Baile de gala en el Teatro Solís

Dicen que los vieron por la Plaza Independencia. Los que lo siguieron cuentan que agarró para el Teatro Solís y estuvo largo rato parado y mirando. Lo que no saben esos curiosos es que no estaba solo. Nunca está solo. Y menos en este rincón montevideano donde él y sólo él, en esa tarde primaveral, comenzó a escuchar una alegre música.

De pronto, en la calle aparecieron tranvías. Los coches eran Ford «a bigote». Los caballeros lucían sombrero «de gacho».

Unas damas de largos vestidos pasan junto al escribidor y algo le susurran. El veterano, ya frente al viejo Teatro Solís, se da cuenta de lo que está pasando. De ir y venir de parejas muy elegantes. De por qué el perímetro del teatro está rodeado por un envarillado de madera, donde se filtran luces de colores.

La respuesta es que ya es de noche y un vientito caluroso sopla, subiendo por Ciudadela, desde la Rambla y el antiguo Mercado.

Estamos en el viejo siglo que apenas había comenzado y es un mes de febrero, por los tiempos del carnaval de antaño. Y en ese rincón de la Vieja Capital se organizaban tremendos bailes.

Quizás por estos primeros colores o porque al veterano le dio por andar por la plaza y su teatro, el asunto es que la memoria «metió pa’ delante». Se puso de gala y aunque apenas si comenzó octubre, la cosa es que quiere recrear aquellos bailes que se realizaban, entre los aires de febrero, en el mismo Teatro Solís.

La época era de bailes. Estaban cerca el Urquiza, el Artigas, y un poco más alejados, el Mirador, El Retiro y los del Hotel del Prado y el Carrasco. Todos competían en aquellos carnavales. Reuniones de gala, pero ninguna tuvo la repercusión que tenían las veladas bailables del Solís.

Allí, una flamante Comisión Municipal de Fiestas, cuya pequeña oficina estaba a la vuelta, se esmeraba en organizar bailes en el Solís, que eran la culminación de las festividades carnavaleras. Es que aquellos febreros «se calentaban» de lo lindo, en las instalaciones del viejo teatro.

Por un lado, presentación de conjuntos y «troupes» en los certámenes oficiales en sus etapas culminantes y por el otro, los bailes de gran lujo y máxima gala.

La razón del éxito se la debe buscar en el gran nivel de las orquestas contratadas. Cerramos los ojos y al abrirlos, el escenario está al rojo vivo.

Los bailarines en ebullición. En todos los palcos se baten palmas marcando el ritmo. Los responsables de esa locura son unos jóvenes, tostados por el sol del Caribe, con maracas y guitarrones. Lucen pantalones y unas camisas tipo blusas, de anchas mangas. Cantan y sonríen. Se llaman los «Lecuona Cuban Boys». Hasta le hicieron una letra al «Canaval del Uruguay», que pasearon por todo el mundo.

Grandes animadores de los bailes del Solís junto a gente como Pérez Prado y su orquesta o el maravilloso Xavier Xugat.

Las orquestas que venían contratadas por la Comisión Municipal de Fiestas, desfilaban en el día inaugural del carnaval por «18». Lo hacían en «bañaderas», ómnibus con la capota abierta que mostraba artistas de la talla de los Lecuona o la avasallante Carmen Miranda.

Los bailes del Solís eran de lujo. La muchachada de los barrios populares hacían lo imposible para concurrir pero, a veces, los vintenes no alcanzaban.

La entrada era cara y las bebidas había que tomarlas afuera, porque los mozos de ese baile «te arrancaban la cabeza» cuando llegaba la hora de pagar la consumición. Pero el esfuerzo valía la pena y en esos bailes del Solís, junto a la gente «pudiente» se entreveraban muchos pibes y muchachas de barrio que querían soñar en una noche de verano.

Los que no podían entrar igual iban a «mosquear». Desde la Plaza Independencia y alrededores se escuchaba la música. Se acercaban y miraban a través del «envarillado» que rodeaba la zona del teatro. Pero con precaución, porque, a cada rato, pasaban los guardiaciviles que, con un enérgico «entre o circule», evitaban las aglomeraciones de los curiosos.

Por las boleterías que daban al restaurante «El Aguila», la cola de gente elegante se agitaba a eso de las 11 de la noche. A esa hora arrancaba la primera orquesta y todos querían aprovechar el alto costo de la entrada. El salón desbordaba luz y color. En lo que era la platea, las butacas se habían esfumado y surgía una lustrada pista de baile.

Guirnaldas y farolitos de colores, con cintas y figuras de máscaras y antifaces, filtraban una luminosidad que caía a chorros sobre los concurrentes. Adornos por todas las paredes y una luz hasta deslumbrar. Brillaban los trajes de etiqueta, las peinadas con gomina y el favorito de las más hermosas, los vestidos con lentejuelas.

Mucho champagne, en esos días una bebida popular en la noche y no tan cara, y cientos de botellas de agua mineral, porque adentro el calor apretaba «sin grupo». Subía la temperatura y la música inundaba a esas parejas que aún bailaban sin parar en la memoria del viejo escribidor.

Como la noche en que «se peló» y tuvo que volver a puro «patacón» a su querida Bella Vista. Pero «que le quiten lo bailado».

Todos allí pensaban igual y se vivía intensamente, haciendo vínculos que ahora hacen temblar de emoción a los que peinan muchas canas.

Cuando se imponía el disfraz, ¡qué podemos contar! Mosqueteros, marquesas y hasta diablos con trindentes, junto a algún peludo (y sudado) gorila, bailaban y se reían a más no poder. Al finalizar la velada, a sacarse las caretas. Por eso, algunos se tomaban «el raje» por anticipado.

Picardías de nuestros abuelos que flotaban en ese jardín de senderos que se bifurcan, perdón maestro Borges, que es nuestra memoria. Donde brillaban los bailes del Solís y la gente bailando hasta en su explanada.

Los disfraces, el champagne y las «maracas» de los Lecuona. Sendas y caminos. Rumbos olvidados que al revivirlos nos permiten llegar al maravilloso mundo de los sentimientos. De los cariños y tibiezas escondidos en un rincón del laberinto de la memoria. Que ahora irrumpen por el simple acto de recorrer sitios y calles de esta ciudad con alma que es nuestro Montevideo.

Los esperamos todos los sábados y domingos, a las 19 horas, en CX 44 y también los domingos en LA REPUBLICA, con más «Prohibido para Nostálgicos», con los auspicios del Departamento de Cultura de la Intendencia Municipal de Montevideo.

Coordinación: Angel Luis Grene

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje