Una historia en común
* Los acontecimientos en la Argentina y en Uruguay han repercutido con frecuencia sobre la otra margen del Río de la Plata. Hubo conflictos desde 1810, pero siempre se encontró la manera de solucionarlos.
Los vínculos entre las dos bandas del Plata fueron muy fuertes desde antes de 1810, y se profundizaron aun más después de la creación del Estado oriental en 1828. Desde que Juan Manuel de Rosas se involucra abiertamente en la política del país vecino, apoyando a Oribe y a su Partido Blanco, cada hecho ocurrido en la Argentina o en el Uruguay repercutió necesariamente en el otro país.
Los colorados de Uruguay lucharon al lado de los unitarios argentinos y prolongaron su amistad con Bartolomé Mitre y con los liberales porteños. Años más tarde, los blancos de Aparicio Saravia y los radicales del caudillo Hipólito Yrigoyen mantuvieron una virtual alianza.
También hubo encontronazos, como no podía ser de otro modo tratándose de dos países con riberas comunes sobre el Río de la Plata. Estanislao Zeballos mantuvo la absurda y prepotente teoría de que la soberanía argentina sobre el estuario llegaba hasta donde llegaban sus aguas, con lo que una señora que se bañara en la playa montevideana de Pocitos estaría mojándose en aguas argentinas.
El presidente Agustín P. Justo rompió relaciones con el Uruguay por un breve lapso acusando al país vecino de complicidad con conspiradores de la Unión Cívica Radical. Y el presidente Juan Domingo Perón no dejó de incordar a los gobiernos de Montevideo cada vez que pudo, pensando que los «contras» argentinos hacían un baluarte en la tierra oriental.
Pero fue el mismo Perón, en su tercer mandato como presidente, quien firmó el tratado que estableció la jurisdicción de ambos países sobre el río común, así como el presidente Arturo Frondizi había promovido el instrumento que fijaba los límites en el río Uruguay.
Cualquier conflicto de la Argentina con el Uruguay es artificial, menor y solucionable. Como dijo Gabriel del Mazo cuando era embajador en Montevideo, «argentinos y orientales son un mismo pueblo expresado en dos naciones».
Ni el exabrupto de un Presidente, como sucedió esta vez con el uruguayo Jorge Batlle, ni un problema económico, ni siquiera un partido de fútbol pueden degradar o desgarrar nuestra comunidad de vivencias, afectos e intereses. Esta es una ley histórica que, Dios sea loado, no podrá violar nadie en ningún tiempo.
Félix Luna
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