Pueblo chico, esperanza grande
Ettore Pierri
Desde el último censo, mucha gente se fue de Noblía y por eso es difícil saber cuánta vive allí ahora. Hay quienes dicen que tiene 3 mil 500 habitantes, pero otras fuentes hablan de una cifra mucho menor. Tal vez sólo 2 mil 500, tal vez menos, de acuerdo con esas estimaciones.
Pero sea cual sea la cifra actual, es probable que mañana se reduzca más, porque la emigración no cesa de azotar a esta centenaria comunidad rural donde casi no hay trabajo seguro para gran parte de la gente.
Uno de los sectores más afectados es el de las familias que accedieron a viviendas propias gracias a los planes del activo Movimiento de Erradicación de la Vivienda Rural Insalubre (Mevir), ahora expuestas al desalojo masivo.
Al respecto dicen Zenón Hernández e Ibraím Reboledo:
«El Mevir ha sembrado de casitas muchísimas regiones del país. Son casas buenas que le sirven mucho a las familias que no tienen recursos para hacer su propia vivienda. El Mevir aporta los terrenos y el material y las familias ponen la mano de obra y después van pagando una cuota mensual por las casitas. Eso ha funcionado muy bien en varios lugares, pero en esta zona no».
Y explica:
«La mayoría de la gente que fue a vivir a las casas del Mevir trabajaba en las arroceras y en las estancias y aunque no ganaba mucho sacaba para pagar la cuota, la luz y esas cosas. Pero ahora ya casi no hay trabajo ni en las estancias ni en las arroceras, porque traen peones de otros lados y también de Brasil. Además, cada vez se usan más máquinas para hacer cosas que antes hacían las personas y eso también agrava la situación de toda esa gente que ahora ni changas consigue porque ya no es tan necesaria como antes. Entonces pasó que la mayoría de esas familias que estaban tan contentas con sus casitas de repente se quedaron sin nada. Se atrasaron en las cuotas y ahora no tienen cómo pagar. Y si no pagan lo que deben, tienen que dejar las casitas. Se van a quedar sin trabajo y sin casa. Sin nada se van a quedar».
«Es horroroso»
Si los peones están mal, no le va mejor a la gran mayoría de quienes ya se jubilaron, como el propio Hernández, quien cobra apenas 2 mil 200 pesos mensuales tras toda una vida de trabajo.
Aún vigoroso y emprendedor, Hernández se siente capaz para incrementar sus ingresos «con lo que sea», pero sucede que en Noblía las cosas están muy mal para quienes como él buscan ganar unos pesos más:
«Cualquiera se da cuenta que con lo que nos dan de jubilación no se puede hacer mucho. Hay gente que está peor, ya se sabe, porque no tiene ni lo mínimo, pero también es triste trabajar toda la vida para después ganar una miseria, como le pasa a la mayoría de los jubilados. Allá en Montevideo hay gente que dice que nos defiende, pero yo veo que esa gente gana mucho dinero, sueldos grandísimos, y nosotros unos pocos pesos que no alcanzan para vivir más o menos bien, aunque sea modestamente pero sin apreturas como las que estamos pasando. Así se hace muy difícil la cosa y entonces uno no tiene más remedio que buscar algo para ganar un poco más, pero aquí no hay nada. De repente en Montevideo por lo menos algunos jubilados consiguen algún trabajito, pero aquí eso es muy difícil, casi imposible, porque no surge nada. Estamos mal, muy mal».
Para colmo, dice Hernández, «se habla de que a lo mejor tendremos que ir a cobrar la jubilación a Melo». Y se indigna:
«Eso es lo último que nos faltaba. Yo no sé qué quieren hacer con nosotros. Fíjese que ir a cobrar a Melo significa hacer como 90 kilómetros de ida y vuelta, gastar en pasajes y de repente hasta pagar una pensión si hay que quedarse allá por cuestiones de horario o mal tiempo o cosas así. Y la cosa va a ser peor para la gente muy vieja o enferma que tenga que viajar sea como sea, llueva o truene, porque si no va no cobra. ¿Qué le parece? Todos esos problemas para cobrar una miseria. Esto es horroroso».
«Todo al tacho»
Noblía está ubicado cerca del límite con Brasil, en el corazón de una zona que años atrás vivió buenos momentos gracias al comercio fronterizo. En la terminal de Melo, Mario Pedemonte recuerda:
«De aquí salían nueve y hasta once ómnibus diarios hacia la frontera. Miles de personas iban a Aceguá a comprar muchas cosas. No le estoy hablando de contrabando. Hablo de lo que se podía traer, cosas para la casa. Había un movimiento bárbaro y circulaba plata. Mucha gente se venía a pasar el fin de semana y gastaba no sólo del otro lado sino también en la zona uruguaya, en los comercios, en los restaurantes, y eso ayudaba».
Pero, dice Pedemonte, «llegó la malaria y todo se fue al tacho»:
«Ahora la gente no tiene plata ni para ir a Aceguá. Ni un surtidito para la semana puede comprar. Apenas tres o a lo más cuatro ómnibus salen para allá y van con muy pocos pasajeros, a veces casi vacíos. Antes venían familias enteras de Montevideo y otras ciudades, pero eso se está terminando y aquí se están pagando las consecuencias».
«Va a terminar mal»
Los coletazos de la crisis están golpeando duramente al ya muy reducido sector comercial de Noblía:
«La gente sin trabajo no puede gastar y si no gasta todos sufrimos», dice Washington Menchaca, propietario de un bar.
«Desde que se vino la crisis, nada camina. Yo estuve todo el día trabajando y ahora que son casi las 10 de la noche tengo la caja vacía. ¿Sabe cuánto hice hoy de caja? No lo va a creer. Hice sólo 90 pesos. Es terrible la situación que estamos atravesando. Si esto sigue así, todos vamos a terminar muy mal, Noblía va a terminar muy mal».
Nilba Chávez, dueña de un pequeño restaurante, señala:
«Se debe hacer mucho esfuerzo para conseguir muy poco. Tal como está la gente, no se ven perspectivas de mejora. Una siempre tiene esperanzas, pero el tiempo pasa y los problemas siguen y son peores. No vamos para adelante. Si hubiera trabajo, sería distinto, pero no hay, no aparece».
«Caminos cerrados»
Pero lo que más preocupa en Noblía es la situación de las mujeres y los hombres jóvenes:
«Para la juventud hay poco o nada aquí –coinciden en afirmar las personas entrevistadas–. Tal como está ahora, Noblía no les ofrece ninguna perspectiva. Como que los empuja a irse, a buscar en cualquier otra parte lo que aquí ya no pueden encontrar. Dicen que allá en Montevideo hay cada vez más gente joven que se quiere ir a Estados Unidos o a España o a Italia pero en Noblía hay muchachos que estarían felices de la vida si pudieran encontrar soluciones aquí nomás en Melo.
La juventud quiere trabajo, quiere estudiar, sólo eso. No pide nada del otro mundo, pero sabe que aquí no podrá conseguir nada de eso, que es lo mínimo. Y eso duele porque cualquier padre y cualquier madre quieren lo mejor para sus hijos.
Pero cada vez hay menos para darles. Por eso nuestra esperanza más grande es que las cosas mejoren, pero no por nosotros sino por esta muchachada que ahora está creciendo con los caminos cerrados».
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