"¡Si un solo soldado entra en mi casa, me mato!"
«Yo soy el capitán de navío Lebel. Abajo la dictadura», decía el cartel escrito por él mismo en una cartulina que el 27 de junio de 1973 colgó del balcón de la planta alta de su casa, en la calle 26 de Marzo. Colgó junto al cartel las banderas patria y de Artigas. Empuñó su pistola de reglamento y se dispuso a resistir a los dictadores. Aún hoy recuerda que pensaba en lo vertiginoso de la vida: hacía un rato que se había despertado. Encendió la radio. Se enteró del golpe. También se acuerda que mientras llenaba el cargador de la pistola, especulaba cuántos capitanes más estarían haciendo lo que él, comenzando la resistencia. Por momentos especulaba que más de cuarenta. En otros momentos, que era el único. El tiempo diría que se equivocaba en lo primero. Cuando aquella mañana llegó el primer patrullero, los policías miraban al uniformado en el balcón, atónitos. No entendían cómo el cartel decía lo contrario de lo que se suponía debía decir el balcón de cualquier militar ese día. Los vecinos sí entendían: empezaron a juntarse y, a una, entonaron el Himno. Los policías pidieron ayuda. Minutos después, los soldados de tres camiones, armados a guerra, se atrincheraban en los muritos de los jardines vecinos. Lebel les gritó desde el balcón: «Â¡Si un solo soldado entra en mi casa, me mato!
Y se encañonó la pistola en la sien. La tensión se hizo insoportable. El oficial del Ejército al mando del operativo entendía menos aún que los patrulleros que le precedieron. Tampoco estaba dispuesto a emprenderla así nomás contra un capitán naval, menos aún con tantos galones. Cinco horas pasaron antes que el comandante en jefe de la Armada hiciera retirar al Ejército. Aunque el comandante había sido compañero de clase, más aún, amigo, cuando le pidió al rebelde que le entregara el arma, Lebel se negó. Hubo un breve diálogo que concluyó con la admonición del comandante: «Te mandaré un vehículo militar con fusileros para detenerte. Adiós». A la noche lo condujeron como prisionero de guerra al destructor escolta «Artigas» que Lebel había comandado. A bordo escuchó con estupor que los camareros preparaban una fiesta a bordo: la despedida de soltero de otro marino. El marco del golpe de Estado en proceso hacía rocambolesco el festejo. Más en un buque de la Armada. Arrestado en un camarote, Lebel se presentó sorpresivamente en mitad de la fiesta y brindó por el festejante. Pidió la palabra y brindó después «por la Constitución, conculcada por la canalla». Brindó también «por tiempos que serán de democracia y de libertad». Con sendos: «Â¡Viva el Uruguay. Viva la Armada!», estrelló su vaso contra un mamparo y regresó al camarote. Minutos después, una escolta militar lo conducía a tierra. Conducido ante el almirante Márquez, uno de los contrabandistas que más rápidamente se enriqueció con la dictadura, y que llegaría a comandante de la Armada, lo esposan. Arrestado en la Escuela Naval, Lebel escribe días después de su detención: «En uso de mis facultades mentales y razones declaro que no me alimentaré en protesta por la conculcación de los derechos constitucionales». Su huelga de hambre lo llevó al borde de la muerte. Dejado en libertad pero repudiado por sus mandos, en 1977 un decreto de la dictadura lo dejó fuera de filas. Tenía 52 años. Debió volver a empezar, desde el escalafón más bajo de la marina mercante. Llegó a capitán de ultramar. Hace apenas unas semanas, el Parlamento Nacional le devolvió carrera y grados al ahora contralmirante. La dignidad no se la devolvieron. Jamás la perdió. *
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