
Las Fuerzas Armadas acusaron a los tupamaros del asesinato de Trabal, que de ser cierto constituirÃa la única acción militar de los guerrilleros que no se aclaró nunca, ni a través de testimonios arrancados por torturas o por delación. Todas, absolutamente todas las acciones tupamaras fueron aclaradas de una u otra forma, pero no su supuesta participación en la muerte de Trabal. Todos los máximos dirigentes tupamaros negaron cualquier vÃnculo con el hecho, y Eleuterio Fernández Huidobro acusó a la cúpula militar de la época por el crimen.
Elementos surgidos posteriormente acusan también a los propios militares del asesinato del ex jefe de inteligencia.
El coronel Trabal, al que se le negó su ascenso a general y pasó de un cargo de gran responsabilidad a ser agregado militar en Francia, participó indirectamente en las negociaciones con los tupamaros presos desde mediados de 1972 a marzo de 1973, y estuvo comprometido en una corriente de militares “peruanistas” que tuvo su mayor expresión en la redacción de los comunicados 4 y 7 de febrero de 1973 y que fracasó en su intento por negociar una salida polÃtica a la crisis institucional de entonces.
El coronel Ramón Trabal, agregado militar de la Embajada uruguaya en ParÃs, arribaba a su domicilio el 19 de diciembre de 1974 a las 13.10 horas. Como siempre, iba a estacionar su automóvil en el primer subsuelo del edificio en que vivÃa, en la avenida Recteur Poincaré Nº 15, cuando dos individuos le dispararon siete balazos calibre 7.65 mm a quemarropa.
Unos obreros en un edificio cercano, tras escuchar los disparos, vieron huir del lugar a dos personas jóvenes, de entre 20 y 30 años, y de “aspecto europeo”. Poco después una llamada anónima a la agencia France Press atribuÃa el crimen a una “Brigada Internacional Raúl Sendic”. La persona se comunicó en “perfecto francés”, dirÃa después quien recibió la llamada.
Para entonces, Sendic, lÃder de los tupamaros, se encontraba desde hacÃa poco más de un año como rehén de los militares –al igual que otros ocho dirigentes–, que habÃan amenazado con ejecutarlos apenas el MLN-T reiniciara acciones militares.
La información se divulgó rápidamente, y llegó a Montevideo y al gobierno a media mañana, cuando estaba sesionando el Consejo de Seguridad Nacional (Cosena), organismo que integraba al gabinete con los jefes militares. Trece años después, el entonces dictador, Juan MarÃa Bordaberry, relataba al historiador norteamericano Scott Myers: “Una mañana nos estábamos reuniendo con el Consejo de Seguridad Nacional, con los comandantes en jefes y los ministros, cuando mi secretario llegó con la noticia de que el coronel Trabal habÃa sido asesinado en ParÃs. Yo por lo tanto cancelé la sesión hasta la tarde. Todos nos sentÃamos muy apenados, ya que todo el mundo lo conocÃa. A la mañana siguiente, cuando me levanté, recibà la noticia de que en Soca habÃan encontrado cinco tupamaros muertos. HabÃan huido de Uruguay y estaban viviendo en Argentina. Esto francamente, en mi opinión, fue una acción del general Alvarez. Los tupamaros fueron trasladados desde Argentina siguiendo cierto tipo de acuerdo que creo existÃa. En represalia por la muerte de Trabal, los mataron”. (Testimonio publicado en el libro Los años oscursos 1967-1987 de Myers).
El mismo 19 de diciembre, apenas conocida la noticia, el Estado Mayor Conjunto se reunÃa improvisadamente para analizar la situación, según una nota publicada por el diario El PaÃs el 20 de diciembre de 1974. En esa reunión, trascendió tiempo después, se analizó la posibilidad de ejecutar a alguno de los rehenes, aunque finalmente se optó por fusilar a cinco de los tupamaros que habÃan sido secuestrados en Argentina y traÃdos a nuestro paÃs clandestinamente en el marco de la coordinación represiva de los ejércitos de la región. DÃas más tarde, en las exequias de Trabal, el canciller Juan Carlos Blanco intentaba acusar también a los tupamaros por la muerte de sus compañeros, rechazando la versión de que los fusilamientos en Soca hubieran sido una acción militar. No tuvimos una “reacción irracional y destemplada”, dijo en su discurso en el cementerio.
Aunque oficialmente el gobierno reaccionó con dureza y reclamó de Francia una rápida resolución del crimen, poco hizo para facilitar las cosas. El canciller Blanco citó al embajador de Francia para reclamarle por el hecho y protestar a su vez por la polÃtica de asilo polÃtico de ese gobierno, que hasta entonces habÃa admitido a cerca de 500 refugiados uruguayos. Para el gobierno de Bordaberry, Francia era otro santuario de terroristas. Sin embargo, después de esta protesta formal, la CancillerÃa olvidó instruir al embajador uruguayo en Francia para que mantuviera “presión” sobre las autoridades galas a efectos de resolver el crimen.
Después, versiones de prensa francesas señalaron que la Embajada uruguaya negó permiso al inspector de la policÃa francesa, a cargo de la investigación, Pierre Ottavioli, para que revisara los papeles personales de Trabal que pudieran arrojar alguna pista sobre el crimen.
DÃas después del crimen, el periódico peruano “Crónica” transcribe una nota del diario londinense “The Guardian” que tenÃa como tÃtulo: “Gobierno uruguayo habrÃa mandado asesinar a Trabal”. Un mes más tarde, el 25 de enero de 1975, el periodista británico Richard Gott escribÃa que se habÃa encontrado con Trabal y habÃan discutido sobre los cambios en Portugal y que éste le habÃa confesado estar dispuesto a aceptar una salida polÃtica de esas caracterÃsticas.
Años más tarde, en 1987, el periodista brasileño Neiva Moreira revelaba en un libro reportaje que le hiciera José Louzeiro que habÃa conversado con Trabal en Lima en 1973 y después habÃan mantenido contacto postal. Según Moreira, el jefe de los Servicios de Inteligencia de Uruguay estaba entusiasmado con la experiencia de los militares progresistas en Perú y aseguró que un intento de esas caracterÃsticas habÃa fracasado en Uruguay por “la traición del general Alvarez”. Explicó además cómo fracasó la conjura y la represión que estaban sufriendo los militares que habÃan participado en ella.
En su relato, Trabal recordó su participación en la redacción de los comunicados 4 y 7 de febrero de 1973 y el entusiasmo de algunos oficiales por emprender un camino nacionalista.
Relata Moreira en ese reportaje que su esposa, la periodista Beatriz Bissio, se encontró con Trabal en la sede del Esmaco cuando estaba preparando su viaje a Francia, y que el militar habrÃa asegurado: “El cerco contra mà se está cerrando. Me negaron el ascenso a general y efectivamente están decididos a sacarme del paÃs”, como un complemento del relato hecho en la entrevista en Lima.
Por otra parte, el cubano Manuel Hevia, en su libro “Pasaporte 333″, que recuerda su trabajo de infiltrado en la CIA y su estancia en Uruguay, hace mención a que el coronel Trabal habÃa caÃdo también en desgracia al impedir una maniobra fraudulenta en la compra de armas para la PolicÃa y que iba a beneficiar al altos jerarcas castrenses.
El rumor de que el asesinato de Trabal no habÃa sido obra de guerrilleros izquierdistas y que el fusilamiento de prisioneros en Soca fue una maniobra para encubrir el hecho, comenzó a trascender desde la prensa extranjera a todo el paÃs. El viernes 27 de diciembre de 1974, las Fuerzas Conjuntas hacen publicar en todos los diarios un comunicado que escuetamente asegura: “A fin de desvirtuar otras versiones internacionales falsas relat
ivas al asesinato del coronel Ramón Trabal, a las Fuerzas Conjuntas les interesa poner en conocimiento de la población que hasta ahora la única organización terrorista que se ha atribuido el crimen es la Brigada Internacional Raúl Sendic”. Por supuesto que la prensa uruguaya no informaba cuáles eran las versiones falsas.
Pero las acusaciones a las Fuerzas Armadas uruguayas por el crimen de Trabal y los asesinatos en Soca llegan al paÃs por las trasmisiones de radios internacionales. No llama entonces la atención que en los tres discursos oficiales en el Cementerio del Buceo contengan advertencias hacia “los traidores”. En el lenguaje militar de entonces, podÃa pensarse que los traidores eran los uruguayos que no compartÃan el régimen “cÃvico militar”, pero a la luz de los antecedentes de Trabal, y con el paso del tiempo, las advertencias parecen dirigidas a la interna militar.
El coronel Juan Carlos Cola Correa, inspector del arma de CaballerÃa, hizo un llamado: “Fuerzas Armadas, pueblo oriental, saquemos de nuestras filas a los traidores”. El coronel Calixto de Armas, director del Servicio de Información de Defensa, fue un poco más explÃcito: “A aquellos integrantes que abandonaron sus puestos, que sepan que han perdido el derecho a juzgar y ofenderÃamos la memoria de nuestros muertos si la comodidad, la indiferencia, la timidez o la cobardÃa tuvieran lugar en nuestras filas. Y si alguno albergara todavÃa la quimérica esperanza de una reversión en el proceso revolucionario en que nos encontramos, que abandone esa peregrina idea y por sà mismo busque otros horizontes. Preferimos un enemigo a nuestras espaldas que un traidor a nuestro lado”.
Finalmente, el canciller Blanco se sumó al planteo de De Armas: “Porque no habrá temor en ninguno de los hijos de esta tierra y el que sienta el sentimiento de la debilidad humana que se aparte, porque como se ha dicho preferimos enemigo a la espalda que un traidor entre nosotros”.
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