Reinas por siempre
«Podéis creer a Jesús o a Platón, a Schiller o a Spinoza; en todos ellos, la última verdad es que ni el poder ni la propiedad ni el conocimiento dan la felicidad; únicamente la da el amor» Hermann Hesse.
Me agradan las personas que son capaces de congregarse. Siento admiración por quienes sin inhibiciones manifiestan descontento, conmemoran junto a otros los logros propios o ajenos y saben festejar y compartir las alegrías colectivamente. Encuentro en esa actitud una de las formas más acabadas del amor. A mi entender, quienes son capaces de desnudar de este modo su rico mundo interior y darse limpia y sinceramente a los demás sin detenerse en cálculos mezquinos ni miserables especulaciones, son seres superiores pues logran vencer al enemigo más enganoso, artero y ladino de cuantos conozco: el individualismo.
El individualismo no es hijo de la razón, es uno de los peores vicios que adquirimos, es una tara, una rémora que nos impide avanzar. Nos lo ofrecen bajo distintos disfraces y viste diversas máscaras a cual más seductora y cautivante; triunfo, éxito, fama, etc., senuelos tras los que corremos siempre, quizás ignorando que ocultan los peores defectos y que finalmente, esa tonta y absurda carrera, siempre habrá de dejarnos un amargo sabor a derrota.
Se vivían tiempos difíciles. El ano no había sido de los más prósperos en la región y en el país y como suele ocurrir en estos casos, los más débiles eran los menos beneficiados y en consecuencia, los más castigados. Como siempre, eran los más pobres quienes soportaban el peso de la crisis. A pesar de ello o quizás por esa misma razón, todos estaban ávidos de alegría.
El verano estiraba sus días y además del inapreciable don natural de las bellas playas, en la ciudad se sucedían uno tras otro los intentos por satisfacer las ansias de diversión de la gente.
La tarde demora en marcharse aferrándose a los postreros rayos del sol que barran de oro el cielo azul ceniza. Sobre la cinta gris de la rambla, las luces de los automóviles a su paso dejan serpentinas luminosas que colorean el asfalto mientras que a lo lejos sobre la arena de la playa se dibujan las siluetas de los últimos banistas. El macizo rocoso de la cantera donde está enclavado el hermoso escenario al aire libre bautizado «Teatro de Verano Ramón Collazo» y su entorno, lucen espléndidos con el puente peatonal, el lago y la caída de agua. Allí la rambla se divide y hace que dos brazos de cemento pasen a ambos lados del teatro abrazándolo.
En la puerta del Teatro de Verano se ha congregado una gran muchedumbre. Algunas personas llevan largo rato esperando, otros llegan presurosas, en tanto algunos, seguramente quienes traen consigo las entradas adquiridas de antemano, vienen caminando lentamente. Todos esperan conseguir una buena ubicación. La prensa llevaba días anunciándolo por lo que se suponía que la elección de las reinas del Carnaval y las Llamadas iba a ser todo un suceso, pero ni el más optimista hubiese imaginado tal repuesta.
La noche recién nacida se viste de fiesta con risas, voces y músicas que trepan por las canteras, vuelan por el aire e inundan el espacio sonoro. En belleza y color, la playa, la rambla, el parque y el teatro de verano compiten pero pocas veces logran sacarse ventajas.
En el teatro todo es alegría, bullicio, algazara, aún antes de que dé comienzo la fiesta.
A tal despreocupada alegría sigue un breve y profundo silencio. Es un instante mágico.
Las luces de la platea parpadean. Un guino, después otro y finalmente se apagan al tiempo que se encienden las del escenario. Mientras, el ojo del seguidor recorre la suave penumbra del teatro oteando entre el público y descubriendo parte de nuestro mundo. Aquí una grácil nina, allí una esbelta muchacha, allá una mujer mayor vigila a sus nietos, más allá una madre acuna en sus brazos a su bebé dormido. Son nuestras mujeres. Las companeras de ruta, eternas hacedoras del amor y la felicidad, la razón de vivir. Ellas, las de siempre. Las que en el carnaval de la vida, sin necesidad de concurso alguno, son y serán nuestras reinas por siempre.
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