Aquellos bailes obreros de los viejos tiempos
Jornaleros, obreros, de largos mamelucos azules que con sus gorras, hasta las orejas, desafiaron las madrugadas. Por los senderos de tierra y por calles de grises adoquines. Se los veía, los estamos viendo, somos nosotros mismos. Con pasos rápidos hacia las fábricas o los talleres.
Caminitos de piedras, atajos por callejones, entre los tupidos árboles y algún farolito esquinero. Barrios populares de antes y su gente buscando «el mango» discepoliano, ese que «te haga morfar». Se comenzaron a sentir iguales. La fuerza de la sangre joven los hizo unirse, tener hijos y formar familias. La fuerza de la sangre joven los hizo unirse, tener hijos y formar familias. La fuerza de sus almas los hizo aceptar con orgullo y dignidad sus destinos, y estamos recordando a Miguel Hernández y su poema sobre los hombres jornaleros.
Todo comenzaba en el diario trabajo. Pero, tenía su culminación cuando olvidándose por unas horas del «yugo», se reunían para divertirse. Y vaya si se lo merecían. Surgen «entre nebulosas las imágenes de los llamados» bailes obreros». Donde había fuerte laburo eran infaltables las reuniones bailables, para escuchar buenos tangos y milongas. Por allí el destino tejía sus hilos para juntarlos para siempre en nuevas familias, que daban nueva «savia» al barrio que los había visto nacer.
Una o dos veces al mes. Luego del cobro de las quincenas, en especial en las fábricas, esa gente palpitaba la noche al ritmo del «dos por cuatro». Ellos y ellas, que habían estado juntos en sus diarios esfuerzos, decidían disfrutar de un par de noches al mes con la magia del tango.
Algunos llegaban a tener Clubes Sociales de Empleados de tal o cual empresa. Hasta tenían una vieja casa donde reunirse. Si los bolsillos no daban se alquilaba el salón del club deportivo del barrio o se le pedía al cura el salón parroquial. Es que los «bailes obreros» marchaban a todo vapor allá por los inicios del viejo siglo. Entre todos, haciendo un fondo común, contrataban unos músicos, si se podía, una pequeña orquesta. Y ¡vamo’ arriba! unidos, muy juntitos, palpitando «los fueyes tangueros» que «daban polenta al cuore».
Reuniones de ambiente «familiar», como les decían, en contraste con los bravos entornos de «los peringundines» orilleros. Sitios donde se escuchaba «la canción de la mugre», al decir del maestro Carlos de La Púa, llenos de gente de avería, compadritos y mujeres de ambiente. Que nada tenían que ver con los hombres y mujeres que vivían de su trabajo y que lo único que tenían en común era la pasión por «el gotán».
Una «comisión organizadora», administrando los vintenes y «relojeando» que en la cantina nadie se pasara de la raya. Que no se arruinara la noche de los que habían concurrido «a chamuyar» a las pibas y darle al baile.
Tanto era el celo de esa comisión que si se quería llevar a alguien ajeno al laburo, ya fuera un amigo o amiga, había que solicitar permiso y hacerse responsable ante todos por esa persona.
La memoria nos da un empujón. De golpe y porrazo estamos en el querido Bella Vista natal y sus bailes de laburantes. Donde hace mucho tiempo le dimos «punta». Son varios nombres que se atropellan por lograr un sitio en el amasijo de palabras que arma, solitariamente, este «escribidor» dominguero.
Nombres como el Club Ferrocarril, donde los obreros del riel que invitaban a las pibas del barrio junto a sus respectivas tías o abuelas, claro está, armaban unos lindos bailongos. Terminaban cuando las veteranas decían «basta» y se llevaban a las nietas bailarinas. Entonces se quedaban los hombres un rato más, armando lentamente sus cigarritos de hojilla y con rápidos sorbitos a la ginebra «de porrón», comentaban que la fulanita ya «estaba con ellos».
Por el final de la playita Capurro estaban las primeras destilerías de la Ancap. Por esos lados un montón de trabajadores decidieron fundar el también llamado Club Ancap. Una vez al mes ¡a mover el esqueleto! Se olvidaban de los técnicos ingleses que los «verdugueaban» con sus disciplinas. Junto a unas chicas, pioneras en tareas administrativas, se divertían y mucho. Lo mismo pasaba con los obreros de la Fábrica de mármol, tipos rudos que se «ablandaban» cuando la orquesta de «Carusito», que venía desde su Villa de la Unión, sonaba «a todo trapo» con inolvidables valses y pícaras milonguitas.
Por allá, donde la vía desaparecía, por la calle Uruguayana, estaba la Fábrica de Tejidos de los Campomar. Ahí sí, no había que esperar que se arrimaran las vecinitas y sus celosas abuelas. Es que había mucho personal femenino y los varones «agradecidos» y muy contentos por esas circunstancias.
Mujeres que se llamaban a sí mismas «fabriqueras» se convertían en hermosas damitas pintadas que giraban con la romántica música en esos «bailes obreros» de pura cepa. Pero fueron más adelante y en el salón que se habían constituido para «canyenguear», también organizaban charlas sobre algo inédito por esos días llamados «los derechos de la mujer». Y cuando había que luchar, ese mismo salón era la sede donde encendidos oradores llamaban a reivindicar los derechos laborales. En tiempos electorales se veían arrimarse a «los doctores de la ley», en su tenaz búsqueda de los votos.
Con el pago de una mínima cuota mensual, esos laburantes mantenían el saloncito hecho «un chiche». Pronto para los bailes, para las charlas y hasta para disertaciones de médicos, por ejemplo, a propósito de temas vinculados a la prevención de enfermedades.
La gente de la Fábrica de carbón y sal también pagaba una cuota que no sólo mantenía su sede bailable y social. Llegaron a construir una hermosa cancha deportiva sobre la Rambla, frente a la Estación Bella Vista. Por ese terreno se le daba con alma y vida a «la guinda de cuero». Tremendos partidos con los equipos de otras fábricas. Aunque al final, todos amigos aunque sea «rengueando» y con los «tamangos» de fútbol en la mano, porque algún «patadón» había sido ¡demasiado vehemente! Fueron muy famosos los clásicos que se armaban al encontrarse los cuadros del «Carbón y Sal» y los de la Fábrica de Neumáticos de la calle Corrales. Un «suelto» del diario «El Plata» aún tiene la amarillenta foto de un flaco, de bigotes finitos, atajando, volando por el aire. Al igual que con los años volaría su memoria soñadora.
Por esos días la sede del Club Bella Vista, de Agraciada y Olivos, era un bastión no sólo de buen fútbol sino también de lindas «tenidas» tangueras.
Con un trío de guitarreros o con el tocadiscos de enorme bocina. Jugadores como Pablito Dorado se acercaban y junto al pibe que quería ser golero, ese sencillo crack y otros demostraban «kilos» de paciencia y cariño con el botija muy entusiasmado, que le contaba una y mil veces sus «atajadas». Ahora, dicen que les agradece, escribiendo sobre esos tiempos y recordándolos con «toneladas» de ternura y un cariño sin límites.
El querido Colegio Maturana supo organizar, bajo la discreta mirada de algún cura muy «canchero», reuniones bailables que sirvieron para unir profundamente a los vecinos del Prado, Capurro y Bella Vista. Eran el broche de oro de míticas «kermeses» que ineludiblemente llegaban con los calores de diciembre. No olvidemos que fue uno de sus sacerdotes el impulsor y pionero del «club papal».
Y los «bailes obreros» siguieron por toda la ciudad. En el Club Stockolmo de la zona del Prado, al lado del Cuartel. Y en el repechito de Agraciada, llegando a Carlos María Ramírez, estaba el bailongo de «Don Juan», con los «acarreadores de ganado» que venían del interior del país. En ese rango de bailes hicieron historia los organizados por las gremiales de Esmaltados Sue, Ferrosmalt, también los de las curtiembres de Nuevo París y
los del jabón Primus, con su fábrica por el fraterno Belvedere.
Quedan más y como siempre «los lectores cómplices», desde sus hogares acumulan sus recuerdos y los agregan a los nuestros. Qué más hay que decir.
Se sentían iguales, orgullosamente iguales y se divirtieron con enormes ganas. Laburantes lindos, hombres y mujeres del ayer. Hoy la caprichosa memoria quizo homenajearlos al ritmo del «dos por cuatro» que ellos tanto amaron.
Y gracias al cual nacieron innumerables familias que enriquecieron con su noble sangre los queridos barrios populares montevideanos.
Los esperamos todos los sábados y domingos, a las 19 horas, en CX 44, y también los domingos en LA REPUBLICA, con más «Prohibido para Nostálgicos», con los auspicios del Departamento de Cultura de la IMM.
Coordinación: Angel Luis Grene
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