Prohibido para nostálgicos

Con las manos en la masa (segunda parte)

La historia continúa con las panaderías barriales y sus panaderos, dándole duro al trabajo «con las manos en la masa». Nos quedan algunos barrios y ya estamos por esos sitios del ayer. La memoria sueña con el viejo Cerrito de la Victoria, por General Flores y Propios, donde estaba la panadería «Artigas».

Un pequeño salón para la venta a los vecinos que se arrimaban con sus bolsas «chismosas». Al costado, de unos enormes hornos de leña y del piso de piedra, había un gran portón donde entraban y salían las «jardineras» para el reparto domiciliario. Trepaban las calles, cuesta arriba, e inundaban de pan y aromas las mañanas del barrio. Mientras, desde la Iglesia del Cerrito, se escuchaban las campanas que llamaban para la primera misa.

«Flautas», muy largas, sabroso pan «casero» y gorditas galletas «marinas», llenaban las canastas de los peoncitos que salían, a la altura de Rafael Hortiguera, de la popular «Lourdes». Andaban puerta por puerta, cubriendo cuadras y cuadras. Las señoras los esperaban temprano con «la libreta» en la mano. Es que la mayoría de los vecinos pagaban con el uso de una libretita, igual de las que tenían para las almacenes y «los baratillos». Al entregar el pedido, el muchachito anotaba los gastado diariamente y el vecino pagaba por mes o por quincena, según cobrara en su trabajo.

En los senderos de la memoria aún escuchamos el trotar de los carros. Nos llega el juguetón sonido de los cascabeles que le colgaban al caballo en su pechera. Su tintinear, el perfume del crocante pan, todo nos motiva a seguir contando. A seguir «soñando» y dar testimonio de lo que vivimos hace tantos años.

Estamos en el querido barrio Goes. Por General Flores y Concepción Arenal, se ubicaba la tradicional panadería «La Platense», que fue de las primeras en dar el salto para convertirse en selecta confitería. Con el imborrable «Pirulo», mirando a todos a través de los cristales muy grosísimos de sus anteojos. Atendiendo con gran gentileza, de empleado de mostrador llegó casi a ser el patrón.

Supo el «secreto» de una rica especialidad llamada «zapatillas», rellenas de chantilly. Primero muy grandotas, casi un «zapatón Nº 42″, luego con la crisis del negocio, se volvieron chiquitas, «un 36″, como nos comentaba ese personaje goense, antes del cierre definitivo de la confitería. Clientes de muy lejos llegaban atraídos por una «milhoja», un postrecito que llevaba el nombre de «Platense», riquísimo y muy elegante en su presentación que combinaba los distintos colores de varias cremas.

Dicen que los recuerdos son contagiosos. Uno trae al otro, y los de nuestra terca memoria sabemos que «le dan manija» a los «lectores cómplices» para que agreguen sus vivencias. Se suman a las nuestras en un interminable carrusel, una «calesita» de montevideanos recuerdos. Los que fatalmente olvidamos otros, ahora mismo, ya los están recordando. Un sueño del ayer, hecho entre todos. Una aproximación a la memoria de una ciudad «que fue», y que muy «cabreros», nos negamos a olvidar.

Por el Cordón, por Sierra casi «el puente», estaba la panadería de «Botarini». Con un manjar que se llamó «el pan de Gran», una especie de pan dulce lleno de dátiles. Que se comía tanto en los cercanos conventillos, cerca de Paysandú, como también en unas mansiones cercanas a lo que sería la sede de la Caja de Jubilaciones. El pan de ese antiguo negocio también se consumía en el Penal de Miguelete, a menos de dos cuadras. Temprano, un camioncito cargado hasta desbordar, hacía todos los días el corto trayecto hasta el viejísimo centro carcelario.

Aceleramos el torbellino de imágenes. Muy desordenadas, pero tan vivas, llegan y aturden.

A los empujones nos llevan al barrio de Los Pocitos, en el que existió un laburante, de pura cepa, que repartió pan por todos los rincones.

Fue atendido por sirvientes, por políticos, y hasta por misteriosos personajes como Pitamiglio, «el alquimista». Hablamos de don Domínguez, creador del excelente pan y las confituras de la panadería «De Los Pocitos», en Chucarro y Massini. Sus carritos «trillaban» todas las casas de la zona.

Es una imagen tradicional de ese barrio el verlos salir, a toda hora, desde el enorme portón que daba a la calle Chucarro. En la misma había unos ganchos en las paredes, donde se ataban los caballos mientras los carritos eran cargados de sabrosa factura. El pan de cada día o las masitas para el té, siempre se encontraban en esa esquina tan llena de añoranzas, y con un patrón al que conocimos bien y lo ubicamos en el linaje de los trabajadores indomables.

Un sentimiento muy antiguo llega con el borroso recuerdo de una Ciudad Vieja, allá por los finales de la década del 20. La panadería «Del Cabotaje», y sus panes que llegaban a todo «El Bajo» montevideano. Lo mismo para la panadería llamada «Primera Artigas». Mojones donde recaló un botija que vivía en la desaparecida calle Marsellesa, cerquita de la Aduana. Ahora, dicen que se dedica a «borronear «hojas, llenándolas de recuerdos y más recuerdos.

Un testimonio viviente de los viejos tiempos, por suerte, aún está con nosotros. Es la añeja «Monte Cristo», en Colonia casi Paraguay. Tiene casi 90 años y sigue tan campante. Es la misma que en las primeras décadas del viejo siglo, supo cubrir no solamente la zona céntrica, sino que también su reparto llegaba hasta la Estación del Ferrocarril. Surtía de sabroso pan al restorán que por esos días era un lugar al alcance de todos. También a los viajeros que esperaban sus trenes, y que luego llegaban muy lejos paladeando los biscochos y otras delicias que se hacían y se hacen en la tradicional «Monte Cristo».

Un carro tirado por un caballito. Una gran «jardinera», con los cascabeles que se escuchaban en las cuadras de adoquines.

Unos pibes cargando canastas de humeante pan caliente. El aroma fue quien convocó tantos recuerdos. Viene de muy adentro en los años, un aroma que se arrima a nuestros sueños. Los panaderos del ayer, con «las manos en la masa», estuvieron, un ratito, junto al escribidor y sus «lectores cómplices». Un día se marcharon, y ya no se los ve por las calles. Pero, nosotros aún sentimos el repiquetear de los caballos, los fuertes pregones, y el perfume de su pan que siempre nos trae el viento del Sur, cuando sopla manso sobre Montevideo y sus barrios del ayer.

Los esperamos todos los sábados y domingos, a las 19 horas, en CX 44, y también los domingos en LA REPUBLICA, con más «Prohibido para Nostálgicos» con los auspicios del Departamento de Cultura de la IMM.

Coordinación: Angel Luis Grene

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