Neoliberales y progresistas coinciden: se deben garantizar ingresos mínimos
En este encuentro, organizado por el PIT-CNT y auspiciado por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), Jorge Mesa (integrante de la dirección del gremio de la construcción), sostuvo que «a pesar de las angustias y dramas humanos que hoy se viven los uruguayos no debemos involucrarnos». Por ello, explicó, es fundamental que se generen ámbitos de discusión e intercambio de opiniones como este seminario. «Más allá de que al exponer nuestras ideas se nos cuestione». Lo importante es que se genere la discusión.
Destacó el sindicalista que deben prevalecer los objetivos sociales sobre los económicos. Agregó que el país hoy no tiene, básicamente, un problema de empleo y sí de trabajo. Explicó que el empleo es aceptar cualquier cosa y el trabajo, sin embargo, le permite al individuo aplicar su capacidad e intelecto en el desarrollo del mismo. Por ello, «el trabajo es la condición básica de la vida humana».
Más adelante señaló que hoy se cuestiona el trabajo porque se lo asocia a la precarización y la informalidad. Pero, el problema no es el trabajo, sino las actuales formas sociales de organización que se le da al mismo.
El «tripalium»
Pablo Guerra, sociólogo y profesor de sociología del trabajo en la Universidad de la República, recordó que a mediados de los ’90 comenzó a discutirse teóricamente sobre la centralidad del trabajo a partir, fundamentalmente, del libro El fin del trabajo de Rifkin. Publicación que presentaba un postura catastrófica del futuro laboral.
Sostuvo el docente que hoy está claro que no divide y existe coincidencia entre neoliberales y progresistas de que se deben garantizar ingresos mínimos a todos los ciudadanos. Las discrepancias surgen a la hora de llevar adelante esta propuesta. Una de las ideas que se impulsan es asegurar estos ingresos a partir de una ocupación laboral. Y es aquí donde surgen las diferencias.
El investigador en otra parte de su exposición historió que el trabajo entendido en su raíz etimológica es algo torturante y desagradable. «Recordemos la raíz francesa del término, que proviene del tripalium, herramienta de tortura muy común en la antigüedad. Esta visión da origen a una perspectiva peyorativa hacia el trabajo, sobre todo en sociedades con apreciable división de clases, como fue el caso de la civilización helénica, portadora del valor socrático de la autarquía».
También se refirió a que el trabajo fue catalogado como «un castigo divino. Esta visión en nuestra cultura occidental deriva del libro del Génesis –comerás el pan con el sudor de tu frente–, luego recogida por el Talmud y antes, también, por Hesíodo en «Los trabajos y los días». Desde este punto de vista el trabajo no es bueno en sí mismo sino sólo como medio para expiar los pecados. A pesar de la evolución de la teología no cabe duda acerca del peso que esta lectura ha tenido en numerosos contextos sociales».
Más adelante Guerra señala que el modelo de empleo asalariado típico se encuentra en crisis en todo el mundo. Los datos de la OIT y de Cepal de los últimos años indican, por ejemplo, que entre el 70% y 100% de los nuevos puestos de trabajo creados en América Latina no cumplen con los dictados del empleo asalariado típico. A eso se suma un porcentaje de desempleo en nuestros mercados de trabajo continuamente en alza en los últimos años, que obliga necesariamente a pensar en categorías de análisis distintas a las que predominaron en su momento».
Agregó que para los sociólogos hay una consecuencia mayor: la pérdida de centralidad de la figura salarial condujo al avance de las nuevas formas de exclusión social. Si nuestra sociedad contemporánea desplazó a la familia y a la comunidad como fuentes de estatus social y elevó a su vez la condición de asalariado que, de la mano de las fuerzas sindicales y las políticas públicas permitió una especie de integración subordinada, pero integración al fin al sistema capitalista, ahora la pregunta es cómo lograr la inclusión, conforme se deteriora la figura del asalariado.
Finalmente el expositor señaló que la complejidad del mundo en que vivimos y la angustia de grandes mayorías, con 120 millones de desempleados y 1.300 millones de trabajadores con ingresos inferiores al dólar diario, deberían «invitarnos a pensar soluciones creativas». *
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