Las brillantes noches del "Tano" Racciatti

Algunos haciendo sonar sus organitos, con el monito saltando en sus hombros, en la puerta de los conventillos. Otros, como nuestro querido «tano» Racciatti, al frente de grandes orquestas obligando a girar y girar a los bailarines «compadritos».

Todo comenzaba con un anuncio en la cartelera que armaba el periodista Dalesandro en «El Diario», todos los sábados. Allí aparecían las salas bailables y las orquestas que animaban aquellas noches montevideanas del ayer. Se destacaba el «Ambassador Club», «El Palacio del Tango», que esa noche sabatina traía la orquesta de Racciatti. Los tangueros, de pura cepa, se agitaban y sabían que en la madrugada la cita era en los altos del Vaccaro. El maestro despertaba fanatismos, ya que con su característico ritmo las parejas «apretaban» y, de paso, se lucían «sacándole viruta» al piso. La música los llevaba de la mano, con la damita «calzada» por el talle todo desaparecía. Eran sólo ellos dos, para danzar, para cerrar los ojos muy fuerte, para soñar, para encontrar ¿por qué no?, en esos ambientes tangueros, «las puertas del cielo» que nos mostró Cortázar en su genial cuento.

Un rato antes, en la antesala de la «velada bailable», todo era preparativos y movimientos en el «Ambassador Club». Una noche de gala, con la responsabilidad de agasajar al maestro que hacía pocos días había brillado en el Japón.

El amigo Walter Balla, organizador incansable, daba indicaciones al personal, se acomodaban las sillas y las mesas con los coquetos mantelitos. Un último lustre a la parte de la pista que no había quedado bien. Los electricistas hacían equilibrio en enormes escaleras verificando las bombitas de colores y «las arañas» que bañarían de luz las siluetas de los bailarines. Una ojeada a «la barra» y su extensa fila de botellas y pequeños vasitos transparentes.

Y, allá en el fondo, muy solitario, un flaco en mangas de camisa acomodaba los micrófonos y revisaba el amplificador de grandes válvulas. Sabía que Donato era muy exigente con la amplificación. «Uno, dos, tres, probando» y su voz salía nítida y potente por el tan cuidado micrófono del cantor. Dentro de un ratito, estarían frente a ese sensible aparato cantores de la talla de Félix Romero, Fleitas y la impactante morocha Olguita Del Grossi.

El flaquito, peinado con gomina y de bigote finito, se quedaba tranquilo si todo estaba bien. Ni soñaba, en esos momentos, que casi 50 años después contaría estas historias a «los lectores cómplices». De cuando siendo el animador del Ambasador, entre los micrófonos que él mismo preparaba, presentaba con su fuerte y grave voz, al maestro Racciatti. Y la sala estallaba en cálidos aplausos, «vamo’ arriba tano», «con todo maestro», a quien avanzaba entre el público, con su enorme sonrisa, recibiendo apretones de manos y palmadas en el hombro. Llegaba al escenario, acariciaba el bandoneón y la música nacía desde todos los rincones. Un ritmo «querendón», tan propicio para el tango como danza, como pasión popular engendrada en los arrabales orilleros. Y ahora estaba allí, vestida de lujo en medio de una sala radiante de luz y de gente que se largaba «en picada» a la pista, en la que no cabía ni una alfiler.

Todo gracias al inolvidable «tano» y su orquesta de profesionales, de músicos «sin grupo», que marcaban el ritmo de la ciudad. Esa noche desde el corazón del barrio Goes y su Ambassador Club.

La voz de Olguita entonaba «Hasta siempre amor. Y era como si el mundo material se esfumara. Todo resultaba fascinación en la orquesta y su bella cantante. El tiempo se detenía, nadie quería que pasara, que la canción fuera eterna, que la danza no terminara y que los compases siguieran más y más. El maestro, entrecerrando los ojos, le daba «con tutti» al fuelle. La sala se convertía en un enorme corazón que bombeaba sangre y pasiones, al compás del «dos por cuatro». Fuerte, muy fuerte, latían «los cuores» en esos bailarines y en los que, rodeando la pista, con el infaltable vaso en la mano, disfrutaban de la música de Donato. Un artista popular en el que confluían las tradiciones de los italianos compositores, músicos y poetas que tanto hicieron por nuestra sensibilidad rioplatense.

En el descanso «el tano» se dirigía con paso lento a las escaleras. Con su característica frase «todo bien, muchacho», a los más acalorados que lo rodeaban y no paraban de felicitarlo. Un rato en las mesas del Vaccaro, con el «escocés» siempre a mano y luego, en media hora, más o menos, el encanto tanguero nacía nuevamente.

El mismo éxito lo tenía en la calle Yatay y su baile «Sud América», en «La Granja Dominga» o trillando los bailongos organizados por el «Cheche» Barreto en el departamento de Canelones. En algunos de esos sitios el destino quiso que nos cruzáramos nuevamente, siempre amando las noches irrepetibles de aquel viejo Montevideo.

El barrio Goes le aportó no sólo esa sala bailable de «El Palacio del Tango», también le dio varios de sus hijos que pronto se convirtieron en estrellas tangueras. Como el amigazo Carlitos Roldán, Olga Del Grossi y Luis Alberto Fleitas. Este último con tanto amor a su barrio que ya muy veterano siguió dándole al «gotán», en la esquina de General Flores y Garibaldi y la tradicional Parrillada «Sud América».

Las cortinas de los recuerdos se entreabren. Dejan pasar los reflejos de grandes sucesos populares que tuvieron al maestro como protagonista. Lo estamos viendo con su aporte al radioteatro, junto a luchadores como Juan Casanova o Mario Rivero. Comedias musicales que convocaban multitudes cuando se presentaban en el Stella D’Italia. Una lágrima de emoción al recordar la pieza «Muchachos que peinan canas» que tuvo como base el tangazo que cantaba Víctor Ruiz, con letra de Rivero y música del mismo Racciatti.

Nina Miranda canta «Sin Estrellas». El corazón late a mil. Los días del ayer están ahí, a la vuelta de la esquina. En los barrios populares que tuvieron «al tano»como su ídolo indiscutido. Los viejos bailarines, ahora «muchachos que peinan canas», se levantan y comienzan a bailar. La pista luce todo su esplendor. En el escenario la orquesta marca el compás «canyengue».

No importa si estamos muy viejos, esa música y la pasión todo lo pueden. Y el querido Donato, nos da una mano para este sueño de la memoria. Aunque se haya «piantado» de este mundo, siempre lo tendremos allí, muy cerca, en este interminable baile de los recuerdos.

Los esperamos todos los sábados y domingos, a las 19 horas en CX 44, y también los domingos en LA REPUBLICA, con más Prohibido para Nostálgicos, con los auspicios del Departamento de Cultura de la IMM.

Coordinación: Angel Luis Grene

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