Ningún uruguayo desapareció durante enfrentamientos armados o en actos preparatorios

No hubo guerra, fue una masacre

Dicen los historiadores (en alguien hay que creer) que lo más parecido a la verdad histórica es una estricta cronología. La reciente publicación de los nombres de los desaparecidos y la fecha en que ocurrió cada desaparición motiva a algunas reflexiones, si se las ubica en el preciso momento histórico en que ocurrieron los hechos. Veamos, entonces, en qué marco ocurrieron las desapariciones de los uruguayos en nuestro país y en Argentina.

Lunes 24 de abril de 2000 | 12:00
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Según la lista presentada por LA REPUBLICA el 19 de abril pasado fueron 29 (24 con fecha precisa sobre la última vez que se les vio con vida) los uruguayos desaparecidos en nuestro país. Si se los distribuye por ano tenemos el siguiente cuadro: en 1973 (1), en 1974 (1), en 1975 (7), en 1976 (5), en 1977 (4), en 1978 (2), ninguno en 1979 y 1980; entre 1981 y 1982 (4).

Durante 1973, ano del golpe de Estado, desapareció el joven Roberto Gomensoro quien estaba vinculado al MLN. En ese ano, el de la ruptura institucional, no hubo una sola acción de los tupamaros debido a que en 1972 ya se había producido su derrota militar. Antes del quiebre institucional hubo un solo muerto y fue el peón rural Oscar Mendieta, en un cuartel de Durazno.

En 1974 tampoco se conoce una sola acción guerrillera ni ningún tipo de violencia armada, e igual desaparece un compatriota. Los anos más duros son los dos siguientes (desaparecen 12 uruguayos entre 1975 y 1976), donde tampoco hay acciones armadas y a la vez coincide con el momento de mayor detenciones con las consiguientes sesiones de torturas y de muertes y de exiliados. Organismos internacionales calcularon en esos anos que había más de 5 mil presos políticos y unos 60 mil uruguayos habían sido detenidos, en distintas oportunidades, por razones políticas.

Son anos, también, donde el régimen cívico militar define su futuro institucional (en 1976 se debían realizar elecciones nacionales). El 4 de febrero de 1975 se conoce un documento secreto de la Comisión de Asuntos Políticos (Comaspo) de la Junta de Oficiales Generales donde se establece “dar continuidad al proceso iniciado por las Fuerzas Armadas”, suspender por 10 anos los derechos políticos de quienes fueron candidatos en las elecciones de 1966 y 1971 y “reafirmar, por la nueva Constitución, la prohibición de los partidos políticos que respondan al marxismo en cualquiera de sus tendencias y postulados”, entre otras consideraciones de similar tenor.

En diciembre del mismo ano el presidente Juan María Bordaberry (quien encabezó desde la Presidencia de la República el golpe de Estado de 1973) envió a la Junta de Oficiales Generales de las FFAA otro documento que mereció una respuesta del entonces ministro de Economía, Alejandro Végh Villegas.

En su respuesta el economista transcribió palabras de Bordaberry donde sostenía que “es imposible pensar en la realización de elecciones dentro del ano 1976″ a la vez que se proponía la desaparición de las dos viejas colectividades porque “constituyen sólo corrientes por las cuales se canaliza la ambición de poder de distintos hombres que, en esencia, piensan lo mismo”.

El 3 de febrero de 1976 la Conaspo volvió a reunirse resolviendo la “no realización de elecciones ni plebiscitos en 1976″ y el “mantenimiento de un sistema de gobierno cívico militar, con o sin renovación del actual titular”.

Luego de tires y aflojes entre el presidente de facto y la cúpula militar, el 9 de agosto de 1977 se realizó el cónclave de Santa Teresa con la participación del presidente Aparicio Méndez, el Consejo de Ministros y el Consejo de Seguridad Nacional donde se acordó realizar elecciones nacionales en noviembre de 1981 que recién se concertarían en 1984, con proscripciones, presos y exiliados, y establecer nuevas bases institucionales a partir de 1980.

En todo este período, ni en los documentos oficiales de la dictadura ni en la prensa de la época aparece un solo hecho de violencia protagonizado por la oposición semilegal o clandestina. Sólo en octubre de 1975 se capturan algunas armas pertenecientes al Partido Comunista, las cuales nunca fueron disparadas –ni antes ni después de esa fecha– contra ningún representante o funcionario del regimen cívico-militar. Tampoco se detuvo a ningún militante comunista en actos preparatorios o portando armas.

Entre 1976 y 1982 –en 1980 comenzó el proceso de reinstitucionalización del país– hay 15 desapariciones y ningún disparo que haya partido del lado de la oposición. En cambio en ese período, particularmente en 1977, se produjo una nueva purga de militares que buscaban una salida al empantanamiento del régimen: a) pase a retiro de casi un 70% de los capitanes de navío y otros oficiales; b) pase a retiro obligatorio, en setiembre de ese ano, de más de una veintena de coroneles del ejército.

En Argentina, los anos más duros para los uruguayos fueron entre 1976 (ano del golpe de Estado en ese país) y 1977, desapareciendo en esos dos anos 89 compatriotas de un total de 110 registrados por Madres y Familiares, tomando el período que va de 1974 a 1978. Anos en que la gran mayoría de la dirigencia de la izquierda uruguaya estaba presa, exiliada, muerta o desaparecida. El sector que recibe mayores golpes en Argentina es el Partido por la Victoria del Pueblo.

La guerra sin fecha de inicio Este rápido relacionamiento entre las fechas de las desapariciones y el paralelismo con los hechos políticos que se fueron sucediendo, permite asegurar que ninguna de las desapariciones (también hubo asesinatos) ocurrieron en el marco de enfrentamientos armados o fruto del enfrentamiento de dos ejércitos.

A su vez se puede sostener que la dictadura, en sus documentos internos, jamás manejó con datos concretos el peligro del resurgimiento de acciones armadas. En esos anos Buenos Aires, producto de la represión, había dejado de ser la base de operaciones del exilio y los próximos al territorio nacional se encontraban en Venezuela.

Todas la política de la dictadura estuvo piloteada por la construcción de un nuevo tipo de sociedad que rechazaba el pluralismo y la democracia e incluso, en un primer momento, ni aceptaba el resurgimiento controlado de las viejas colectividades políticas con otros dirigentes. A la tragedia, el telón de fondo se lo puso Bordaberry cuando declaró en esos anos al Washington Star: “Pocos pueden dudar hoy que en el mundo se está librando la Tercera Guerra Mundial”.

No hubo guerra, lo que hubo fue masacre. De la cacería ideológica se pasó a la cacería física. Como dijo Nicolás Cotugno el pasado viernes: “A los desaparecidos los torturaron, los mataron, los enterraron y no sabemos dónde están”.

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