La columna de Sherlock
Vidalín y el «escrache» de las patentes
La plaza de la ciudad de Durazno, esa tarde, invitaba a caminar amparado en la sobra de los añosos plátanos. Y así lo hizo el intendente Carmelo Vidalín que, lentamente, paseaba por la zona, felicitándose de la belleza de la catedral, producto de la inventiva arquitectónica de Eladio Dieste y, haciendo cruz con ella, el Museo Rivera, que funciona en la casa del prócer colorado que además de mostrar objetos históricos se ha convertido en un centro cultural por excelencia.
Lo único que le sorprendió al intendente fue observar una cantidad nada usual de vehículos empadronados en el vecino departamento de Flores.
–¿Qué es esto? –se preguntó.
De inmediato tomó su teléfono celular, marcó el número del departamento de tránsito y ordenó: «Por favor averígüenme qué hacen tantos vehículos de Flores. Pídanle la documentación a los propietarios y tomen los datos. Pero –exigió– háganlo con la mayor amabilidad».
Vidalín luego de ello se sentó a esperar la realización del operativo. Una camioneta de la Intendencia llegó con algunos inspectores de tránsito que, de inmediato, comenzaron a cumplir con lo ordenado por el intendente.
Luego de más de media hora de tarea, Vidalín que tomaba una cerveza en una confitería, se dijo: «Misión cumplida».
Al rato tomó nuevamente su teléfono, marcó los números de la dirección de tránsito y consultó sobre lo ocurrido.
Su interlocutor telefónico le respondió: «Son todos vehículos matriculados en Flores legalmente, no existen irregularidades. Lo único sorprendente es que para el trámite la mayoría de los propietarios figuran con la misma dirección».
–¿La misma dirección? ¿Averiguaron más?
–Por supuesto, buscamos en la guía y llamamos al lugar.
–¿Y que era? -consultó Vidalín.
–El estudio jurídico de los hermanos Mazzullo.
El intendente apagó su celular, obló la consumición de la cerveza y, con las manos en los bolsillos, comenzó a caminar hacia su casa. Sus ojos miraban el suelo y su cara se movía acompasadamente de izquierda a derecha.
«Cartón lleno», seguramente habrá pensado. *
Cuando se vende hasta el esqueleto
–Recuerda a Dominique Lapierre, el escritor y autor de «La ciudad de la alegría», novela en donde uno de sus principales personajes, acosado por la miseria, vende su esqueleto.
–¡En vida!
–Claro, si no hubiera sido una comercialización extraña… algo mística ¿Lo recuerda?
–Y que los acreedores lo persiguen por la ciudad de Bhopal para cobrar su deuda. Claro que recuerdo esa novela, una tragicomedia, que sirvió para mostrar la más degradante miseria y a las cosas que debe llegar el hombre para sobrevivir. ¿A qué viene esta referencia?
–A un hecho que se está dando entre nosotros.
–¿De venta de esqueletos?
–Todavía no se llegó a ello, porque quizás no existan compradores… Pero sí, hay gente que vende su sangre, a 300 pesos las unidades que le extraigan.
–¿A tanto hemos llegado?
–Sí, este es el país que nos han dejado los Sanguinetti y los Lacalle, con 750 mil personas con problemas de empleo, 250 mil viviendo en desocupación abierta.
–No me repita más pálidas, hay que pensar un poco en la final con Australia.
–Le doy un último dato: en el país hay más de 142 mil personas en pobreza extrema a las que hay que sumarle casi 40 mil que están en la indigencia.
–¿Qué me quiere decir?
–Qué es bueno que conozca estos datos para no sorprenderse cuando se sepa que alguien vendió su esqueleto. Hoy, simplemente, venden su sangre a 300 pesos.*
Una de cal y otra de arena
—Qué lío con la acciones que inició la Intendencia para lograr el empadronamiento en Montevideo de los vehículos con matrículas del Interior de propietarios que viven aquí.
–Sí, han caído justos por pecadores –dijo Sherlock a una señora que lo había reconocido e increpado por la acción de los inspectores de tránsito.
–Las medidas, tan drásticas, sólo pueden haber sido ideadas por algún burócrata que piensa que tiene derecho de atentar contra los demás impunemente. Yo vivo en Las Piedras –siguió la señora– y ya me perdí horas y horas explicando a los «zorros» que mi vehículo está bien empadronado, que no le estoy robando recaudación a nadie.
–¿Cómo horas y horas?
–Cuando me pararon les mostré la credencial, un recibo de luz y hasta un acta notarial que probaban mi domicilio.
–¿Y?
–Me mandaron a hacer una cola a la Intendencia para que me dieran un papel que me autoriza a circular durante un año. Pero salí de allí y me pararon de nuevo. Les mostré el papel que me habían dado y lo miraron con desconfianza. Al otro día en la circunvalación del Palacio Legislativo me pasó lo mismo.
–¡Exceso de celo! –respondió Sherlock– Obviamente que se debe buscar una solución para no molestar a la gente de esta forma. Pero le recuerdo algo que es importante.
–¿Qué puede ser? Ya no creo en nada, luego de lo del cepo…
–Le digo que las administraciones blancas y coloradas de la IMM daban ocho días de estadía a los autos del Interior en Montevideo. Luego de ello, para seguir circulando por la capital debían sacar un permiso pagando una parte de la patente.
–¿Eso ocurría?
–Esa era la norma.*
Cifras de un derrumbe
Sherlock transitaba por la calle Rincón a la hora de la máxima actividad bancaria, cuando observó que delante de él caminaba a paso ligero un conocido escribano, viejo conocedor de los negocios inmobiliarios. Nuestro sabueso apuró el paso y al ponerse a la par del hombre, este se sorprendió y dijo:
–Justamente, quería hablar con usted por unos datos publicados en su columna.
–¿Cuáles?
–Usted mencionó a un banco oficial que ha perdido, desde 1999 a la fecha, el 40 por ciento de su patrimonio, pero no dio la cifra que ello significó y que hace pensar que esa institución requiere una inmediata reforma.
–Es que la cifra en dólares de pérdida de patrimonio no la tenía confirmada… –explicó nuestro sabueso.
–Yo se la puedo dar. Esa pérdida del patrimonio significa, ni más ni menos, 672 millones de dólares.
–Además usted manejó otro dato no ajustado.
–¿Cuál? –dijo Sherlock, ya con escozor por las correcciones recibidas del conocido escribano.
–La pérdida de patrimonio fue del 47 por ciento y no, como dijo usted, del 40.
–¿Y qué soluciones puede haber para esta situación?
–Obviamente –siguió el hombre– una reforma del sistema financiero oficial, con un redimencionamiento de funciones, que se debería implementar de inmediato.
–¿Y si no se hace?
–El desastre está a la vuelta de la esquina.
Justamente, estábamos llegando a Misiones.*
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