Un viaje a las maravillas, con figuritas y soldaditos
Igual que Alicia, la memoria estaba aburrida. Pero al ver pasar al conejo, de chaleco y parlanchín, se alborota y sin pensarlo dos veces, lo persigue y se lanza al hoyo de la madriguera que parece no tener fin. Alicia cae al «País de las Maravillas». La memoria se sumerge junto a los soldaditos de plomo y las multicolores figuritas, en un país «en que los sueños que se sueñan, son sueños nunca soñados», como escribió Lewis Carroll.
El país de la infancia. Esa lejana patria de sueños donde el viejo escribidor y sus «lectores cómplices», vivieron hace mucho, muchísimo tiempo.
El conejo del chaleco ya está al lado de Alicia. Y los pequeños juguetes son acariciados por el veterano que comienza a soñar y a escribir.
El tiempo se diluye y la lejana infancia está allí, al alcance de la mano. Con sus días en que todos, unos más, otros menos, coleccionábamos esas cosas chiquitas. Sin saber que nos estarían esperando, muy pacientes, durante décadas, para que en un nuevo siglo, contemos sus tiernas historias.
Arrancamos allá por el 1922. Con nuestra primera escuela en la calle Maturana, el Colegio San Francisco de Sales. Primeros años de una niñez con altibajos. Rodando de una casa a otra, y ya con el signo de tener que laburar, haciendo «mandados» por vintenes, si quería estudiar.
Abuelos y tíos se compadecían del pibito y le daban un hogar ya que había perdido el suyo al quedar, de entrada a la vida, sin su madre. Pero la infancia y sus sueños se impusieron a pesar del zurdo destino.
Por el año 27, le tocó cambiar de barrio e inaugurar la popular escuela Sanguinetti, en la Villa de la Unión.
Hacia esos tiempos empujan a la memoria los minúsculos objetos. La infancia pese a todo. Trabajando por un lado y por otro, «chapando» los libros. Y viviendo los sueños infantiles de esos lejanos días.
Como el «berretín» de coleccionar y juntar figuritas. Aquellos álbumes de Saint Hnos. Con los chocolatines donde venían las preciadas figuritas.
Con coloridas imágenes de los Próceres de América, paisajes de nuestra tierra, medios de locomoción, artistas, escudos, banderas y campeones del deporte. El Montevideo Colonial y los Libertadores de América, nuestras favoritas.
Albumes que lograban sus fines de pasionar a la botijada. «Deleitar y enseñar», era su eslogan y ¡vaya si lo lograban! Los pibes llegaban a la escuela y junto a sus cuadernos, estaba «el álbum de figuritas». El ingenio lograba lo que no podían sus agujereados bolsillos.
Es que no había vintenes para comprar tantos chocolatines y las figuritas que venían con éstos.
Entonces, es que en el patio del recreo y a la salida, los chiquilines se «trenzaban» en aguerridas competencias para conseguir lo que no podían comprar.
En un rincón, varios jugando «a la arrimadita», junto a una pared.
Sobre un murito, otros colocaban sus montoncitos y a las palmadas sobre las figuritas, disputaban el tan popular «cara o cartón».
El que lograba más «boca arriba» se iba contento pues sus bolsillos estaban gorditos. Pero sólo hasta la tarde siguiente, ya que los perdedores esperaban ansiosos «la revancha».
Con el paso del tiempo aparecieron muchos álbumes, como los de Walt Disney, los «deportivos» y hasta los únicamente «filatélicos». La memoria «saca pechera», pero el torrente de recuerdos la desborda. Confía en que «los lectores cómplices» agregarán sus vivencias a las nuestras.
Lo que sí afirmamos es que la pasión de los botijas se mantuvo hasta casi los principios de la década del 60.
En el fondo del baúl, varios soldaditos de plomo nos miran inquietos. Quieren que les prestemos atención. Y al igual que Alicia tras el conejo, junto a los soldaditos, nos hundimos en la madriguera, en el túnel de los recuerdos.
Uniformados, muy paraditos, estaban desplegados en la vereda cuando los pibes hacían sus simulacros de batallas. Cañoncitos, algún carrito, unas banderitas, acompañaban ese «despliegue militar» en las baldosas de la puerta de la casa.
En los barrios populares los botijas «se defendían» como podían para adquirirlos, ya que no eran para nada baratos. Los mejores estaban en el Bazar Mitre, en el London Paris o en la sección juguetería de Introzzi. Siempre llegaban en unas cajas de cartón que para algún cumpleaños traía, bajo el brazo, un tío bonachón y conocedor del metejón de los pibes con esos juguetes de colección.
Al caer la noche, luego de jugar, entre todos los botijas se guardaban celosamente esos soldaditos en sus cajitas de cartón. Los cuidaban como lo que eran, «un tesoro» que muchos al crecer lo convirtieron en un hobby del que, aun siendo muy viejos, se sienten orgullosos.
Más populares, al alcance de todos esos agujereados bolsillos de la túnica, fueron las «bolitas» de vidrio. Con alma de esquina, calle y barrio.
En unas bolsitas de trapo iban acompañando a los niños donde éstos fueran.
A la sombra de un árbol, un círculo en la tierra, un «bochón» grandote y de colores, al medio.
Las rodillas de los pibes dobladas y sus deditos haciendo puntería. El seco y pequeño sonido del duro vidrio sonando en los rebotes. Bolitas de un bolsillo a otro, de una a otra bolsita y, ¿por qué no? alguna discusión que terminaba con un «ojo negro».
Una bolita más grande que las otras, de tonos rojizos, hace que el veterano escribidor, la acaricie, la mire como hipnotizado y dibuje una sonrisa. Un sueño de la remota infancia.
Un sueño nunca soñado. Un sueño que los que ahora peinan canas también recordarán. Y sabrán «el secreto» de lo que trata de decir, en estos instantes, el hombre viejo que garabatea frases y palabras.
Por esos años siempre los pibes estaban coleccionando algo.
Por eso también aparecen unas viejísimas revistas.
Como la «Colibrí», «El Gato Félix», las primeras de «Popeye», el marino», de «La Pequeña Lulú, y las tan entretenidas del valiente Tom Mix que acompañaban las casi «obligatorias» Billiken.
Con las «revistas de chistes» en el tranvía, rumbo a la Feria de Tristán. Para cambiarlas y, de paso, hacer unos vintenes para ayudar en la casa. Un cajoncito con varias revistas, muy cuidadas, y parado atrás, el botija que las ofrecía a otros pibes, que las canjeaban y le dejaban unas monedas.
Alicia tuvo su recompensa. Un «inefable viaje al País de las Maravillas, en el que soñará mientras los días pasan». La memoria también tuvo su premio. Viajó, gracias a esos queridos y tiernos objetos, al mundo de la infancia.
Donde se sueñan sueños nunca soñados.
Y donde hoy volvimos para comprender, como dice Lewis Carroll, «el prodigio que preside su secreto, sin secreto».
Los esperamos todos los sábados y domingos, a las 19 horas, en CX 44, y también los domingos en LA REPUBLICA, con más «Prohibido para Nostálgicos», con los auspicios del Departamento de Cultura de la IMM.
Coordinación: Angel Luis Grene
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