Cultelli: "El MLN tenía un cierto apoyo popular pero muy atado con alfileres"
DANIEL MARTINEZ SOTO
Andrés Cultelli intenta que las gentes del barrio más pobre de La Coronilla, a escaso un quilómetro del otrora balneario de lujo rochense, encuentren formas para salir de su miseria. Pero también allí, en rancho de paja, escribe. Cree que sus tiempos de escritura son tardíos. «Debería haber empezado diez años antes. El tiempo corre de otra manera», asegura.
A sus recién cumplidos ochenta años Andrés Cultelli está empeñado en una actividad casi febril.
«Ahora resulta que me postularon en las elecciones de la Unión de Jubilados y Pensionistas de Colón y adyacencias. ¡Tengo ochenta años! Pero tampoco puedo negarme, porque es una obra en la que hay cosas importantes que no deben dejarse descuidadas».
Como si fuera poco debe trabajar en Unión, el órgano de prensa de la Unión de Jubilados, que dirige y donde escribe desde el primer número. Y lleva más de cien.
El primer tupamaro octogenario, fue protagonista clave de hechos que hicieron conocer al MLN más allá de fronteras. Hoy mira hacia atrás y ve «que no nos preparamos lo suficiente para la cosa. A que había muchos otros problemas que resolver. A que subestimamos al enemigo. A que magnificamos nuestra posibilidad de vencer».
Cultelli ratifica su ideal, pero reconoce que «no formamos a la gente con la exigencia que impone desde el punto de vista técnico y militar el combate. eso es algo muy serio. No es cuestión de tomar las armas y salir corriendo a los tiros. Era algo mucho más difícil».
Cree aún el principio marxista de que «la revolución se hace con las masas» y apunta que «el MLN, tenía un cierto apoyo popular, pero muy atado con alfileres. Hubiéramos necesitado otra cosa».
Lo falso del idílico Montevideo
Algo de todo ello se perfilaba ya en este hijo de un sastre anarquista el que, luego de perder una huelga entró en la lista negra de la que lo salvó sólo la emigración al interior: a Aiguá primero, a Velázquez después, donde los ricos estancieros amaban hacerse ropa de medida.
Andrés leía ya muy joven los libros de su padre. Bakunin y Malatesta le abrieron el espíritu. La tierra se lo templó. Cortó maíz, carpió, levantó boniato, cosechó arroz «amargo», con hoz, en jornadas de catorce horas, en los fangales infestados de sanguijuelas. Así llegó a Montevideo en camión, entreverado con las bolsas de arroz.
«Dormí entre los pastos, donde estaban los vagones de la Estación central del tren. A veces dormí en la calle. Cuando se habla de lo idílico que era el Montevideo de los años 30´ a mi me asombra», recuerda.
En el pequeño estudio, que construyó en el jardín de su casa en la calle Chuy, hilvana memorias con presentes rodeado de estanterías de libros que le anticiparon realidades.
«Pero no creí ver lo que vimos todos. Ahora mire usted a Bush, a los americanos defendiendo a manotazos la estrategia que dicen tener. Buscando la guerra para degollar gente sin juicio previo. Ninguna garantía. Buscando pasar todo por el ras», mira las flores del jardín al sol del mediodía. «Desde el punto de vista de los servicios: un fracaso total –intenta disimular la sonrisa–, el Pentágono, todos los generales, la gente formada en distintas guerras, se han quedado sin los más capaces. Pero claro –se pone serio, triste más bien– la guerra cambiará cosas que aún no podemos anticipar».
Se hace camino al andar
Cultelli joven quería «ilustrarse» a toda costa. Estudiaba en el IAVA nocturno, mientras militó en los sindicatos de los trabajos que conseguía. Llegaría a sustituir a Sendic en la UTAA.
Se afilia al Partido Socialista. Fue secretario de Emilio Frugoni. Pero se aleja cuando Vivian Trías, en una polémica hoy histórica, pauta la posibilidad de un socialismo tercermundista. Las revoluciones cubana y argelina, mostraban que la lucha armada, era posible.
Con Manera y Sendic, convergen en el MLN. «Como combatiente fui un fracaso» afirma, aunque muchos lo sindican como el cerebro de la fuga de la Cárcel de Mujeres. Rescata «la honestidad, la austeridad en que nos manejábamos. Raúl Sendic era todo un ejemplo».
Después de un año preso en Punta Carretas es liberado y viaja a Chile. Se le encomienda denunciar en Europa la tortura y las matanzas. Con líderes europeos funda algunos de los Comités de Defensa de los Derechos Humanos en Uruguay.
Vuelto a Chile, asesora al gobierno de Allende, pero no se queda a esperar su caída. Continúa su lucha en Buenos Aires; cae y se le declara «desaparecido». Zelmar Michelini se entera y mueve cielo y tierra hasta que lo hacen «aparecer» detenido en el penal de Sierra Chica.
«Al flaco Michelini le debo la vida. Jamás bajó los brazos, ni sucumbió a las tentaciones de la burguesía. Hoy me parece hasta más lógico que el estuviera hablando de mí, recordándome, que yo a él. Pero así son las cosas», reflexiona sin disimular la desazón.
Enviado a la cárcel de Trelew, en el sur argentino, el Partido Socialista de Austria se preocupa de su destino. Recobra la libertad en 1980, viaja a Austria. Vuelve a Uruguay en 1985″.
Y desde entonces no ha parado.
«Ahora estoy más preocupado como jamás –confiesa– Es que estos bárbaros no trepidan en usar la bomba atómica. Y además la técnica no resuelve el tema fundamental de la guerra: la presencia del hombre. Y aunque el hombre sea excluido, sea pobre, miserable, allá en las montañas, o con otras cosas que ni se piensan, todavía pueden doblegar a la técnica». *
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