"Seguiré siendo hija de un desaparecido; no pasé a ser hija de asesinado"
Una madrugada de hace 27 años su padre la despertó porque lo llevaban detenido. No lo volvió a ver. Una semana atrás la Comisión para la Paz le informó que Julio Gerardo Correa Rodríguez murió en el Batallón 13 de Infantería 48 horas más tarde. Las fuentes militares que dieron los datos argumentaron que «había sido sometido a una tortura que no justificaba las consecuencias que había tenido».
Hortensia Correa tenía 16 años aquel 16 de diciembre de 1975. Su padre, tenía 56 años, había nacido el 14 de octubre de 1919 en Montevideo. Era dirigente del Sindicato Unico del Transporte Marítimo (Suntma) y militante del Partido Comunista del Uruguay. Ella tiene tres hijas de 15, 10 y 7 años. Hasta hace poco era funcionaria de MIDU, pero hoy está en el seguro de paro.
Aquella madrugada tres personas de particular llegaron a su casa. Utilizaban un vokswagen (kombi) color grisáceo. Su madre fue testigo de la captura. Una tía y ella dormían en la casa. Le llevaron un libro de electrotecnia, una funda de almohada que utilizaron como capucha y remedios para su afección cardíaca.
Realizaron denuncia en el Juzgado Letrado de 1º Instancia en lo Penal de 7º Turno. Hubo gestiones ante la Cruz Roja Internacional. El 21 de mayo de 1984 el gobierno uruguayo, al responder a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos dijo oficialmente que no registraba a Julio Correa como detenido ni como procesados.
«Papá me despertó para despedirse»
-¿Qué ocurrió hace 27 años?
-Hace 27 años yo tenía 16. Cursaba preparatorios para entrar a la Facultad de Medicina. En la madrugada del 16 de diciembre del año 1975, a eso de la una o una y media de la mañana, mi padre prendió la luz de mi cuarto para despertarme y para despedirse, porque lo habían venido a buscar… Nunca más lo volví a ver.
-¿Qué hicieron desde entonces?
-Nos repartimos la búsqueda. Mi madre con un grupo de amigas recorrió todos los lugares posibles. En cada uno nos negaron que allí estuviera detenido mi padre.
-¿Qué hacía tu padre?
-Mi padre era de transporte marítimo. Era dirigente sindical del Sutma (Sindicato Unico del Transporte Marítimo). Se embarcó por última vez en 1966 y desde entonces pasó a trabajar para el Partido Comunista.
-¿Era funcionario del PCU?
-Sí. El trabajaba para el Partido. No estaba en un frente en particular. Lo tenía picoteando en todos lados. El no era dirigente. Yo en realidad no sé lo que hacía, sobre todo después del golpe de Estado. En el período de la dictadura él iba y venía, entraba y salía.
-¿Cómo era Julio Correa?
-Yo compartía con él períodos cortos de mi vida, sobre todo en la época en la que se embarcaba. El estaba en la marina mercante. Así recorrió países de todos lados. Traía regalos para todo el mundo. A mí me traía muñecas. Yo soy hija única y me crié con una prima con la que nos llevábamos 14 días. Pero si vos vez las fotos (nos muestra una) ella es la que parece la hija de mi padre. Los mejores recuerdos de mi infancia los tenemos de manos de él, del corazón de él. Mi madre también era una militante.
-¿Y en todos estos años de búsqueda, nunca supieron nada?
-Lo único que hubo fue, a la salida de los presos políticos, una entrevista que mi madre tuvo en la Casa del Partido Comunista con alguien que le informó que lo había reconocido por la voz y se había identificado. Le dijo que lo iban a matar…
«Tortura que no justifica consecuencias»
-¿Qué les informó la Comisión para la Paz?
-La Comisión para la Paz nos dijo que los datos que tenían eran muy escasos. Que averiguar era difícil. Que la información que tenían provenía de fuentes militares únicamente. Que el único testigo que lo había registrado era Perico Pérez y que en el momento de trabajo de la comisión ya había fallecido.
-¿Qué dijeron esas fuentes militares?
-Que desde mi casa lo llevaron directamente al Servicio de Material y Armamento en el Batallón 13º de Infantería. Y que dentro de ese operativo muy grande sobre el Partido Comunista, murió. Las palabras textuales fueron que había sido sometido a una tortura que no justificaba las consecuencias que había tenido. Sufrió un ataque cardiorrespiratorio por el cual recibió atención en el propio establecimiento y había fallecido en la mañana del 18 de diciembre.
-La madrugada en que fue detenido Correa, cayeron otros militantes comunistas. Uno de ellos, hijo de Carlos Arévalo, declaró que en el vehículo en que los transportaban había un cuerpo que sospechaba fuera el de tu padre…
-Sí, eso no fue así. Lo que salió publicado me impactó porque estaba a 48 horas de la entrevista con la Comisión para la Paz. Y no fue eso lo que me dijeron.
-¿Qué les deja el informe de la Comisión?
-Fue un informe muy breve. Gonzalo Fernández nos dijo que había citado a presos del entorno de esa fecha y le habían mostrado fotos, pero nadie lo había identificado. Yo le pregunté qué datos había sobre lo que ocurrió esas 48 horas entre su detención y su muerte. El tenía antecedentes de una enfermedad cardíaca. Incluso esperaba que me notificaran que le había ocurrido algo más pronto. Una causa-efecto más rápida. Carlos Ramela me dijo que no había datos. Que nadie lo había visto, que nadie lo había oído. Sólo ese testimonio que no habían podido ratificar. En cuanto a los restos no hay ninguna información de ningún tipo. Eso no es para esta instancia. Esta parte se cierra con estos casos y la Comisión le elevará un informe a Batlle, con una serie de recomendaciones.
«Yo aspiro a recuperar sus restos…»
-¿Y luego de recibir la información?
-Yo estoy de acuerdo con lo que me dijo Javier (Miranda) que tuvo la información sobre su padre un año antes que yo. Yo fui, soy y seguiré siendo hija de un desaparecido… No pasé a ser hija de asesinado. Es parte de nuestra historia y nuestra personalidad se construyó en función de haber perdido de un saque, para siempre y sin rastro alguno a la persona que más queríamos. Lo lamentable de todo esto, lo que a mi me desasosiega, es que en el caso de mi madre haya tenido que esperar 27 años, llegar a los 83 años, no poder afrontar esta instancia y que le digan ahora que a su marido lo mataron 48 horas después de detenerlo.
-¿Termina una etapa?
-Es el final de un camino en el que logré tres respuestas. En el calendario de mi vida tenía al 16 de diciembre como el día en que mi padre desapareció. Ahora sé que murió el 18 de diciembre. Y tengo el lugar, el Batallón 13ª, porque sé que todo sucedió allí. Y sé, entre comillas, el «cómo» murió… Nada más. Termina la especulación sobre esas interrogantes que nos marcan a los familiares de desaparecidos. Nunca habíamos tenido respuestas a cuándo, el cómo y el dónde. Me quedo con eso como un mecanismo de protección de mi propia persona, para seguir adelante. Hoy no puedo especular sobre el qué pasó en esas 48 horas, sobre si lo atendieron o no, sobre qué médico lo atendió…
-Pero queda la esperanza de poder recuperar sus restos…
-Sí, yo tengo la esperanza de que esto no quede acá. Creo que nosotros como sociedad tenemos que apuntar a que se profundice sobre esto, porque datos tiene que haber. Los datos existen, están. Esto cierra una etapa y no es poca cosas. A mí me esperaban amigos cuando salí de recibir el informe y me decían que les parecía poco lo que se había sabido. P
ara mí como familiar no fue poco. Pero para mí como sociedad, me tengo que hacer cargo de una vez y para siempre de todos los demás desaparecidos e incorporarlos a mi historia. Aquí hubo un esclarecimiento, entre comillas, sobre preguntas fundamentales para mi padre, para mí y para mis hijas. Yo aspiro a recuperar los restos. Aspiro a que en algún momento y con naturalidad, pueda decir que mi padre esta acá y tenga el derecho a poner allí una flor…
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