Oscar Lebel: "Batlle se ganó el cielo cuando creó la Comisión para la Paz"
DANIEL MARTINEZ SOTO
Aunque nació en 1925, apenas se da tregua, mientras el cronista busca apaciguar tanto ímpetu. Lo justifica asegurando que cumple «terapia ocupacional». En el escritorio, planos navales en desarrollo, resúmenes de textos, papeles alineados hablan del ajetreo. Espera, en días más, presentar su libro («Los cuentos del viejo Günter. Entre la tierra y el mar»), donde además de memorias y recuerdos «para mis nietos», los editores Antonio Ladra y Pedro Cribari le pidieron incluir su acto de resistencia. El que lo hizo conocido.
Oscar Lebel, contralmirante de la Armada, capitán de Ultramar, perito naval es además hoy un referente válido de la actualidad nacional más evolucionada: sus afirmaciones suelen incomodar al sector más anquilosado de los militares.
«Si a mí me hubieran secuestrado un hijo, yo también andaría con la pancarta», parafrasea a Enrique Tarigo, al explicar su visión como militar del creciente pedido de justicia en nuestra sociedad.
«Es que el tema militar, por no ser debidamente explicitado, y esta es una asignatura pendiente, seguirá siendo un tema de rechazo», cree.
Reconoce haber defendido a las Fuerzas Armadas «en todos los foros», pero niega pertenecer a algún corporativismo castrense. «No me gusta eso de ‘la gran familia militar’. Tampoco lo entiendo. Si la hija de un oficial se casa con un almacenero, ¿a dónde van sus lealtades. A la ‘gran familia militar’, o a Cambadu?».
Aunque no prioriza su condición marinera, la reconoce como única: «El haber navegado juntos hermana a dos viejos marinos con lazos más fuertes que los de la sangre».
Se considera tan militar como marino, «pero en una institución castrense al servicio del país y no a la inversa. Cuando así fue, entre el 73 y el 84, todo fue para mal. Para los civiles, porque fueron reprimidos en sus derechos. Para los militares, porque, so pretexto de pacificar, violentaron las instituciones y su propio juramento de respeto a la Carta Magna, prefiriendo en lugar del criollo hornero al rapaz cóndor, como lo acaban de develar los documentos desclasificados por el Departamento de Estado de los Estados Unidos».
De la «guerra sucia»
Afirma que la defensa de la «guerra sucia» ha sido «a contra pelo de la historia, hecha por directivos del Centro y Círculo militares, y no del Club Naval. Que eso quede bien claro. Son melancolías de nostalgiosos, empeñados en socializar pretéritas responsabilidades no asumidas».
Se opone a la Ley de Caducidad, «no porque no fuera una herramienta constitucionalmente lícita, sino porque obligaba y obligó a que se reconociera la calidad de delincuente».
Efectivamente, la Ley caducó la pretensión punitiva del Estado «a los delitos cometidos por los militares». Para Lebel, «quien comete un delito es un delincuente. No lo es el soldado si mata en combate. Pero sí, si viola a una prisionera».
En cuanto a la actualidad, interpreta que las Fuerzas Armadas sirven al país «a cabalidad, dentro de su territorio y fuera de él».
De la Comisión para la Paz, cree que «Jorge Batlle se ganó el cielo cuando, contra viento y marea, la creó. Y la comisión ganó el paraíso cuando produjo el informe de los 15 desaparecidos ‘muertos en la tortura’, como reza con dramática sencillez el comunicado oficial». *
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