¿Culto a la muerte o demonología?

La llamada «Noche de Brujas» o «Fiesta de Halloween es una forma de culto a la muerte y, en el ámbito de lo espiritual o religioso, a supersticiones vinculadas con el mundo de las tinieblas y seres demoníacos.

Se trata pues de una festividad pagana cuyos orígenes se sitúan en una serie de ritos que los druidas, chamanes celtas, comenzaron a practicar un centenar de años antes de la era cristiana. Estos ritos que se realizaban para celebrar el día en que Samán o Samhain o Samagin (el dios de los muertos) era invocado para que permitiese a las personas fallecidas que visitaran sus antiguos hogares terrenales y predijeran el futuro. Las leyendas cuentan que los espíritus de los muertos se hacían acompañar por gatos negros y brujas a quienes se ahuyentaba encendiendo fogatas y antorchas. En el calendario céltico el año finalizaba el 31 de octubre (otoño boreal) estación cuya característica más visible sobre las plantas es la caída de las hojas. Para ellos significaba el fin de la muerte o la iniciación de una nueva vida.

La religiosidad de los celtas era de carácter politeísta. Rendían culto a numerosos dioses así como a plantas y animales, y existía predilección por el árbol del roble.

Antiguos escritos consultados coinciden en señalar que cuando el imperio romano se extendió hasta las regiones habitadas por los celtas (la Bretaña) –año 43 AC–, los romanos agregaron a esta celebración el festival de la cosecha que en Roma se celebraba en honor de Pomona, diosa de las frutas, ya que fechas y motivos eran casi coincidentes. Allí surgió la costumbre de utilizar frutas como un elemento lúdico: formar caras grotescas con calabazas ahuecadas y atrapar manzanas con la boca mientras están sumergidas en un recipiente con agua o vino.

Los druidas afirmaban que abrían las puertas de la oscuridad para recibir a los espíritus de los muertos, basados en creencias religiosas que aseveraban que las almas pecadoras eran reencarnadas en animales y que a través de obsequios y sacrificios esos pecados se podían expiar para que a esas almas se les adjudicara un galardón celestial. El dios de los muertos las juzgaba y decretaba si reencarnaban en un ser humano o en un animal.

Hace aproximadamente dos mil años la celebración comenzó a adquirir un carácter claramente maléfico. Se creía que ese día era el más apropiado de todo el año para todo tipo de suertes adivinatorias y para invocar a oscuros poderes sobrenaturales. Una especie de hueco entre mundos paralelos por donde podían ingresar demonios, duendes, gnomos y perversas alimañas al mundo de los vivos.

Más tarde y debido a la «globalización» impulsada por el imperio romano la fiesta de Samán tuvo incidencia en la fiesta cristiana de La Tarde de Todos los Santos (All hallows eve), que se celebraba el mismo día. En la Edad Media, la noche anterior al Día de Todos los Santos se popularizó como la más propicia para invocar al diablo.

Poco después comenzó el uso de disfraces relacionados con las prácticas que se realizaban y los espíritus que se invocaban.

En Escocia se la empezó a considerar un juego apto para los jóvenes y a finales de siglo XIX los inmigrantes irlandeses introdujeron la tradición en los Estados Unidos de América, donde comenzó a llamársela por su actual nombre. La palabra Halloween proviene de la conjunción fonética y abreviatura de las frases en idioma inglés «All hallows eve» o víspera del festival de la muerte y «All saints eve», víspera del Día de Todos los Santos.

Es así que en la actualidad, veinte siglos más tarde, otra nación imperial expande e impone sus costumbres en todas sus zonas de influencia. Ahora de la mano del mercantilismo salvaje. Buscando incrementar sus ganancias económicas mediante la venta de dulces, disfraces, tarjetas, posters, máscaras y todo tipo de mercaderías relacionadas con este culto pagano, los mercaderes buscan tener «su cuarto de hora». «Sólo se trata de recaudar dinero», dicen comerciantes y organizadores de fiestas bailables.

Sin duda una nueva forma de aculturación que se impone por la prepotencia del mercado y que desdibuja nuestra identidad cultural.

Por otra parte, en estos días, diversas comunidades cristianas han salido a las calles con pancartas y afiches que proclaman: «No se puede estar bien con Dios y con el diablo». Se debe tomar partido. Se celebra sólo lo que se admira o se quiere. «Nadie festeja un día dedicado a su enemigo. Sólo los nazis celebran a Hitler. Sería tonto que los judios celebraran el natalicio de Hitler. Es ilógico que los cristianos celebremos a los que han consagrado su vida al diablo», dijeron a LA REPUBLICA diversos grupos de cristianos al ser consultados.

«Muchos padres de familia nos dicen que la publicidad ha entusiamado a los niños, que ven en este día una jornada de diversión, con golosinas y disfraces y que no se atreven a contrariarlos, a prohibirles ser parte de una celebración de las tinieblas.

Sin embargo, debemos decir a los padres creyentes en Dios que estas costumbres paganas son expresamente prohibidas en la Biblia. En Deuteronomio 18/10/12 dice: No sea hallado en ti quien haga pasar a su hijo o a su hija por el fuego; ni quien practique adivinación, ni agogero, ni sortílego, ni hechicero, ni encantador, ni adivino, ni mago, ni quien consulte a los muertos, Porque es abominación para con Dios cualquiera que hace estas cosas, y por esas abominaciones el Señor tu Dios echa estas naciones de delante de ti.

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