La Columna de Sherlock
El ingeniero Antmann está molesto (I)
Sherlock miraba con sorpresa y admiración la moderna estación de servicio que sustituyó a la vetusta que, por años, representó el sello Ancap en la plazoleta de avenida del Libertador entre Paysandú y Cerro Largo. Lentamente nuestro sabueso se acercó a la elegante confitería, admirando la espectacular y funcional arquitectura. «Qué cosas bellas se pueden hacer con tanta simpleza de líneas y materiales nobles», pensó, mientras ingresaba al local.
Fue cuando vio que en una de las mesas, mirando hacia la sede central del ente de los combustibles, estaba su presidente Jorge Sanguinetti. «Parece preocupado, debe estar pensando en hacer otro borrador de acuerdo con privados. Quizás tampoco le guste que el tema de la «asociación» se deba resolver enteramente en el Parlamento, comenzando a jugar un papel subalterno el Directorio que preside.
Fue en ese momento cuando nuestro sabueso advirtió que pasaba a su lado, como una exhalación Pedro Antmann, el reconocido técnico que ocupara durante el gobierno de Julio M. Sanguinetti importantes cargos, incluso la subsecretaría del Ministerio de Industria y Energía. Cuando el hombre vio al presidente de Ancap detuvo su marcha forzada (qué es su forma habitual de actuar) y trató de alejarse de la mesa en que estaba el jerarca.
-«No lo quiere saludar», se dijo nuestro sabueso.
Fue en ese momento que recordó una serie de hechos que le había relatado, algunas horas antes, uno de sus informantes. «Quizás esta actitud tenga que ver con esa situación», se preguntó Sherlock mientras que comenzó a reconstruir en su mente aquel diálogo.
—Sabe usted –decía el informante– que Sanguinetti le solicitó a Antmann la realización de un importante trabajo, calificado de «especial», que sería integrado a los planes de «asociación» del ente.
–Este hombre cobra mucho ¿verdad?
–De acuerdo con su nivel. Pero ocurre que el Directorio de Ancap, pese a que Sanguinetti lo había prometido, se negó a aprobar el gasto.
–¿Y cuánto era?
–Antmann quería cobrar 20 mil dólares, pero los directores blanco y forista dijeron que no y Sanguinetti se quedó con un cuarto de narices. Más bien colorado, pero de vergüenza por haber comprometido su palabra y encargado el trabajo que se hizo.
–¿Y Antmann?
–El ingeniero, por supuesto, está molesto con Sanguinetti. *
El ingeniero Antmann está molesto (II)
Sherlock se sentó a una mesa en el bello local que alberga la importante confitería que se inauguró junto a la flamante estación de servicio Ancap de avenida del Libertador, pidiendo un café.
Fue cuando una persona se acercó a la mesa del periodista. Nuestro sabueso reconoció a un alto funcionario del ente de los combustibles, vinculado a la gerencia, que portaba evidentes intenciones de pasar información.
–El ingeniero Antmann vive en disgusto en disgusto –dijo el hombre que casi sin saludar a nuestro sabueso, se puso a hablar.
–¿Por qué me dice tal cosa? respondió Sherlock.
–Es que el semanario Búsqueda le quiso hacer un «favor», con un reportaje que salió hace dos semanas y lo único que logró es que un grupo de gerentes de Ancap se enojara con él.
–¿Por qué razón?
–Es que en la contratapa de ese semanario se publicó un reportaje al ingeniero, con un título muy fuerte contrario al grupo de gerentes de Ancap, que parece estar fuera de contexto, pues la intención de Antmann no fue calificar a los mismos, sino más bien relatar una situación que, destacada como lo hizo Búsqueda, lo dejó en una situación incómoda.
–¿Incómoda?
–Antmann es una persona amable que, por supuesto, tiene sus ideas y las lleva adelante, pero sin buscar una confrontación abierta con nadie.
–¿Entonces?
–Ese título lo dejó desacomodado frente a los gerentes de Ancap con los que ha tenido siempre una relación muy directa.
–¿Y ahora?
–El ingeniero está bastante molesto con el semanario, especialmente al saber que uno de sus copropietarios es el empresario Pedro Baridón.
–¿Baridón?
–Quien manejaba monopólicamente con su empresa la distribución de los combustibles de Ancap.
–Ahhh. *
El chapuzón del ministro Lucio Cáceres
–El esfuerzo realizado por el Ministerio de Transporte y Obras Públicas en Rivera, cortando árboles, emparejando el terreno, cavando y colaborando en obras de infraestructura, fue muy grande, le decía a Sherlock uno de sus informantes con el que se había encontrado en la coqueta galería de arte que funciona en el edificio de esa secretaría de Estado, en la esquina de Rincón y Juan Carlos Gómez.
–¿De qué me habla?
–De la laguna que se inauguró hace algunos días en la ciudad norteña, que servirá para el esparcimiento de todos. ¿Usted sabe el calor que hace en Rivera durante el verano?
–Claro.
–Entonces hay que reconocer que la laguna es una obra importante para esa ciudad, pues permitirá que la gente se refresque.
–Claro. ¿Lucio le puso el hombro al proyecto?
–¡Se sintió identificado!
–No me diga.
–A tal punto que cuando se realizó la inauguración de la obra decidió no perderse nada, pero nada. Hablaría en el acto, trasmitiría sus ideas privatizadoras pero, además, se integraría a las celebraciones.
–No lo entiendo.
–A tal punto, que bajo su traje azul, el que usa para las ceremonias, se puso un short de baño, para darse él también un chapuzón refrescante.
–Y, ¿lo pudo hacer?
–Usted quiere todos los detalles, me va a preguntar hasta el color de su short.
–No, porque eso lo sé. ¡Era azul! *
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