Villa de la Unión, a puro tango y recuerdo
Es que, como escribió Italo Calvino, «una ciudad no dice su pasado, lo contiene como las líneas de una mano, escrito en los ángulos de las calles, en las rejas de las ventanas, en los pasamanos de las escalereas, en las antenas de los pararrayos…» Sobre esos detalles se pasea nuestra memoria, los exprime y se agota en su terca tarea de «chamuyar» palabras y más palabras sobre esos días del ayer. Sobre los barrios y los personajes que, de a poquito, van «aflojando» y le largan sus ráfagas de vivencias.
Y hoy, mirando para todos lados, arrancamos hacia nuestra querida Villa de la Unión. buscando el secreto que está en cada uno de sus rincones, «metemos» duro y parejo, en este viaje hacia los lejanos tiempos. Tan lejanos como que rondan los finales de la década del 20, cuando, muy «purretes», inauguramos la Escuela Sanguinetti. Desde su patio a las calles todo fue rápido. Casi sin darnos cuenta ya estamos en esos días. En unos románticos días en que la Unión se movía al compás de los tangos y milongas.
Con la presencia de Carlos Gardel, cantando en la repleta sala del Gluksman. Con los aplausos y gritos de los enloquecidos admiradores del «morocho del Abasto» y de su inseparable compañero Razzano. Tangos bien lunfardos, gente que hacía lo imposible para no perderse ese espectáculo. Música y pasiones, que todavía siguen sonando en los rincones de 8 de Octubre, en las grietas de sus antiguos árboles y en rotas baldosas que pisaron muchos, muchos vecinos. Estamos en la vieja Unión. Por el lado de la música la cosa «pinta» bien. Este querido barrio montevideano se abre a nuestra memoria. Pierde, al igual que Montevideo, su empedernida timidez y nos cuenta sus amores «querendones». Epocas de salas de bailes y de «bailongos» de «rompe y raja». Ahí están los artistas de la musa tanguera que nos dieron su alma y corazón, en noches de alocada bohemia.
El laberinto de los recuerdos va tomando forma. Por sus extremos se asoman personajes como Romeo Gavioli, que vivió en la calle Morelli. El mismo muchacho tierno que cautivó a las «damiselas». El cantante sin igual que, en los carnavales de antaño, le dio todo su talento a las troupes de Carmelo Imperio.
Por los adoquines de alguna callecita que aún lucha por sobrevivir está el bandoneón de Luis Carusso, «Carussito». Con su orquesta creó melodías que, desde «el cuore» de la Villa, inundaron toda la ciduad a puro «gotán». También anda rondando la magia creativa del compositor José Mateo, que con su tema «Tamboriles» hizo bailar a las alegres parejitas de zapatos de charol y «boquitas pintadas».
El espíritu de agrupaciones como las de «Panchito» Maquieira y la del amigo Juan Carlos Croccia también se nos muestra, sonríe y se queda, un ratito, palpitando «en la zurda». También la orquesta de Julio Arregui, que le dio tantas alegrías a «ese barrio sencillo donde jugaban los muchachos con la pelota de trapo y de noche en un portón tejía su ronda el amor», para decirlo con esos versos que él mismo escribió. Con «kilos» de ternura y amor por su querida Villa de la Unión. Un sonido se nos aproxima, zumbón y juguetón. Se esconde en las paredes de las viejas casas. De pronto, irrumpe a todo ritmo de jazz. Es el amigazo Santiago Luz y su compañero de todas las horas, el clarinete. Animador de bailes «muy calientes». El tiempo goteaba con el color del vino tinto, y todos saltaban con las geniales recreaciones que sólo Santiago podía realizar en base a las melodías de Benny Goodman.
Tiempos de bailes y «bailongos». Como los del «Agrícola Italiano», en 8 de Octubre y Propios. Lo llamaban «el baile de los negros», pero en su interior todos los corazones eran uno. Sin importar el color de la piel. Sitio con mujeres que «iban pa’adelante» y de enormes broncas que trataban de «tranquilizar», por cualquier medio, los hermanos Ríos, boxeadores muy populares y vecinos de la Unión. La memoria se pone «brava» y pendenciera. Quiere «curtir» ambientes pesados. No la podemos frenar y se zambulle en las tormentosas aguas del Puerto Rico.
De sus perdidos caminitos de barro. De sus ranchos con techos de chapas, con un par de guitarras y un bandoneón, donde se armaban los «canyengues de compadritos». Como aquel que existió por Avellaneda y Pan de Azúcar, al lado de la vía del ferrocarril. Cuando el trío de «los musiqueros» hacía una tregua, se barría el piso para evitar que se levantara el polvo ya que «la pista» era de negrísima tierra. Las parejas, muy serias, se dirigían a un improvisado mostrador, armado con cuatro o cinco tablones. Se refrescaban, con clarete unos y otros con caña y ginebra, tan «guerreras» que quemaban las gargantas de esos señores de rostros con cicatrices y damas de pintarrajeados ojos y labios muy rojos. Como la sangre que siempre llegaba cuando veíamos a dos tipos, silenciosos y mirando el piso, caminando hacia la puerta. Y de ahí, a la noche y sus asustadas estrellas. Un poco más abajo, pero cambiando de ambiente, estaba la zona de «El Campo Español». Allí la colectividad gallega organizaba, todos los fines de semana, unas alegres «romerías» a las que llegaban muchísimos vecinos de la Villa. Arrancaban casi a las 8 de la mañana y no paraban hasta el atardecer. Gaitas y guitarras con pasodobles y jotas a todo vapor. A su conjuro se recordaban las lejanas aldeas que habían quedado atrás cuando esos inmigrantes, lindos y laburadores, habían decidido llegar a estas tierras. Y, como a ellos les gustaba decir, «hacerse la América». También nos llegan los ecos de las amables veladas en el club «Unión Ciclista». Lugar que convocaba a chicas acompañadas de sus tías y abuelas que, con ojo avizor y vigilante, controlaban a «los galanes» que se acercaban para invitarlas a «una pieza, si usted gusta». Por ese salón llegaban ídolos populares del deporte del pedal como De Los Santos, Panucio o «el gallego» Bartavurú. Por algún recoveco de la Curva, si prestamos atención, aún podemos escuchar la música de los tangos del «Unión Ciclista». Y hasta la cadencia de los valses que hacían girar a las parejitas y hacerlas soñar en medio de ese sueño que alguna vez vivimos y se llamó juventud. Junto a la humedad de agrietadas paredes está escondido un mundo de perdidos aromas. Respirando hondo nos llegan los sabores de las humeantes cazuelas y las busecas, en ollas de barro, que se servían en la «Fonda de Marcelino», allá frente a la Plaza de Deportes. Quedan más líneas de la mano para leer, como nos enseñó Calvino en sus «Ciudades Invisibles». De esta Montevideo y sus barrios.
Hoy «trillamos» la Unión e hicimos lo que pudimos. Los mensajes del pasado están ahí. Sólo hay que saber leerlos. En los rincones de las calles y en las rejas de las ventanas, en fin, hay que mirar con mucho cariño. Entonces sí, la ciudad y sus barrios «hacen molde», dejan a un lado su recalcitrante timidez y deciden «contarnos» sus viejas historias. Y esa es nuestra tarea, la de nuestra tozuda memoria y la del veterano que escribe y cuenta antiguas historias del Montevideo del Ayer. Los esperamos todos los sábados y domingos, a las 19 horas, en CX 44, y también los domingos en LA REPUBLICA, con más «Prohibido para Nostálgicos»‘, con los auspicios del Departamento de Cultura de la IMM.
Coordinación: Angel Luis Grene
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