El proyecto comunitario que truncaron en Treinta y Tres

Misión de vida en el Parao

Ettore Pierri

Cuando llegaron a Puntas del Parao encontraron gente olvidada, pobreza extrema, rancheríos y necesidades a montones:

«Era uno de los lugares más pobres de Treinta y Tres. No había energía eléctrica ni agua potable ni policlínica ni médico. Sólo había una miseria sobrecogedora», recuerda Marino.

Su presencia en el Parao no había sido fruto de la casualidad. En esa época, un pujante movimiento nacional de docentes estaba trabajando para renovar la escuela rural y tanto Marino como De Avila, Gándaro, Mier y más tarde Pereira arribaron al pueblito para aportar su esfuerzo a esa transformación, cuyos antecedentes inmediatos ya habían sentado pioneros como Julio Castro y Miguel Soler.

Fue en el contexto de ese impulso que en Treinta y Tres se fundó el Centro de Misiones Socio-pedagógicas, a partir del Instituto Normal que dirigía el maestro Julio Macedo. El flamante Centro eligió al Parao como lugar de trabajo y hacia allí partió este grupo que aún hoy, cuatro decenios después, se siente desbordado por la emoción cuando habla de aquel humilde caserío y sus habitantes. Así nació la Misión Socio-pedagógica de Puntas del Parao que integraron De Avila, Gándaro, Marino y Mier.

Este grupo era parte de uno más amplio, constituido por mucha otra gente enrolada en la misma labor misionera y renovadora. Allí había más docentes y también estudiantes que en conjunto y a niveles diversos llevaron adelante una formidable tarea colectiva en ese pueblo nacido pobre entre grandes latifundios ganaderos y agrícolas.

De todas partes venían los misioneros animados por el deseo de hacer y construir aunque los recursos materiales fueran escasos y las dificultades muchas. El joven maestro salteño Víctor Lima, por ejemplo, era uno de los que llegaban con frecuencia al Parao para aportar sus ganas y su talento al esfuerzo común. Un día que nadie olvida, Lima llegó caminando y cantando a la escuelita que era el centro de operaciones de la Misión. Y no había caminado poco porque el autobús lo dejaba muy lejos de la escuela, cuenta Gándaro:

«Hizo a pie un montón de leguas para llegar a donde estábamos nosotros. Mientras caminaba inventó una canción y entró a la escuela cantándola, como si tal cosa. Eso da la pauta del espíritu que reinaba entre la gente que trabajaba allí».

Hacia la gente

El trabajo fue intenso. Abarcó numerosos planos y tuvo como idea central el propósito de proyectar la escuela hacia la comunidad. No se trataba sólo de enseñar a leer y escribir sino de insertarse en el medio y abarcar los problemas concretos de la gente.

Poco o nada de eso podía hacerse bien en el limitado recinto del aula y la escuela debió salir a la realidad concreta que estaba afuera, en los ranchos del pueblo.

Cada rancho era un mundo y la gente de la Misión los visitaba día a día para conocer directamente, en el propio terreno de los hechos, los problemas que acuciaban y condicionaban no sólo a la población escolar sino también a sus familias.

Ese conocimiento se volcaba en tareas de todo tipo, que iban desde buscar soluciones prácticas para cocinar mejor con los pocos recursos de que disponía la población del Parao hasta hacer pozos negros, relata Marino.

Nada fue ajeno a esa tarea, que incluyó programas integrales y específicos sobre vivienda, salud, producción agrícola familiar, higiene, actividades artísticas, recreación y muchas otras cosas.

Pero nada se hizo desde arriba sino con la propia comunidad y desde ella, sin paternalismos, buscando y logrando que hombres y mujeres del Parao se involucraran crecientemente en los proyectos comunes.

La escuela se convirtió en un dinámico centro de reunión abierto a todas las familias del pueblo:

«Allí compartíamos almuerzos y mateadas y hablábamos con la gente sobre sus problemas y necesidades, sobre las soluciones posibles y las actividades de la Misión», dice Marino.

La Misión también llevó diversión al Parao con bailes, fiestas y espectáculos que matizaban la dura vida cotidiana y permitieron que el propio plantel docente accediera a revelaciones singulares:

«En los bailes descubrimos que las mujeres aparecían con un vestido y pasado un rato se iban y regresaban con otro. Sucedía que querían lucir todas sus mejores ropas y aprovechaban la oportunidad para hacerlo», relatan Mier y Gándaro.

La gente del Parao se sentía respetada y atendida, apoyada por una cadena de solidaridad que iba más allá del pueblo y se extendía hasta la capital departamental, Montevideo y otros puntos del país, desde donde llegaban médicos, dentistas y asistentes sociales para colaborar con la obra misionera. Había alegría en los rostros de la gente del Parao, que se sentía tratada con justicia.

Pero esa formidable labor comunitaria sufrió duros golpes asestados por el poder político que ya partir de 1960 había comenzado a sabotear otras experiencias similares, entre ellas la que Soler desarrollaba desde 1954 en La Mina, pequeña localidad de Cerro Largo.

En 1968, cuando ya las Fuerzas Armadas dominaban el escenario nacional, las Misiones Socio-pedagógicas fueron definitivamente extinguidas y todo lo que se había hecho en el Parao pasó a integrar el sombrío archivo de las grandes obras mutiladas.

Las semillas

Hoy, De Avila, Gándaro, Marino, Mier y Pereira siguen analizando los resultados de lo que se hizo en aquel pueblito que jamás han olvidado. De ese análisis, para nada triunfalista, han extraído esta conclusión:

«En el Parao entramos en contacto con una realidad que no conocíamos directamente. Fue un impacto tremendo, al punto de que muchas noches, cuando evaluábamos las tareas del día,la emoción se nos salía a flor de piel y llorábamos. Llorábamos todas las noches. Pero ese impacto tuvo una incidencia decisiva en nuestra formación como maestros y como seres humanos. Desde entonces, nuestra actitud frente a la vida fue otra».

En su abundante tesoro de recuerdos figura este episodio:

«Era un día de fin de curso y nos íbamos a la capital departamental en un camión, cantando a todo trapo. Llevábamos a una mujer del pueblo, que nos había pedido un lugarcito en el camión para aprovechar el viaje. Ella iba silenciosa, como abrumada por los cánticos estentóreos, las risas y las bromas. Nosotros le ofrecimos disculpas por tanto alboroto y ella nos dijo: ‘No se preocupen. Diviértanse nomás. Tienen derecho a divertirse porque nos trajeron muchas alegrías'».

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