Artigas, ese hombre
¿Cuál era su forma de ser, de sentir, de hablar? ¿Qué carácter tenía? ¿Cuáles eran sus hábitos? Los documentos no siempre son jugosos en cuanto a este aspecto y los límites normales que establecen hacen difícil una investigación de estas características. Pero existen sí algunos indicios que pueden llegar a convertirse, a través de una profundización metodológica, en certezas.
Este artículo se propone solamente ofrecer al lector algunos de los documentos que hacen referencia a la personalidad del héroe, incluso los creados deliberadamente para dañar su imagen. No se trata de emitir en base a ellos una opinión, sino sólo retrotaernos a aquellos tiempos y conocer cómo era visto el jefe oriental. No se trata de contestar la pregunta: ¿cómo era su personalidad? Sino más bien: ¿qué dicen los documentos de su personalidad?
Colérico
«¿Quién es ese genio maléfico, que forma una época tan infausta en los anales de Sud América en revolución? ¿Quién es este hombre turbulento, que hace tiempo está fijando la espectación del orbe pensador?» Así comenzaba Pedro Feliciano Sáenz de Cavia su panfleto sobre el «Protector nominal» de los pueblos libres.
El doctor Cavia, quien había estado dentro del grupo de montevideanos que se pronunciaron a favor de la Junta de Mayo en 1811, integraba el círculo de personas que alrededor de Manuel de Sarratea, presidente del Triunvirato –autor de una proclama contra Artigas en la cual lo declaraba traidor–, intentaban quebrantar la influencia política y militar del «jefe de los orientales». Con esta obra no tuvo otra finalidad que crear un ambiente adverso al general oriental, tanto en el Río de la Plata como en el exterior.
En su famoso panfleto publicado en 1818, Cavia la emprende contra varios aspectos de la obra y la vida de Artigas, pero en lo que respecta particularmente a su carácter, lo pinta como alguien rebelde ante todo e implacable. «Artigas –dice Cavia–, sin ser capaz de mandar aun en su casa, no puede tolerar que nadie le mande».
Así mismo pinta a este «insubordinado» como un ser humano presa de un carácter colérico y que es, por ello, carente de misericordia, «implacable en sus enconos, inexorable en los accesos de su furor, insensible al grito insinuante de la humanidad afligida». Según Cavia es un hombre lleno de envidia y ambición de poder, vicios que lo mueven en todas sus acciones. Su ideario es tan solamente una fachada de sus pretensiones personales y por ello es el «apóstol de la mentira» que seduce a los pueblos para finalmente traicionar a la causa de América. Y agrega: «Nuevo Atila de las comarcas desgraciadas que ha protegido. Lobo devorador y sangriento bajo piel de cordero. Origen de todos los desastres del país. Azote de su patria. Oprobio del siglo 19. Afrenta del género humano».
Artigas, el «colérico», al enterarse de la publicación del panfleto, reaccionó con indiferencia. «Mi gente no sabe leer», habría dicho.
Cruel
Otra de las acusaciones que pesaron sobre el general fue la de su pretendida extrema severidad, al punto de ser considerado «sanguinario». En las «Memorias del General Miller», publicadas en 1829, se traza un retrato tenebroso de la personalidad y carácter de Artigas, inspirado sin lugar a dudas en el panfleto de Cavia.
En la larga peripecia del Exodo Oriental, Artigas debió administrar justicia con elementales carencias. La convivencia de miles de personas de diversos estratos sociales provocó en muchos casos conflictos en los que él debió intervenir. La mano dura al castigar delitos dentro de esa incipiente nación oriental era para él la única forma de sobrevivencia, teniendo en cuenta la situación que se estaba viviendo.
«Los procedimientos judiciales de este nuevo preboste marcial –cuenta Miller–, no tenían el carácter de las fórmulas pulidas de nuestros tribunales de justicia. La notoriedad del crimen era razón bastante para imponer en el acto la pena al delincuente, sin más ceremonia o preparación religiosa que el credo o símbolo de fe mutilado o mal repetido, al que llaman credo cimarrón.«
Posteriormente, Miller hace referencia a una práctica atribuida falsamente al jefe oriental que contribuyó a conformar la «leyenda negra»: los enchalecamientos.
Dice el autor en sus memorias: «…Cuando eran muchos los criminales, y creía que no era conveniente gastar pólvora, acostumbraba a liarlos en cueros frescos de vaca, dejándolos con sólo la cabeza fuera, de modo que, a proporción que los cueros se iban secando, el espacio dejado para el cuerpo se iba disminuyendo, hasta que el desgraciado paciente moría en la agonía más dolorosa, y la desesperación. Este modo en encarcelar y atormentar a los criminales, lo llamaban enchipar. Su extrema barbarie apenas pierde nada de su horrible aspecto, con la disculpa de que no tenían cárceles ni quien guardase los criminales en aquellos desiertos, y que los hábitos feroces y sanguinarios de aquellos perversos requerían tales ejemplos».
No hay prueba de que Artigas hubiera empleado efectivamente estos castigos. Carlos María Ramírez daría años más tarde la última estocada a esta leyenda.
Sencillo
En 1820 fue publicado en Londres el libro «Voyage to South America» por H. M. Brackenridge, en el que se daba cuenta de la personalidad del líder oriental basada en la versión del general José Miguel Carrera.
Artigas, según esta narración, era un hombre blanco con hábitos gauchescos, alejado de la ciudad, reacio a los lujos, «sencillo sin ninguna ostentación o aparato». Era alguien a quien le gustaba la vida del campo, donde se había criado.
«No usaba –dice– ningún uniforme o señal de distinción y se alojaba en una carreta, cuidándose poco de los refinamientos o comodidades de la vida civilizada, a que, en efecto, nunca había pasado en las llanuras y tenía aversión a vivir en las ciudades así como las restricciones de la sociedad educada. Su residencia, entonces, era un pueblito sobre el Río Negro, llamado Purificación, compuesto de unas pocas chozas de barro, o cueros; pero el asiento de su gobierno a menudo cambiaba de lugar. Vive con la misma comida, y de la misma manera con los gauchos que lo rodean, no siendo él mismo en verdad nada más que un gaucho».
Obviamente habría que considerar estas declaraciones con prudencia, pues es difícil pesar cuál era la idea que un extranjero tenía de los gauchos y de la vida rural en el Río de la Plata.
Más tarde, en 1839, se hicieron públicas las narraciones de J. P. Robertson, en las que el autor –hecho prisionero por las fuerzas artiguistas– describe la siguiente anécdota cuando visitó Purificación, que da cuenta de las costumbres del general: «¿Qué creéis que vi? Pues al Excelentísimo Protector de la mitad del Nuevo Mundo sentado en un cráneo de novillo, junto al fogón encendido, en el piso del rancho, comiendo carne de un asador y bebiendo ginebra en guampa».
Posteriormente, Luis L. Domínguez lo trazaría en su «Historia Argentina» de 1861 como alguien «taciturno y silencioso». Y, en 1881, Francisco Bauzá, en «Historia de la Dominación Española en el Uruguay», lo describió así: «Era sobrio en sus costumbres, sufrido contra los rigores de la intemperie y constante para afrontarlos […] Vestía con sencillez, casi siempre sin insignias militares, y cuando las ponía, apenas se reducían a la espada y un angosto viso rojo en la casaca. Prefería como traje habitual, aun después de haber ascendido a las más elevadas posiciones, el traje de los estancieros del país, con su ancho sombrero de paja, el pantalón angosto, chaqueta burda y zapatos de cuero».
Al parecer esta forma d
e vida la mantendría hasta el final de sus días, pues el general José María Paz, en sus «Memorias Póstumas» de 1855, narra su entrevista con el anciano Artigas en Paraguay en 1846, en donde señala: «Su método de vida, sus hábitos, y sus maneras son aún las de un hombre de campo».
Justo
Uno de los escritos más importantes sobre el artiguismo es la biografía del general escrita por Isidoro de María, titulada «Vida del Brigadier General D. José Gervasio Artigas» y publicada en 1860.
El autor intenta «trazar algunos rasgos» de la vida del prócer –aunque contiene algunos errores clave, por ejemplo, el año en que nació– y sale al cruce de las acusaciones sobre su pretendida crueldad.
De María responde argumentando que el jefe de los orientales no era inexorable, sino justo. Quizás severo, pero nunca injusto. La única manera de controlar el crimen en la población que lo seguía era mantener mano dura. En plena revolución la anarquía era un peligro latente. Por ello explica De María la severidad del héroe, que sin embargo nunca caía en los excesos que sí cometieron otras personalidades de la independencia.
«Siempre hará honor al general Artigas –dice–, aquella orden expedida en el Arroyo Grande, imponiendo la última pena, a todo el que atentase contra la vida o la propiedad de los vecinos o asaltase a los transeúntes pacíficos de la campaña, con motivo del salteamiento de tres carretas de carga y asesinato de sus conductores por un tal Paiva y otros, que fueron ejecutados en el Arroyo Grande al frente del Ejército para escarmiento, y a cuyo acto asistió el mismo general Artigas de gran uniforme».
Pero dice De María también: «A donde alcanzaba la vista o la acción del General Artigas, no se notaban los excesos que dieron triste celebridad a caudillejos como Gay, Blasito y Encarnación, que destinados lejos de Artigas a la persecución de gente mala que abundaba en la campaña se convirtieron en facinerosos…»
Presuntuoso
Si se quieren encontrar acusaciones contra Artigas no se debe dejar de consultar el «Bosquejo histórico de la República Oriental del Uruguay» de Francisco A. Berra, abierto opositor al Jefe de los Orientales. Este libro fue duramente impugnado por Carlos María Ramírez. Sin embargo, permaneció durante treinta años como texto de enseñanza en las escuelas uruguayas.
Luego de las críticas que recibió por su posición sobre Artigas, Berra cambió el carácter polémico de su estudio en la cuarta edición del «Bosquejo». De todas formas aún se pueden encontrar referencias al héroe en esa edición «refundida y considerablemente aumentada».
Berra describe el carácter de Artigas como el de una persona que tenía «gran aspiración a exhibirse, fuera como fuese».
En esa vanidad, según el autor, caía en la temeridad. «…Tal presunción de sí mismo –dice–, que se consideraba capaz de superar a todos en las más difíciles empresas; y tanta vanidad que se atribuía los éxitos de otros, por muy indirecta o secundariamente que hubiese intervenido en ellos, en lo cual no hacía más que personificar la inclinación general de los gauchos, de jactarse de proezas imaginarias».
Según Berra, Artigas no se cansaba de protestar que era justo, moderado, sufrido y resignado, siendo además «tenaz en sus resoluciones». El autor del «Bosquejo» llega a decir que el prócer «alardeaba» del título de Jefe de los Orientales.
Pero eso no es nada: «Artigas tenía por regla llamar derechos, libertades, sufrimientos, heroísmo del pueblo a lo que suponía su propio derecho, su libertad, su sufrimiento o su heroísmo, como si nunca tuviese presente su personalidad propia, cuando era la única cuyos intereses y pasiones consultaba, y cuya voluntad procuraba imponer».
Leyendo esto uno termina coincidiendo con Francisco Bauzá quien, en referencia a la obra de Berra, dijo: «Ha hecho bien en no emprender el retrato, pues con el bosquejo sobra para muestra».
Esta visión de Artigas –muy porteña– se repetirá en muchos otros libros, como por ejemplo en «Historia Constitucional de la República Argentina» de Luis V. Varela publicada en 1910. En este libro hay un capítulo dedicado Artigas en el que dice el autor: «Hablaba en sus documentos de su ejército, sus orientales, su campamento, sus diputados, sus dominios y, en fin, todo aquello que se refería a la Banda Oriental o su política se resumía, para Artigas, en una pertenencia suya».
Humanitario
En su polémica con el diario argentino «Sud América», Carlos María Ramírez, desde «La Razón» de Montevideo, defendió la imagen de Artigas de las duras acusaciones que recibió por parte de un periodista porteño en un artículo titulado: «Apoteosis de un bandolero».
En uno de sus artículos, Ramírez destaca el carácter humanitario del prócer –excepcional para un líder de su clase en esa época– y desmiente la leyenda de los «enchalecamientos» y del asesinato sistemático de españoles en Purificación. «Rivadavia estuvo muchos días en 1812, ocupado en hacer ahorcar españoles complicados en la conjuración de Alzaga, y San Martín dejó recuerdos severos en Chile y el Perú. No hablemos de Bolívar, que llevó las represalias contra Boves hasta el punto de ordenar una vez la ejecución de más de ochocientos rehenes. En relación a Artigas, debe recordarse siempre esta circunstancia singular; no se mencionan en ningún documento en ningúna crónica, nombres conocidos de godos (españoles) o porteños sacrificados por él».
Inmediatamente, Ramírez destaca el hecho que revela en mejor forma el carácter del Jefe de los Orientales en relación a los prisioneros. «Cuando cayó Alvear, que había proscrito al Jefe de los Orientales, el nuevo Director de las Provincias Unidas rehabilitó al proscrito y le envió ‘cargado de cadenas y con un proceso que cohonestase lo que le pluguiera hacer’ a seis jefes elegidos entre sus más exaltados enemigos. El ‘bárbaro’ Artigas devolvió los prisioneros, declarando que no era ni quería ser verdugo». Otro de los hechos que cita Ramírez es cuando el general Viamonte y veintiséis jefes y oficiales de Buenos Aires se rindieron en Santa Fe ante las fuerzas provinciales adheridas a Artigas. El general oriental los hizo llevar a Purificación. «¿Fue degollado –pregunta Ramírez–, según el sistema al que alude el Sud América, alguno de esos porteños? A todos los puso Artigas en libertad, y el general Viamonte ¡volvió a combatir con él en la guerra de Santa Fe!».
Por otra parte, Ramírez cita una expresión del «más puro de sus compañeros de armas», don Joaquín Suárez, quien habría dicho: «No era sanguinario, y sí muy sensible con los desgraciados». Su inclinación a los sectores más humildes de la población lo caracterizó siempre, y con ellos peleó y sufrió penurias hasta sus últimos días.
Es famosa la anécdota de un joven oficial brasileño que fue a conocer al viejo Artigas a Paraguay. «¿Mi nombre suena todavía en su país?», le preguntó el anciano general al visitante. Al recibir una respuesta afirmativa, dijo tras una pausa: «Es lo que me resta de tantos trabajos: hoy vivo de limosnas».
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