Un brindis por aquellas primaveras
La calesita memoriosa comienza a girar y dar vueltas. No importa si estamos más viejos. Las imágenes llegan tan nítidas. ¿Será que estamos festejando la partida del invierno? «Levantaos, camaradas, y llenad vuestras copas, pues ya se agita el dulce vino de la existencia», escribió hace un montón de siglos el poeta persa Omar Khayam. Es que hoy la memoria nos regala, quizás porque estamos «cumpleañeros», unos recuerdos de las ceremonias primaverales cuando el viejo siglo era muy nuevo. Un sabor dulzón y alegre de la vida y la existencia, en la vieja capital, por principios de la década del ’30.
Los barrios de casas bajas al llegar esta época arreglaban sus jardines. Nadie quería que la nueva estación los encontrara desparejos o llenos de malezas. Aquellas familias de laburantes, entre todos, se preocupaban por cuidar los canteros donde ya habían comenzado a asomar brotes y flores. En algunos barrios se organizaban concursos para ver quién tenía un jardín más lindo y bonito. Madreselvas, rosas, enredaderas, «tacos de reina», calidoscopios de formas y colores llegaban con los días en que los fríos cantaban su retirada.
Bastaba salir a la vereda. Una ojeada para notar un cambio. Algo distinto. Como los carros de los vendedores ambulantes, con sus caballos que ahora lucían una flor colgada entre sus correas. O la muchachada «pintona» que no dudaba en ubicar, en sus ojales, un jazmín o un clavel. Las damitas llevaban para sus paseos del fin de semana, un infaltable ramito de jazmines o violetas. Todo un símbolo de la primavera que se vivía intensamente. Como si todos quisieran participar de esas ceremonias de flores y color. Cada uno en rol. Rindiendo culto a una época en que renacía la vida en todo su esplendor. Jóvenes con flores, de un lado para el otro. Unos veteranos inclinados sobre su jardincito, cuidando celosos esas plantas con las que esperaban ganar «el concurso». En la calle el trotar de caballos en carros adornados con alguna que otra florcita.
Los paseos públicos se engalanaban de color. El tradicional Parque Urbano, se mostraba muy florido. Por las sendas que lo cruzaban, por los senderos bordeando el lago, en fin, hasta por las placitas interiores, todo cargado de intensos verdes y enramadas con pimpollos de flores. Mientras todos paseaban, los jardineros, por estos días, trabajaban hasta los sábados y los domingos, para que todo luciera perfecto. Mientras los niños jugaban y «las pebetas» hacían «ojito» con los galanes, las abuelas charlaban con los jardineros. No era extraño que a la tardecita, al regresar en tranvía al barrio, llevaran algún «gajito» o unas semillas que los jardineros les habían regalado, por los tantos elogios de las veteranas a sus hermosos canteros de flores. Por la patria natal, por el entrañable Bella Vista, estaba cerca el Rosedal del Prado, del que tanto les hablamos. Del que tanto, juntos, soñamos. Unos atildados caballeros nos miran. Chicas con capelinas, cuchichean, y sonríen tímidamente. Unos botijas, por unos segundos dejan de saltar a «la rayuela» y nos regalan el brillo de sus vivaces ojitos. Los fotógrafos, de largas túnicas y cámaras de «cajón», levantan una mano y saludan. Se dan cuenta de que estamos escribiendo de ellos. De las tupidas enramadas donde esos seres vivieron momentos felices. De los caminitos con flores aquí y allá, donde los novios paseaban de la mano mientras atrás, a pocos pasos, marchaban como distraídas pero vigilantes las tías o las madres. Todos se detienen unos instantes y saludan al escribidor, saben de sus esfuerzos por recuperar esos tiempos del ayer.
Por la primavera el Rosedal desbordaba de gente que allí olvidaba sus diarias rutinas y los sinsabores de la vida. Unas glorietas, con rosas a los costados, suena la melodía de una orquesta. Quién puede dudar que allí se brindaba, como diría el poeta Khayam «con el dulce vino de la existencia».
Con los aires de setiembre también llegaban desfiles callejeros. Como las llamadas «Fiestas de la Flor», que se organizaban por la vieja 18 de Julio, a partir de la calle Sierra, en adelante. Carros y «cachilas» que quisieran competir debían cubrirse de flores, y si había ingenio hacer figuras representativas. Corazones, galeras, muñecos, todo hecho con flores y sobre el auto o carro, lleno de guirnaldas, para poder desfilar y, si se podía, obtener alguna distinción.
Los llamados Clubes Sociales, de cada barrio, también se encargaban de hacer lo suyo para poder tener un lindo recibimiento a la primavera. Qué cosa mejor que un baile ¿verdad? Así es que veíamos, para nuestra juvenil alegría, que había «Bailes de la Primavera», por todo lados. Salones con largas hileras de flores, colgando de los techos, y ¡a bailar se ha dicho! Porque toda la gente del barrio, que en invierno poco se había visto, ahora tenía tanto para charlar y aprovechar para darle al ritmo tanguero.
Por la vieja Estación del Ferrocarril, en los días de setiembre, todo se agitaba. Llegaban unos bullangueros cargados de bolsas con comidas, guitarras y hasta alguna gran vitrola. Se trataba de paseanderos que organizaban excursiones en tren a sitios como Santa Lucía. Bailes, músicas, almuerzos al aire libre. Viajes que comenzaban por la primavera y no paraban hasta que los fríos del otoño los hacían «achicar». Vagones llenos de alegres familias y parejas para pasar el día a las orillas del Santa Lucía. También un pretexto para conocer personas y hacer amistades. Como aquella excursión que organizaba la antigua Radio América, donde todos debían llevar claveles u otras flores, como requisito, antes de subir. Un código secreto, luego «un secreto a voces», fue que los que lucían en sus solapas una flor «hacia abajo» era que tenían compromisos sentimentales. Y, principalmente, si eran damitas nada querían saber de acercamientos con galanes. En el caso contrario, una florcita «hacia arriba» es que el caballero o la dama no tenían reparos y estaban accesibles para los diálogos amorosos, y para todo «lo que venga» como decían los más «cancheros» en esas excursiones. Pero, sería injusto olvidar, que de esos paseos nacieron muchos matrimonios. Bastaba escuchar la audición radial que los organizaba y saber que tales o cuales oyentes, «participaban» a todos de su próximo casamiento. Todo gracias a esos paseos de primavera, entre el intenso verde, las flores y un cristalino río Santa Lucía. Las escuelas también recibían a la estación de las flores. Coros, bailes en el patio, poemas recitados por pibes con la voz muy finita, padres emocionados, todo por la primavera que por todos lados se metía en el corazón de los viejos montevideanos. Una flor a la maestra, un pimpollo en el ojal, jazmines a la novia y, de paso para quedar bien, unas rosas a la futura suegra. Luego, una escapadita, en secreto, al baile del Club de la esquina porque en primavera la «cosa pintaba querendona».
Ingenuidades e inocencias de un tiempo ido. Dicen que fue feliz. Nosotros damos fe que así fue. Como también, a su manera, lo son estos tiempos. Es que cualquiera que sean los años «levantaos, camaradas, y llenad vuestras copas, pues ya se agita el dulce vino de la existencia». Lo dijo un poeta muy sabio y el veterano escribidor sabe que es verdad. Vivir, como se pueda, contra todo y a pesar de todo, vivir.
Los esperamos todos los sábados y domingos, a las 19 horas, en CX 44, y también los domingos, en LA REPUBLICA con más Prohibido para Nostálgicos, con los auspicios del Departamento de Cultura de la IMM.
Coordinación: Luis Angel Grene
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