Aislada por la indiferencia
La noble camioneta Brasilia de Carlos Lestarpe avanza por un camino pedregroso lleno de baches. El trazado tiene 36 kilómetros entre la ruta 5 y Tiatucura. Poco antes de llegar a esta localidad aparece un puente. Es un viejo puente de madera carcomida atada parcialmente con alambres a los pilares. Tiembla y cruje bajo la camioneta.
Está sobre el caudaloso arroyo Salsipuedes Grande, que corre al este de Tiatucura. A corta distancia del puente hay un profundo badén que casi con cualquier lluvia se inunda rápidamente y bloquea el camino. Cuando eso sucede, es imposible entrar al pueblo o salir de él por esa zona, porque allí no hay otro camino que lo permita.
Al oeste de Tiatucura hay otro arroyo, el Sarandí. Por allí también se puede entrar a y salir a través de un puente.
Pero el puente es tan bajo que se inunda apenas el Sarandí crece un poco y tampoco da paso. Este puente y el badén cercano al otro se inundan casi siempre al mismo tiempo y encierran a Tiatucura.
No hay entrada ni salida por otro lado, salvo las que ofrecen algunos tortuosos caminos vecinales virtualmente intransitables, sobre todo cuando llueve. «En estos casos, que se dan con mucha frecuencia, quedamos aislados», dice Lestarpe.
Para peor, Tiatucura sólo tiene acceso lunes, miércoles y viernes a un limitado servicio interdepartamental de autobuses que cubre exclusivamente el circuito Paysandú-Tacuarembó-Paysandú con un viaje matutino y otro vespertino que no satisfacen las necesidades del pueblo.
Tampoco la policlínica colma las necesidades de Tiatucura, donde viven algo más de 100 personas. Sólo los viernes llega un médico a la policlínica, que carece de equipos y suministros básicos. «Muchas veces hay que ir a buscar los medicamentos a Guichón», dice Susana Raquel Manzini.
Pero Guichón está casi en el centro de Paysandú, unos 85 kilómetros hacia el oeste de Tiatucura, es decir mucho más lejos de lo que un caso urgente puede tolerar, sobre todo en este pueblo donde con raquítico transporte público disponible sólo tres veces a la semana y caminos y puentes bajo agua gran parte del tiempo, viajar fácilmente a cualquier parte es una misión imposible. Y entre ida y vuelta hay que hacer 170 kilómetros para traer los medicamentos desde Guichón.
Cementerio atroz
Cráneos y huesos a cielo abierto asoman por las tumbas deshechas en el cementerio municipal. Desde hace años abandonado por la Intendencia, el lugar es un ruina tétrica. Junto a los tristes escombros que alguna vez fueron tumbas, hay restos de niños amontonados en latas de galletitas sin tapas. Cerca de las latas se ven huesos depositados en ollas. Un maxilar yace sobre excrementos de ovejas y caballos. Algunas fosas están cubiertas sólo con chapas galvanizadas sueltas. Varias con piedras. Un túmulo se convirtió en colmena.
Otro en enorme hormiguero
Las chilcas invadieron muchas tumbas. Entre las chilcas hay cruces rotas. «Esto parte el alma», dice gente del pueblo. Y agrega: «Necesitamos un cuidador para el cementerio. Es una vergüenza que esté así. Dijeron que después de las elecciones municipales iban a poner un encargado. Ojalá sea verdad».
Escuela a medias
A la escuela de Tiatucura asisten 12 mujeres y 14 varones. El plantel docente se llama Martín Sosa. Nadie más que Martín enseña allí. Dicta todas las clases de todos los grados que abarca la escuela. Las familias de Tiatucura quieren que una maestra lo ayude y la han pedido, pero hasta el momento no pasó nada. Martín, quien también se encarga de las clases de Educación Física, sigue apechugando con todo. Tiene 22 años y se recibió hace 14 meses.
Martín enseña con canciones. Toca órgano y guitarra, entona bien y hace cantar a todo el grupo. Cantando con él, niñas y niños amplían su vocabulario, se habitúan a analizar textos y asimilan fácilmente con placer muchas cosas que los métodos convencionales pueden hacer engorrosas y densas.
«Es increíble todo y lo rápido que aprenden con las canciones. Este muchacho es muy buen maestro», coinciden madres y padres.
El pueblo aporta mucho a la escuela. Paga el sueldo de la cocinera, dona carne y otros alimentos, organiza bailes y rifas para recaudar fondos que se destinan a la compra de útiles imprescindibles y además repara el local.
Sin embargo hay carencias porque Tiatucura ya no puede dar más de lo que da. Faltan, por ejemplo, cuadernos, lápices, gomas y sobre todo championes y túnicas.
La escuela abarca los primeros seis años del ciclo de enseñanza primaria rural. Séptimo, octavo y noveno se imparten en Morató, otro pequeño pueblo ubicado a unos 22 kilómetros al suroeste de Tiatucura.
Pero por el gravísimo déficit local de transporte quienes ya cursaron sexto sólo puedan ir a Morató y regresar en un ómnibus privado que ofrece ese servicio en la zona. Como lo que cobra este ómnibus es mucho para Tiatucura, tal vez gran parte de los escolares no logre completar sus cursos.
El olvido
Ubicada a unos 170 kilómetros al este de la capital departamental, Tiatucura siempre dependió del trabajo en las estancias cercanas.
No hay allí muchas otras fuentes de empleo, al igual que en pueblos vecinos.
En el pasado cercano llegó a tener 700 habitantes, «pero la gente empezó a irse cuando mermó el trabajo en las estancias de la zona», dice Benito Eugenio Baldomir Vaz, uno de los más veteranos habitantes del pueblo.
«También influyó el casi permanente aislamiento que sufrimos», afirma Celestino Escotto, propietario de una de las dos almacenes de Tiatucura: «Con poco trabajo y tan malos caminos, la gente empezó a irse», dice.
Enfrentado a sus problemas actuales, Tiatucura trata de sobrevivir pero no le resulta fácil: «Si se crean nuevas fuentes de ocupación y se toman medidas para que no quedemos aislados cuando llueve y se resuelve el problema de la escuela, las cosas mejorarán mucho. Y eso no es pedir demasiado.
Es pedir sólo lo que necesitamos, lo que tenemos derecho a tener. Pero sufrimos la indiferencia de las autoridades. Parece que nos han olvidado», dicen en el pueblo.
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