mercado laboral, la depresión se profundiza aún más. También se producen problemas emocionales consigo mismo y el entorno familiar y social.

En consecuencia, la falta de estabilidad laboral atenta contra el desarrollo, la autoestima, la identidad personal y la integración personal.

La desocupación, por lo tanto, trunca el desarrollo de estas posibilidades, amenaza la identidad social del individuo, impide la canalización de sus energías físicas e intelectuales y distorsiona la autoestima e identidad personal que permitía una adecuada interacción social.

Ante esta situación, sobre todo cuando se dilata en el tiempo, genera el desarrollo de conductas autoagresivas como aislamiento, adicciones e incluso el suicidio, así como violencia familiar y desintegración de la pareja y, por ende, del núcleo familiar.

El documento, denominado «Condiciones de la desocupación a la reinserción laboral», da cuenta que el tiempo promedio de desocupación se ha incrementado en los últimos años de 6 a 8 meses y que este período es «excesivo» para lograr sobrellevarlo sin que el fracaso en la búsqueda de soluciones afecte seriamente el enfoque de la vida de la persona desocupada.

La tentativa de reinserción laboral tiende, en un principio, a recuperar el puesto de trabajo perdido, o sea continuar en la misma rama de actividad, desarrollando el oficio aprendido como forma de mantener ingresos similares.

En la mayoría de los casos el resultado es negativo, por lo que la oferta se diversifica: el desempleado busca trabajo sin condiciones, bajando sus expectativas de ingresos y, por tanto, el nivel de vida de su familia.

Ante la falta real de oportunidades y agobiados por el diario vivir, la calidad de vida desciende de forma alarmante y comienza la búsqueda del trabajo informal, zafral o changas periódicas, tranformándose en un subocupado, un trabajador informal con ingresos inestables.

La reducción de los ingresos al ingresar al seguro de paro, expresa el documento, se traduce en un proceso de reducción de los gastos familiares. Se dejan de satisfacer necesidades básicas como la salud, la educación, la vivienda y la alimentación. Se va creando una cultura de «restricciones» y de precarización de las posibilidades del núcleo familiar.

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje