ALCA: una negociación entre fuerzas desiguales

Dentro de este cuadro se ha comenzado a negociar el ALCA. Al comienzo, como el plazo se veía lejano, casi nadie se preocupó. Hoy, cuando nos aproximamos a él, ha empezado a tomar cuerpo la angustia por todas partes. ¿Estamos preparados? ¿Cuáles serán las verdaderas consecuencias de lo que vamos a acordar?

Actualmente sólo podemos responder en modo preliminar a estas interrogantes fundamentales. En este sentido, la integración económica reconoce cinco etapas bien precisas, a saber:

– Los tratados preferenciales de comercio (que implican fundamentalmente disminución de aranceles entre países miembros).

– El área de libre comercio (donde se eliminan aranceles entre las naciones del bloque comercial que se crea).

– La unión aduanera (que agrega aranceles externos comunes).

– El mercado común (que añade la libre circulación de los factores productivos, especialmente mano de obra y capitales).

– La unión económica (que culmina organizando la coordinación de las políticas macroeconómicas,un sistema monetario común y la moneda común).

Dentro de este esquema, podemos afirmar que estamos ante una forma restringida de integración comercial, pues el ALCA, tal como ha sido planteado y está siendo negociado, se refiere solamente y en el mejor de los casos a las dos primeras etapas referidas.

En suma, estamos ante un proyecto concreto, específico y, por su alcance, pragmático. Si el enfoque hubiese sido más ambicioso, se habrían planteado a la negociación proposiciones para establecer libertades no condicionadas al comercio, a la movilización de capitales y, muy especialmente, al movimiento de trabajadores. Y eso no se hizo y, seguramente, no se va a hacer.

Pese a lo dicho, cabe afirmar también que el ALCA no es un fin a alcanzar, sino un instrumento que debe servir al desarrollo de las sociedades nacionales que lo van a integrar y a mejorar el nivel de vida de los sectores más necesitados y pobres.

A partir de estas primeras premisas, todas tendientes a situar el ámbito global de la negociación en curso, debemos referirnos ahora a dos aspectos claves para una evaluación: el de los potenciales riesgos y el de las posibles ventajas del ALCA para América Latina y el Caribe.

Cuatro parecen ser los riesgos potenciales más relevantes:

– Reducir el alcance del ALCA, subordinando estructuralmente a nuestra región a la sola exportación de productos ornamentales, bienes sin mayor valor agregado y productos de manufactura liviana o maquila.

– Disminución del poder negociador de los países de la región, si no se coordinan y deciden enfrentar individualmente sus respectivas aspiraciones.

– Debilitamiento de los vínculos ya credos con Europa, Japón y otras regiones. Hay que defender estas relaciones, porque diversifican los contactos de la región con el mundo, ampliando sus oportunidades.

– Riesgo de interrupción y de fracaso de los actuales esfuerzos de integración si los países de la región los descuidan y los postergan.

Por otro lado sería positivo para Latinoamérica que:

– Estados Unidos y también Canadá abrieran efectivametne sus mercados a los productos de mayor competitividad que se producen en la región. Esto es particularmente importante para aprovechar las ventajas comparativas de los diferentes países. Aquí es vital incluir los productos agrícolas, textiles y manufactureros que están protegidos por barreras arancelarias en los mercados del Norte. Si nuestra región abre sus mercados la contraparte también debe hacerlo.

El ALCA no se convierta en un freno para las políticas de desarrollo económico, en general, y de innovación tecnológica, en particular, dentro de las naciones latinoamericanas. Si la apertura al comercio es clave en generar un aprovechamiento de las ventajas comparativas de los países, el aspecto aquí mencionado es indispensable para promover y vigorizar, incluso dentro de los mecanismos de mercado, las ventajas comparativas de las diferentes sociedades nacionales. No hacerlo equivaldría a perpetuar condiciones en las cuales la región continuaría ofreciendo únicamente la «competividad» de su mano de obra barata, su menor observancia de normas ambientales y el uso no sostenible de su naturaleza.

– El ALCA no entorpezca los esfuerzos por ampliar los mercados internos de los países y el desarrollo científico y tecnológico de la región. Así como el acceso a los mercados internacionales es un motor para el crecimiento, también los mercados internos de los países lo son, o deben serlo. Este aspecto del desarrollo del mercado interno es clave para que el ALCA se pueda transformar, dependiendo de su contenido, en un medio para disminuir la pobreza, ampliar las oportunidades especialmente de los sectores más vulnerables, y mejorar la calidad de vida de las sociedades nacionales involucradas.

– Los esfuerzos de integración regional no sean detenidos por el ALCA. Los países latinoamericanos y caribeños deben seguir desarrollando sus esfuerzos de integración efectiva.

¿Cómo lograr un ALCA satisfactorio para América Latina y el Caribe?

A mi juicio, hay una sola manera: consenso de todos los países de la región para negociar todo lo esencial, permanente coordinación entre ellos, hablar la mayor parte del tiempo con una sola voz. Sabemos que esto no es fácil pero un serio y permanente esfuerzo de coordinación es un requisito esencial para arribar a un buen ALCA.

El otro gran requisito es la transparencia en la negociación y en el debate que se lleve a cabo. Mientras más amplio sea este último, mayor será la solidez del resultado, pues estará investido de una legitimidad democrática incuestionable.

(*) Otto Boye Soto es el secretario permanente del Sistema Económico Latinoamericano (SELA).  Servicio exclusivo para Uruguay de IPS *

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