Bronca y desánimo campean entre la gente

Entre el frío y la desconfianza

«Fue una sorpresa, pero para los que no estamos endeudados en dólares no creo que pase mucho. Mi cuñado estaba pagando el apartamento en dólares y ahora no sé cómo va a hacer», dice Ernesto, un comerciante de 45 años. Pero el factor que más se deja ver a nivel de calle es la desconfianza. Mabel, una ferretera de 67 años, se pregunta «cómo se puede confiar en un Presidente que cambia las reglas de juego todo el tiempo. Primero te sacan la plata del bolsillo y después te tiran con esta especie de tablita. Sólo piensan en los pobres cuando se vienen las elecciones. Después se preguntan por qué la gente se va del país», sostiene.

En tanto, Mariana, una estudiante de Sicología de 28 años, afirma que «estas medidas se debieron tomar mucho antes, pero no de esta forma tan shockeante» Cuando se le pregunta sobre qué puede pasar en el futuro, supone que «me parece que lo van a aguantar un par de meses así para después volver a la normalidad».

Por su lado, otra estudiante de Sicología, pero de 25 años, supone que «va a favorecer a las exportaciones, pero creo que esto joroba a los que no tenemos un mango. Cuando sube el dólar sube todo y los que pagamos somos los que menos tenemos. Además, hay como un miedo instalado sobre que puedan instalar el corralito».

En un bar de esos que lenta pero inexorablemente tienden a la extinción, esos con los vidrios opacos por el humo y generalmente frecuentado por veteranos ya curtidos en esto de las inseguridades financieras, la situación tampoco es demasiado diferente. Juan tiene 50 años y está detrás de la barra. Para él la cosa es fácil de entender: «Nos mintieron de nuevo. Primero dijeron que podíamos confiar en que el dólar no subiría y ahora hacen esto. Lo bravo es para el que trabaja y gana en pesos pero tiene deudas en dólares, que es la mayoría», sostiene mientras se escucha la categórica frase de «se tiene que ir». Eso lo afirma otro Juan desde el fondo, franqueado por un par de amigos que hacen un gesto afirmativo con la cabeza, refiriéndose a Jorge Batlle. «Siempre hizo lo mismo, esto tiene olor a infidencia. Se tiene que ir, ya está. Yo soy jubilado y puedo asegurar que nos está hambreando. Ahora quieren eliminar los pagos en el BPS, seguro que para beneficiar a algún amigo», dice bastante enojado.

Afuera, enfrentándose al frío está Carlos, que con 18 de sus 43 años de vida tras el volante de un taxi, es también muy pesimista con lo que le toca vivir. «Esto ya no da para más, yo no tengo dólares, apenas saco noventa pesos por día en el tacho, pero uno percibe que la gente ya no da más, no aguanta más nada y esto significó el final para muchos», se queja.

En tanto, María, una escribana cuarentona, expresa toda su decepción con las medidas adoptadas. «No sé qué vamos a hacer los que tenemos deudas en dólares y con esto nos ponen contra la pared. Con mi marido decidimos comprar un apartamento y ahora no sabemos qué hacer. Tendrían que contemplar a los deudores en dólares, pero no creo, nos mienten demasiado», dice resignada.

«Yo no sé nada, sólo lo que pude ver en los informativos», reconoce Luis, un policía que con su ovejero alemán recorre 18 de Julio en tareas de prevención. Consultado sobre el clima que se vivía en la jornada del jueves, el oficial afirma que «se redobló la vigilancia por miedo a que pudiera pasar algo, había mucho nerviosismo en la gente».

Cerca de él, Manuel, un notorio hincha de Peñarol a juzgar por su gorro de lana, está de acuerdo con que el nerviosismo es palpable en los rostros de los transeúntes: «La gente está mal, se le ve en la cara. Acá todo el mundo está endeudado en dólares, es así de simple, me parece que esto mata a mucha gente de trabajo. Ahora dicen que va a beneficiar a los exportadores, pero que no se va a reflejar en los puestos de trabajo. ¿Entonces para qué sirve?», se pregunta.

Alguien que se bajaba de su auto alemán, le sugirió a este cronista que «hay que ser realista, esto debió hacerse mucho antes. El invento del atraso cambiario, algo que ya lleva demasiado tiempo en nuestra economía, fue destruyendo de a poco nuestro sistema productivo. Ahora me temo que sea tarde para la mayoría. Es difícil ver la solución a esto. Se percibe claramente una falta de brújula en quienes nos gobiernan. No sé qué va a pasar». Para este cardiólogo de 55 años las cosas también tienen su costado humorístico, aunque trágico: «Creo que voy a tener más pacientes», concluye.

Más allá de todo acto adivinatorio, el futuro es algo que se presenta difuso, casi que en todos los montevideanos. Algunos de ellos, como Luján y Andrés, dos recién egresados de Arquitectura, el exterior se presenta como lo único palpable. «Hay que irse, esto es una rosca y nada lo puede cambiar. Habría que preguntarse quién salió ganando con esta movida», sostienen casi a coro. El padre de ella, un jubilado bancario, va más allá y exige «que desde la izquierda se den señales un poco más claras. Esto no huele bien y la impresión de toda la gente es que entramos en un tobogán», sostiene. *

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