Con las manos en la masa, el pan del ayer
Por Angel Luis Grene
Un trotar de carritos tirados por caballos. La magia ya fue convocada. De la mano del pan caliente que alimentó a los vecinos de Montevideo, la Vieja Capital. Y de la gente laburante, que con «las manos en la masa» llevó adelante sus destinos tan humillantes y tan dignos.
El tiempo ya no existe. El escribidor se ve muy joven. Con apenas 9 añitos mirando y ayudando en el reparto de «las jardineras» de los primeros panaderos ambulantes. Con la paga de unos panes para su hogar. Pero con una compensación «extra» que ese pibito ni siquiera se imaginaba. El alimentar su memoria con un montón de recuerdos que ahora, en un nuevo siglo, los vierte con pasión en sus moldes de palabras.
Ese trajinar entre la escuela y el reparto fue alrededor del año 25. Es que ese negocio iba en aumento y los inmigrantes españoles, muy pícaros, habían captado un cambio. Los hornos de barro que cada casa de los barrios populares tenía en sus fondos, invariablemente al lado del gallinero, comenzaban a estar inactivos. Las amas de casa, ya bordeando la década del 30, empezaron a salir para trabajar en las fábricas, en los frigoríficos o comercios. Se ganaban unos pesitos que venían muy bien para ayudar en el pago del terreno y en la compra de materiales para el sueño de la casita propia. El «jefe del hogar» no daba abasto y no quedaba otra que ayudarlo. Se cocinaba, pero tareas como la del pan casero en el horno del fondo, comenzaron a ser cada vez menos usuales.
Primero fueron los carritos tirados por el mismo panadero que pregonaba a grito pelado ¡calentito el pan! Otros, en «jardineras» y un sacrificado caballo que metía duro y parejo. Al igual que esos hombres de boinas blancas, un gastado saquito del mismo color y las manos aún cubiertas de harina y levadura.
Trillaban en las calles barriales, la mayoría de tierra, dejando tras de sí un aroma inconfundible a pan recién horneado. Con una botija que ayudaba, entrando y saliendo, abriendo y cerrando los portones, con una canastita donde entregaba los pedidos a los vecinos de la cuadra.
Ese aroma es el que flota esta tarde. El de las calles de tierra, con sus panaderos y sus canastas que hoy son un sentimiento de ausencias. Recuperados en las misteriosas galerías de la memoria. Caminamos ese laberinto entrecruzado de imágenes y aromas. Y les damos a «los lectores cómplices», lo único que nos queda de ese trayecto. Un puñado de nombres, de historias, de calles, tan tibias como el pan caliente que hacían esos esforzados trabajadores.
Como hongos empezaron a surgir las panaderías ya instaladas. Esos gallegos, «changando la yeca», hicieron unos manguitos y «recalaron» en los barrios donde estaban sus incondicionales clientes. La mayoría de esos negocios desaparecieron, hablamos de las más antiguas, claro está, pero otras de esas, muy añejas, aún viven. Los «lectores cómplices», siguiendo las reglas de este juego dominguero, le sumarán sus propias vivencias a las nuestras.
La memoria, mientras mastica un crocante pan, empieza a tirarnos nombres de barrios y sus viejas panaderías. Como las del Bella Vista natal, frente a nuestro primer hogar, de los muchos por los que rodamos, allá por Uruguayana casi Olivos. Estaba la panadería «Del Piñón». Un pan caserito que en un gran trozo se consumía durante casi una semana. Decían las abuelas y tenían razón, que cortado en rodajitas, luego de varios días, tenía un sabor más rico. Y los «refuerzos» de mortadela que nos «mandamos a bodega», luego del trabajo y, cuando podíamos, de la escuela, dan fe y juramento de ese sabor con el que nos deleitábamos así pasaran los días. Unas galletas «de campaña», con hojaldre, también los biscochos y otros humildes manjares para esos hogares barriales.
De los más vendidos por esa panadería «Del Piñón», eran «los bollitos» y los «pan de leche». Para mojar en los humeantes tazones, y agarrar fuerzas para «el potrero» que, de tardecita, siempre estaba esperándonos.
Frente a la sede del equipo «papal» se iniciaba una panadería que tuvo su gran historia. «Los tres mosqueteros», del españolísimo Rodríguez. Medio petizo y de un corazón así de grande, cuando se trataba de apoyar a los vecinos y al querido cuadro Bella Vista. Llegó a ser su presidente por varios años y cuando había que festejar triunfos, la viejísima sede se llenaba de sus «facturas» y masitas. Hasta para festejar el cumpleaños de jugadores que habían llegado del Interior y no tenían familiares. Todo gratis, con el premio de una barriada rodeando a sus ídolos futboleros.
No muy lejos, estaba la panadería y confitería «Del Molino». Por Agraciada y Zufriategui fue un centro de gran movimiento para ese barrio. Le habían anexado un barcito, a donde la gente del Prado llegaba a tomar unos finos licores.
Con los años, fue elegida por las damitas «casamenteras» y en sus mesas degustaban las delicias del té con masitas. Pero, en extraña conjunción, también fue elegida por los «clandestinos» y capitalistas, muy poderosos, que levantaban jugadas pagando mucho más de lo habitual en esas apuestas.
La memoria sigue «prendida», como una radio «de capilla», y a todo volumen nos sigue aturdiendo de recuerdos. Por lo que «chapamos» de su griterío, ya que está «al mango», parece que nos quiere hablar de la Villa de la Unión. Y se remonta al año 27, con la inauguración de la escuela «Sanguinetti» y los bombones que mandó «La Liguria», para regalar en prolijas bolsitas a los pibes escolares que al salir hacían largas colas. Uno de estos botijas, que no queremos nombrar, se «avivó», hizo varias «colas» y se llenaba los bolsillos de bombones. Al final, lo «pescaron», se ligó un «coscorrón» y le vaciaron los bolsillos. Llegó a su casa desconsolado con sólo dos o tres bombones que sus compañeros, al verlo tan triste, le regalaron. Ahora, mientras se cuenta esta historia hay alguien que se sonríe, pícaramente, ¿quién habrá sido?
«La Liguria» tuvo la suerte de estar ubicada en 8 de Octubre y Miró, a pocos metros de la Parroquia San Agustín. Toda una postal de la Unión en esos días, era el ver luego de la ceremonia de un casamiento, a los novios, con las niñas llevando la cola de la novia, seguidos por decenas de invitados, atravesando la placita y, a puro «patacón», cubriendo la corta distancia que los separaba del salón de fiestas, lleno de sidras y riquísimas masitas.
Por 8 de Octubre y Comercio, estaba «La Lavalleja», y la añeja «Quilmes», en 8 de Octubre y Villagrán, frente a la Estación de Tranvías. Siempre de apuro, entraban y salían los muy uniformados «motormen» y guardas, con una bolsa llena de biscochos que compartían con canillitas como «El Carlitos» o «El Chino», que vendían sus diarios, en líneas como el popular tranvía «51» que llegaba hasta el Hipódromo de Maroñas.
El aroma nos sigue guiando. Y, esta tarde como nos dio un «metejón» con Antonio Machado, seguimos «soñando caminos». Son los caminos de la memoria que nos conducen a los barrios del ayer, con sus historias y personajes. En la próxima la seguimos con más de esos lugares que vendían pan caliente y sabrosas masitas. Todo gracias al esfuerzo de laburantes a los que siempre vimos «con las manos en la masa».
Los esperamos todos los sábados y domingos, a las 19 horas, en CX 44, y también los domingos en LA REPUBLICA, con más «Prohibido para Nostálgicos», con los auspicios del Departamento de Cultura de la IMM.
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