La columna de Sherlock

Las decisiones de Faracchio

–Al secretario Mario Faracchio algunos funcionarios todavía le rinden pleitesía en el Senado, pero otros, lo más, tienen reservas sobre su persona. ¡Es que sigue actuando como el «dueño» del Senado!

–¿Por qué dice eso?, preguntó Sherlock, sorprendido por la virulencia con que se expresaba su informante.

–Es que Faracchio, durante muchos años estuvo siempre amparado por el poder. En la legislatura anterior el otro secretario estaba sumido en una especie de depresión, pues no cortaba ni pinchaba. Todo lo dominaba Faracchio, además, es hombre del Foro.

–¿Las cosas cambiaron?

–Claro, en esta legislatura, el otro secretario es el arquitecto Hugo Rodríguez Filippini, hombre del Partido Socialista, que además tiene bajo su responsabilidad el área administrativa.

–¿Y?

–Le puedo decir que Faracchio sigue igual que antes, tratando de manejar todo. Fíjese el lío que armó porque Rodríguez Filippini, en el marco de sus funciones, ordenó que los funcionarios Martín Secco y Gustavo Seijas volvieran a revistar en sus oficinas respectivas.

–¿Martín Secco y Gustavo Seijas?

–El primero actúa como asesor del presidente de la ANEP mediante un contrato de obra, pero a la vez estaba en comisión con el diputado Alejo Fernández Chaves.

–¿Cobraba por los dos lados?

–Eso no lo sé. El caso de Seijas es distinto, pues estaba en comisión con el senador Correa Freitas y éste resolvió prescindir del funcionario.

–¿Y qué pasó?

–Que Faracchio desconoció la resolución de servicio de Rodríguez Filippini. En la orden que le dio al director general administrativo dijo cosas duras y amenazantes. Afirmó que se había enterado por casualidad del oficio firmado por Rodríguez Filippini y refrendado por Luis Hierro López en que se disponía que los funcionarios Martín Secco y Gustavo Seijas debían reintegrarse de inmediato a sus «oficinas de origen», por lo que había dispuesto anular dicha orden.

–¡Qué violencia! Le pasaba por arriba al otro secretario y al propio presidente del Senado.

–También anunció rayos y centellas contra una funcionaria que debía acatar una orden verbal de Faracchio.

–¿Y qué más?

–Parece que Faracchio dijo, además, que los casos de Secco y Seijas están solucionados, ya que el primero estaría prestando funciones en el departamento de Relaciones Internacionales y el segundo, a sus órdenes en la Secretaría.

–Y… ¿Eso es así?

–Pero mi amigo, usted quiere que yo le diga cómo hacer su labor. Lo único que tiene que hacer es preguntar en esos lugares si están los funcionarios. ¿Cuándo vienen a trabajar, qué horarios cumplen, cuáles son sus tareas? Después me dice…

–Bueno…*

Dificultades para el pipí

Quién ingresé al Palacio Legislativo por la puerta que da a la Avenida Daniel Fernández Crespo –como hizo Sherlock ayer por la mañana– escuchará los golpes de las masas con que los obreros están refaccionando el baño de mujeres existente en la planta baja, por el primer corredor yendo hacia la derecha. Nuestro sabueso sabía de las múltiples protestas planteadas por senadoras, secretarias e integrantes del personal femenino, por las pequeñas dimensiones del «servicio», la existencia de un solo «excusado» con inodoro y el mal funcionamiento de la cisterna respectiva.

–Usted vio –le dijo una secretaria, entre indignada y molesta, a nuestro sabueso– siempre teníamos que utilizar un balde, lo que es una vergüenza.

–Qué, ¿la cisterna estaba rota?

–No sé, lo que pasaba, en realidad, es que no cargaba con suficiente rapidez.

La mujer contó (vaya intimidad) que cuando ella tenía que cumplimentar alguna «necesidad» en ese lugar siempre abría la canilla para llenar el balde. «no fuera cosa que la cisterna estuviera vacía. ¡Qué vergüenza!

Al principio de esta legislatura, ante la «crisis» del baño de las mujeres, la senadora socialista Mónica Xavier –según supo Sherlock– impulsó una recolección de firmas a la que adhirieron legisladoras, secretarias y funcionarias, todas contestes que el problema debía ser resuelto.

Ahora, a dos años y medio de esa gestión, se iniciaron las obras. El martilleo las anuncia y, según los servicios respectivos del Palacio, las reformas «serán un lujo».

–¡No crea todo lo que oye!, le dijo a Sherlock una funcionaria consultada especialmente.

–¿Por qué?

–Van a hacer el baño a nuevo, pero se mantendrá un solo excusado, que es insuficiente para toda la población femenina de esta parte del Palacio. Igual que ahora se tendrá que hacer cola para poder usar el inodoro. Quizás funcione mejor la cisterna, solucionándose la enormidad del balde, pero el problema central se mantendrá.

–Pero… me dijeron, ¡van a poner otra pileta!

–Sí, dos piletas, pero un solo inodoro. Los problemas para hacer «pipí» continuarán. Además se dice que el baño de mujeres de la otra ala será cerrado para llevar allí a la cantina.

–¿Entonces?

–Si usted cuenta verá que en el Palacio hay tantas mujeres como hombres, pero no la misma cantidad de baños, ¿qué conclusión saca?

–¿Qué existe una discriminación de género?

–Usted llámelo como quiera.*

Control de los gastos en el Estado

El auditor general de la Nación, Gustavo Mastroianni, reclamó públicamente medidas legales que autoricen a los organismos de contralor y, en especial, a la Auditoría de la Nación, a tener un mayor control sobre los gastos del Estado. «Es impensable lo que ocurre en la actualidad, ya que podemos auditar cada cinco años, al fin de una gestión».

Recordemos que el otro organismo de contralor, el Tribunal de Cuentas, recibe de año en año las rendiciones de cuentas, pero las observaciones que realiza sobre las mismas, o sobre otras gestiones de los organismos públicos, son elevadas para la consideración de la Asamblea General.

–¿Usted sabe lo que ocurre con ello, amigo periodista?, le dijo un informante a Sherlock.

–¿Más o menos?

–Que desde el año 98 hasta la fecha ninguna observación, y son más de tres mil, fue analizada por la Asamblea General.

–¿Habría que conocer la razón?

–La razón está en la conformación política del Parlamento, en vicios provenientes de un funcionamiento impropio, en venalidades y, quizás, en dejar pasar lo que hacen jerarcas que a la vez son integrantes de los mismos partidos que comparten el gobierno.

–Por ello se hacen las cosas tan mal…

–¡Claro!.*

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