En Montevideo, cuando se produjo el primer golpe de Estado del siglo
31 de marzo de 1933
La onda expansiva de los golpes de Estado, que entronizaron regímenes totalitarios en innumerables naciones del globo, ha llegado a la Suiza de América, cuyas instituciones democráticas sucumbieron hoy a la prepotencia conservadora.
Ya a partir de 1928 la solidez de la economía uruguaya comenzaba a exhibir signos de deterioro que hicieron decir a Martín C. Martínez: «Se acabaron los tiempos de superávit». Con este panorama, el reformismo batllista y su estatismo socializante empezaron a ser más severamente cuestionados por las clases conservadoras, al tiempo que la agitación social (luchas obreras duramente reprimidas por la policía) generaba un cierto estado de ánimo de temor ante el «peligro comunista».
Hace poco más de tres años se fundó el Comité de Vigilancia Económica (llamado «Comité del vintén») que agrupa a las «fuerzas vivas» nucleadas en la Federación Rural, la Unión Industrial del Uruguay y otras entidades empresariales que ven con alarma el «socialismo batllista». Entre otras medidas, estos grupos de presión reclamaban una reforma constitucional, la detención del estatismo, la disminución del gasto público y de la burocracia.
Elegido Presidente constitucional hace dos años, el doctor Terra se mostró incapaz de hallar soluciones a la crisis y es así que el descontento se ha generalizado en la sociedad. A los intentos revolucionarios de Nepomuceno y Villanueva Saravia hubo de sumarse la propuesta herrerista de una «marcha sobre Montevideo» (inspirada en la organizada por Mussolini hace algunos años) y la denuncia de una asonada comunista que sirvió para cerrar «Justicia» el órgano partidario y para promover un endurecimiento del Código Penal.
Según pudo saber nuestro corresponsal, el pasado 13 de enero el líder blanco Luis A. de Herrera presionaba al Presidente con estas palabras: «El cambio radical se impone; lo haces tú o lo hacemos nosotros». En el mismo sentido se manifestó tiempo después el líder del riverismo Pedro Manini Ríos. Estas reuniones generaron explicable alarma en el batllismo y el nacionalismo independiente, aunque un quiebre institucional era impensable todavía.
Los hechos, sin embargo, se desencadenaron en la tarde de ayer, cuando el doctor Terra envió un mensaje al Parlamento comunicando una serie de medidas extraordinarias que se adoptaban para «evitar los sabotajes, crímenes y desórdenes» que, según el Ejecutivo, se producirían en ocasión del acto político previsto para el próximo 8 de abril. Las medidas incluyen: censura previa de los órganos de prensa que atribuyan propósitos dictatoriales al Presidente; intervención de las cárceles; mantenimiento de los servicios esenciales en la capital (agua y luz); intervención policial de los servicios telefónicos y telegráficos.
Sintomáticamente, el Jefe de Estado y su gabinete se instalaron en el Cuartel de Bomberos con grandes medidas de seguridad. El estudio del mensaje presidencial en el Parlamento concluyó esta madrugada, cuando por 64 votos a 42, la Asamblea General exhortó a la Presidencia a «dejar de inmediato sin efecto las medidas tomadas en el día de ayer».
Era lo que tal vez esperaba Terra para proceder a la disolución del Consejo Nacional de Administración y del Parlamento. Legisladores y dirigentes políticos de la oposición fueron detenidos mientras otros lograban burlar la vigilancia policial y se refugiaron en sedes diplomáticas extranjeras.
El ex presidente Baltasar Brum, quien hasta hoy había ejercido la presidencia del Consejo Nacional de Administración, optó por resistir la orden de detención en su domicilio de la calle Río Negro. Allí, en mangas de camisa y sin cuello, con un revólver en cada mano y rodeado de amigos y correligionarios también armados, jugó durante varias horas una pulseada contra la prepotencia.
Al ver que la situación podía prolongarse indefinidamente, eligió el supremo sacrificio de inmolarse en defensa de la libertad y de las instituciones democráticas: sin que nadie pudiera impedirlo, caminó hasta el medio de la calle y se descerrajó un balazo en el pecho luego de gritar «Â¡Viva Batlle, viva la libertad!» Su suicidio lo convierte en la primera víctima de esta dictadura recién instaurada.
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