Hace 35 años nacía el mito
Por primera vez desde aquella mañana, aún adolescente, en que decidió salir a conocer y cambiar el mundo, no tiene papel y lápiz para escribir lo que siente. Tampoco los pide: sabe que jamás se los darán.
Tiene una bala incrustada en la pantorrilla derecha, la mano le sangra por el tiro que le destrozó el mango de su ametralladora. Los dos kilómetros que tuvo que caminar desde donde lo detuvieron aceleraron los síntomas del asma. Está solo, a oscuras, tirado contra una pared, cansado, sediento. Está preso, y sabe que jamás le darán papel y lápiz. Entonces no lo pide. Trata de apoyarse mejor entre el piso y la pared para que la pierna no le duela tanto, y recuerda. Ernesto Guevara cierra los ojos y recuerda.
Argel, 25 de febrero de 1965
El Che, parado frente al auditorio del Segundo Seminario Económico de Solidaridad Afroasiática, está por terminar su discurso. Serio, sabiendo a la perfección lo que va a decir, piensa un momento en la manera en que se prolongan y empantanan las negociaciones sobre comercio y medios de pago entre su Cuba y la Unión Soviética y dice: «El desarrollo de los países que empiezan ahora el camino de la liberación debe costar a los países socialistas. No debe hablarse más de desarrollar un comercio de beneficio mutuo basado en los precios que la ley del valor opone a los países atrasados. ¿Cómo puede significar ‘beneficio mutuo’ vender a precios de mercado mundial las materias primas que cuestan sudor y sufrimientos sin límites a los países atrasados, y comprar a precios de mercado mundial las máquinas producidas en las grandes fábricas automatizadas?». Espera un segundo, y estalla: «Si establecemos este tipo de relación entre los dos grupos de naciones, debemos convenir en que los países socialistas son, en cierta medida, cómplices de la explotación imperial, del carácter inmoral del cambio».
La bomba fue lanzada y, directa, termina estallando en los oídos de los máximos dirigentes de la Unión Soviética. «Este tipo –dicen entre ellos– es un dolor de cabeza». Lo acusan, entre ellos, de trotskista, de pro chino. Se preguntan qué hacer ahora, después de la bomba. Mientras el mundo, tanto el socialista como el capitalista, se sacude ante la pelea URSS-China, el Che deja el estrado y solemne, en eterno uniforme de fajina desteñido de tantos lavados, camina hasta su silla donde un cartelito delante de su mesa dice «Cuba». Sonríe. Sabe, conoce desde siempre el poder de las palabras. Y no deja pasar la oportunidad de usarlas. Todavía resuena en la sala el final de su discurso: «Los países socialistas tienen el deber moral de liquidar su complicidad con los países explotadores de Occidente». Resuenan en la Unión Soviética, en las entrañas del Kremlin. Resuenan en China. Resuenan en Cuba.
Cuba, 15 de marzo de 1965
El Che vuelve a pisar suelo cubano después de más de tres meses de viaje. Había partido en diciembre de 1964 hacia los Estados Unidos y luego extendió el recorrido por Asia y Africa. Estaba ansioso por reencontrarse con su mujer Aleida, por conocer a Ernestito, su último hijo que había nacido el 24 de febrero, en su ausencia. Estaba ansioso por contarle a su compañero Fidel del impacto de las declaraciones en Argel, de su charla con el presidente egipcio Nasser, de las posibilidades de llevar la lucha revolucionaria al Congo y de las sensaciones de su visita a China.
En el aeropuerto de La Habana lo esperan Fidel y Raúl Castro, el presidente Dorticós y Aleida. Abraza a su mujer, la besa. Los demás lo saludan casi protocolarmente. No hay conferencia de prensa ni informe televisado sobre los resultados de la gira. El Che se las ve venir.
Fidel le pide que lo acompañe y, junto a Raúl, pasarán varios días encerrados, un total de cuarenta horas sobre las que nadie parece saber de qué se habló. El silencio de ese encuentro fue apenas roto por Dariel Alarcón Ramírez, un cubano veterano de Sierra Maestra, hombre de confianza del Che y que estará con él hasta el final. «El Che fue acusado por el discurso que había dado de Argel –cuenta Alarcón Ramírez–. Le decían que había habido indisciplina e irresponsabilidad, que había comprometido las relaciones cubano-soviéticas. Hubo una conversación muy fuerte entre él y Fidel. Raúl le gritaba al Che que se había vuelto trotskista, que quién le había metido esas ideas en la cabeza. El Che se paró, muy violento, como con ganas de trompearlo y le gritó varias veces ‘sos un estúpido’. Luego les dijo que todo era cierto, que aceptaba su responsabilidad, pero que ese era su modo de pensar y no podía cambiarlo. Que no esperasen ni una autocrítica pública ni una excusa privada a los soviéticos. Y con aquel humor argentino dijo que lo mejor era que él mismo se autocastigase: se iría a cortar caña. Al final, el Che salió disgustadísimo, con unos ataques de asma muy fuertes».
La revolución siempre, 3 de octubre de 1965
Cortó caña, estudió, se contactó con representantes de la guerrilla congoleña, planificó acciones, armó un grupo, se reunió con Fidel en varias oportunidades y escribió cartas. Le escribió a su madre, a su esposa, a sus hijos y a Fidel (ver recuadro «Carta de despedida»). Es decir: preparó su salida de Cuba hacia el mundo. Y el mundo no sabía dónde estaba, en realidad, Ernesto Guevara. La CIA tejía rumores según dónde los hacía correr: lo mató Fidel por sus tendencias chinas (para los países del bloque socialista), lo mató Fidel por sus tendencias soviéticas (para China). El FBI disparaba los suyos: el Che había escapado a Estados Unidos y vendido secretos de Estado cubano por diez millones de dólares. Nadie se quedaba atrás en los chimentos.
El Che, mientras tanto, trastabillaba en su experiencia revolucionaria en el Congo: era blanco en un país negro del cual desconocía la lengua y las costumbres. Todo era nuevo, todo debía aprenderse. Y el Che estaba solo en el aprendizaje. «La disciplina aquí es muy mala. La característica del Ejército Popular de Liberación era la de ser un ejército parásito, no trabajaba, no entrenaba, no luchaba. La revolución en el Congo estaba irremisiblemente condenada al fracaso debido a sus propias debilidades internas», escribe en su diario. Ese no es el país indicado. La derrota es grave.
Mientras tanto, en Cuba, un domingo 3 de octubre, Fidel, decidido a espantar los rumores sobre el Che, hace pública la carta. Guevara, fracasado en el Congo, se entera de la noticia y sabe que es irremediable: ya no podrá regresar a Cuba. Entonces escribe: «Mi responsabilidad es grande; no olvidaré la derrota ni sus más preciosas enseñanzas». El Che escribe y sale del Congo rumbo a Latinoamérica.
La Higuera, 9 de octubre de 1967
El día anterior, luego de varias horas de enfrentamiento con el ejército boliviano y algunos rangers norteamericanos, fue herido y detenido en la Quebrada del Yuro, Bolivia. Tiene un balazo incrustado en la pantorrilla, otro disparo le destrozó la ametralladora y lesionó su mano. Del grupo de 44 combatientes que entraron a territorio boliviano hace once meses sólo quedaban 17, y algunos más murieron en esa batalla. Simón Cuba, Willi, lo acompaña, lo sostiene cuando tres soldaditos, casi de casualidad, se topan con ellos y los encañonan con sus armas. «Â¡Carajo, este es el comandante Guevara y lo van a respetar!», les grita Willi y los soldados, sin dejar de apuntarles, aceptan.
A las siete y media de la tarde el Che entra al caserío de La Higuera y lo meten en una sala de la pequeñísima escuelita. El arma le quema el pecho. Habla con el capitán Gary Prado, el responsable del grupo que lo detuvo. Le explica por qué Bolivia, pero Prado no entiende, no puede ent
enderlo, y lo deja solo.
Afuera, el coronel Zenteno avisa la captura a La Paz y pide órdenes. Las preguntas parten de La Higuera, cruzan Vallegrande, llegan a La Paz, se retransmiten a los Estados Unidos y vuelven, convertidas en órdenes, en sentido inverso.
En el cuarto, el Che recibió una aspirina y un soldado le lavó la herida de la pierna con desinfectante. No tiene lápiz ni papel. Y entonces sabe que está solo, que nunca estuvo más solo.
A la mañana siguiente llega la orden: hay que matar a Guevara. Y la orden se cumple, con el suboficial Mario Terán como puño ejecutor a la 1 y 10 del mediodía. Después, otros oficiales rematan la tarea. El Che está muerto: el pelo revuelto, sucio, la barba enmarañada, con restos de sangre fresca y seca, los ojos cerrados. Rápido, los soldados lo atan al patín de un helicóptero para llevarlo hasta el pueblo de Vallegrande donde la prensa será anunciada de los hechos.
Llamativamente, después de depositarlo sobre las piletas de la lavandería del hospital donde van a entrar los fotógrafos, dos oficiales lo peinan, le emparejan la barba. En un acto que jamás comprenderán lo que significó para el mundo entero, le abren los ojos y permiten que esos ojos se disparen hacia el mundo, haciendo un mito de un hombre llamado Ernesto Guevara… Che. *
*Artículo extraído de la revista argentina «Veintitrés«.
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