Obdulio Varela, el delfín rosado y los nobles navíos de algarrobo
Ettore Pierri
Vive en una cómoda y prolija cabaña que él mismo contruyó sobre la cima de un gran médano, entre acacias y canelones, frente al mar, saludablemente lejos del temible infierno urbano.
No sabe cuánto tiempo estará allí:
«A lo mejor me voy a Brasil por unos meses, o tal vez a Italia. Todavía no sé bien a dónde voy a ir» dice este hombre que ya acercándose a los 80 años desborda energía a raudales.
Viajar, cerca o lejos, ha sido una constante en su vida, ligada a la madera, al mar y a los ríos desde hace mucho tiempo y pródiga en experiencias de todo tipo que tal vez reseñe dentro de poco en un libro.
En ese libro proyectado incluirá, sin duda, su etapa de futbolista:
«Yo jugué en el Deportivo Juventud, un cuadro del barrio Paysandú. Era puntero titular y Obdulio Varela era el centrohalf de la reserva. Después jugué en el Dínamo, de Monte Caseros y Larrañaga, y otros equipos. En el Atlanta de Pando estuve cinco años. En las ligas de barrio había grandes futbolistas. Por ejemplo, tipos como Obdulio y Sixto González, los mejores en sus puestos en aquellos tiempos. Yo los vi jugar de rivales en un partido sensacional. Es difícil que uno se olvide de esas cosas».
Estuvo a punto de lucir en el brasileño Gremio de Bagé, pero mientras viajaba hacia la frontera recaló en Melo, donde fue atrapado por amores de juventud que por supuesto tampoco olvida:
«Me quedé jugando en el Armiño, anclado en Melo pero contento», dice riendo a carcajadas.
En la Amazonia
Contratado para instalar un aserradero en Benjamín Constant, extremo oeste de Brasil, Tito pudo conocer como a la palma de su mano esa zona amazónica de belleza fascinante, presidida por los ríos Negro y Jurúa, a pasitos de Colombia y Perú.
En esa región de monumentales crecientes, cercana al puerto fluvial de Iquitos, Perú, fue donde vio a los grandes peces rosados que por allí aparecían tras un increíble viaje desde el Atlántico:
«Un día estaba sentado en uno de los enorme barrancones que allí forman los ríos y veo a esos tremendos peces que son parecidos a delfines, que a veces andan en pareja. Nadaban por allí, a siete mil kilómetros del océano Atlántico, que es su medio natural. ¿Es lejos, no? Eso era común en aquella zona tan especial, donde la naturaleza es una cosa realmente impresionante», comenta.
Tito también ha sido dueño de bares, tripulante en lanchas de cabotaje, trabajador portuario y pescador. De todo eso y mucho más guarda recuerdos imborrables que reseña siempre sonriendo, disfrutando de esa vida inquieta que le dio amistades fuertes y amores dulces.
Alguna amargura habrá encontrado en su largo camino, pero el balance es rico en alegrías para este veterano jovial, rozagante, siempre dispuesto a dar una mano, que ahora y hasta que decida cambiar el rumbo goza sus días a plenitud en la costa de Canelones, junto al mar que tanto ama.
Barco en el jardín
El arte de construir barcos y chalanas lo aprendió solo, mirando a los que sabían:
«De madera conozco, porque siempre me gustó. Ya de muchacho andaba en eso. Además saqué muchas enseñanzas de verdaderos artistas, como Narciso Abusch, que era maestro de carpintería en la UTU. Yo nunca fui a la UTU pero me formé viendo lo que hacía toda esa gente. En Buceo, por ejemplo, estaban los carpinteros de las barquitas y yo miraba con mucha atención cómo trabajaban, para aprender todo lo que pudiera. Conocí a un gallego, al que llamaban Rajatabla, que sabía un montón de eso y a otros que también dominaban el arte de hacer chalanas y barcos de madera. Eran artesanos admirables, que creaban cosas fantásticas usando sólo las manos y herramientas sencillas. El Rajatabla, por ejemplo, era un carpintero de película. Lo contraté para arreglar una chalana que compré, la ‘Río Guaíba’, que estaba bastante fea, y yo lo ayudaba y aprendía. Hice varias chalanas y un día me asocié con dos amigos, Luis Bonano Vila y Jorge Pérez, para hacer un barco. Ellos no sabían nada de eso y yo lo construí con los planos que me hizo Narciso Busch. Lo hice con madera de algarrobo, que es nuestra y muy buena, en el jardín de una casa de un carpintero español, Facundo Jardón. La casa quedaba en José María Delgado, que en esa época tenía otro nombre, y Avenida Italia. El jardín tenía 14 metros de largo y por eso tuve que hacer el barco de 13, porque más no entraba. Sólo usé herramientas sencillas y mucho trabajo manual. Lo empecé en el 72 y lo terminé en el 80. Le puse ‘Narciso’, por el amigo que me había hecho los planos».
De buena madera
Los barcos artesanales de madera como el célebre «Narciso», que en su tiempo fue un ejemplo de artesanía náutica, duran 70 y hasta 80 años:
«Son más fuertes que los fabricados con métodos industriales. Los de ahora, con hierro, fibra y todo eso, tienen una vida útil mucho más corta. Además hay que estar reparándolos con muchísima más frecuencia que los que hacíamos de madera,que eran muy resistentes y más nobles. Pero con las cosas modernas, los barcos que construíamos por ejemplo con algarrobo ya son cosas del pasado y el oficio de carpintero de ribera, como se llama al que hace artesanalmente embarcaciones de madera en la costa, ya está casi extinguido. Era un oficio hermoso. Daba gusto trabajar la madera y hacer esos barcos, esas chalanas. Pero todo cambió y ahora quedan muy poquitos haciendo eso. Este arte se está perdiendo». Pero Tito no pierde la alegría ni las ganas de seguir creando y en su acogedora cabaña hace bellísimos modelos a escala que regala a los amigos.
Hay quien piensa que un día traerá mucha madera al médano y a pura mano y azada hará brotar otro «Narciso» para seguir navegando con pasión la vida como hasta ahora, porque es de los hombres que nunca abandonan sus sueños.
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