El golpe de Estado de Bush
Su discurso del 20 de setiembre ante el Congreso y sus medidas y declaraciones sucesivas han roto la legalidad jurídica, militar, financiera e informativa entre las naciones.
El gobierno de Estados Unidos se atribuye explícitamente el derecho de utilizar cualquier arma de guerra (incluidas las proscritas por tratados internacionales: nucleares, bacteriológicas, químicas), de atacar a las naciones que crea conveniente, de intervenir en los sistemas financieros y en sus operaciones, de mentir o adulterar las informaciones, de realizar «operaciones encubiertas» (por ejemplo, asesinatos, sabotajes, desestabilizaciones económicas o políticas y otras medidas de guerra interna en donde sea) y de proscribir los regímenes o Estados que no se alineen con él: «Cualquier nación, en donde sea, tiene ahora que tomar una decisión: o están con nosotros o están con el terrorismo», declaró Bush.
Esta declaración, apoyada en el arsenal más poderoso y sofisticado del mundo, es un golpe de Estado contra la legalidad internacional: quien tenga los medios y las armas, puede hacer lo que quiera. Este golpe dado por el Estado más poderoso, esta derogación declarada de las normas y los procedimientos legales entre las naciones es una especie de culminación perversa del proceso de desregulación económica y financiera mundial iniciado por Reagan y por Thatcher. Esa desregulación, advirtieron muchos, destruía derechos, engendraba miseria y preparaba violencia, ilegalidad y guerras. Aquí estamos.
Es difícil saber si aquel gobierno, en medio de su iracundia, alcanza a comprender que esta declaración de ilegalidad internacional, esta especie de «ley del Oeste» universal, es la mayor legitimación institucional que haya recibido el terrorismo, venga éste de donde venga: si todo se vale para el gobierno de Estados Unidos, también para quien sea todo se vale. El discurso de Bush es casi la imagen de la fatwa pronunciada el 23 de febrero de 1998 por Osama Bin Laden y cuatro de sus jefes: «El mandato de matar a los americanos y sus aliados -civiles y militares- es un deber individual para cada musulmán que puede cumplirlo en cualquier país en donde sea posible hacerlo». George W. Bush, en cumplimiento de su propia fatwa (que en un primer momento, con sublime ignorancia, llamó «cruzada», palabra maldita si las hay para el Islam), se dispone a atacar, con todos los medios militares que crea conveniente utilizar, experimentar o exhibir ante el mundo, a regiones, poblaciones y civiles inocentes para castigar a una organización terrorista secreta y aún no bien identificada.
Esta guerra sin rostro, sin fronteras, sin límites y sin ley es una decisión jurídica y moralmente irresponsable, que no tiene en cuenta las consecuencias posibles para las poblaciones de Estados Unidos y de sus socios y aliados en esta aventura. Me explico.
En las guerras que conocimos en el siglo XX, la población de cada nación en conflicto era, en los hechos, el rehén virtual de su enemigo. Si la Unión Soviética utilizaba armas atómicas o químicas contra el territorio de Estados Unidos o de sus aliados, éstos hubieran podido hacer lo mismo contra el territorio soviético. Son estos equilibrios de hecho los que sustentaron la prohibición de derecho de las armas de destrucción en masa. Por eso Hiroshima y Nagasaki fueron posibles cuando sólo Estados Unidos disponía de la bomba atómica.
Pero si ahora el gobierno de Bush dice que utilizará todas las armas que considere necesarias contra un enemigo sin rostro, las organizaciones terroristas, que no son gobierno ni se sienten responsables por ninguna población, aunque dispongan de bases territoriales dispersas, verán legitimado el uso de los mismos recursos contra las poblaciones estables y perfectamente identificadas, no sólo de Estados Unidos, sino también de los países cuyos gobiernos se sumen a su guerra. Esta hipótesis, en principio imaginaria e improbable, podría hacerse tan real como los inimaginables atentados que acabamos de presenciar. Primera muestra: con perfecto cinismo de Estado, el gobierno de Putin da a entender que apoyará la guerra de Bush si éste legitima su propia guerra contra Chechenia.
La destrucción de la legalidad internacional y la anulación de las Naciones Unidas, cuyas funciones han sido asumidas por el gobierno de Bush y sus aliados de la OTAN, provocan estos resultados. Bush parece esperar un rápido desplome del régimen talibán, cuyas atrocidades le han ganado una fuerte y reprimida oposición interna. Puede ser. Pero al atacarlo, lo estará legitimando, del mismo modo como el propio Bush, bajo de cuota hasta el 10 de setiembre, fue legitimado por los ataques terroristas.
Estará, por otra parte, desestabilizando a gobiernos de países musulmanes aliados de Estados Unidos, cuyas poblaciones reaccionan con ira contra la «cruzada» de Occidente.
Las demás naciones, comenzando por las europeas, miran con pasmo esta declaración del estado de excepción y esta virtual asunción del poder universal por el gobierno de Estados Unidos. Quienes no están con nosotros están con el terrorismo: nunca en su vida, es seguro, habían oído de un jefe de Estado occidental una declaración parecida. En multitud, unos gobiernos tras otros se declaran solidarios con la guerra de Bush, incluidos Arabia Saudita, Libia, Pakistán y los Emiratos Arabes, no vaya a ser la de malas. Pero salvo Gran Bretaña, el incondicional aliado anglosajón, es día con día más visible la reticencia de los grandes y pequeños países de Europa occidental, que sí saben lo que son las guerras y los bombardeos sobre sus territorios y que, teniendo ellos mismos ejércitos y jefes militares bien preparados y capaces, se resisten a ser declarados vasallos por Washington y el Pentágono. No se trata sólo de orgullo nacional, se trata también de intereses y de negocios muy sólidos de la Unión Europea, que no están dispuestos a ser desplazados por sus competidores estadounidenses favorecidos por el gobierno de Bush.
Por ahora asienten y murmuran, pero sus opiniones públicas difieren fuertemente del delirio bélico a que ha sido arrastrada la gran mayoría de la población de Estados Unidos. China, por su parte, guarda un silencio tan estruendoso como sus mil 300 millones de habitantes. Puede darse por seguro que, guerreros y estadistas experimentados, los gobernantes chinos han puesto en estado de alerta a sus propias fuerzas armadas frente al desorden mundial creado por las decisiones del gobierno de Washington.
No demasiado diferentes deben ser las reacciones en potencias económicas y militares asiáticas como India o Japón, colocadas frente a este nuevo delirio de Occidente. Un solo gobierno, a cuanto sabemos, después de deplorar los atentados terroristas y sus costos humanos, ha tomado una actitud pública independiente ante la disyuntiva en que Bush colocó al mundo: el gobierno de Cuba. Cualesquiera sean las diferencias que unos y otros puedan tener con ese gobierno, es preciso registrar y decir que es el único cuya voz se alzó para declarar: ni con la guerra, ni con el terrorismo; y para denunciar sin equívocos el golpe de Estado virtual del jueves 20 de setiembre en Washington. Declaró Fidel Castro el día 22: «El jueves, ante el Congreso de Estados Unidos, se diseñó la idea de una dictadura militar mundial bajo la égida exclusiva de la fuerza, sin leyes ni instituciones internacionales de ninguna índole.
La Organización de las Naciones Unidas, absolutamente desconocida en la actual crisis, no tendría autoridad ni prerrogativa alguna: habría un solo jefe, un solo juez, una sola ley. Todos hemos recibido la orden de aliarnos con el gobierno de Estados Unidos o con el terrorismo. Cuba […] proclama que está contra el terrorismo y está contra la
guerra. […] Cuba no se declarará nunca enemiga del pueblo norteamericano, sometido hoy a una campaña sin precedentes para sembrar odio y espíritu de venganza. […] Pase lo que pase, no se permitirá jamás que nuestro territorio sea utilizado para acciones terroristas contra el pueblo de Estados Unidos».
En el Congreso de Estados Unidos, el voto valeroso y solitario de Barbara Lee representó a un segmento de opinión minoritario hoy, pero significativo y activo. Mañana crecerá, como sucedió en la guerra de Vietnam, aunque tan diversos de aquellos sean estos tiempos. Al crecimiento de esa fuerza interna contra la guerra hay que apostar, pues en definitiva sólo desde adentro se podrá detener el desvarío ahora reinante en Washington y alrededores. Voces minoritarias, pero no aisladas ni insignificantes, se alzan ya en Estados Unidos contra ese desvarío. *
(*) Periodista y analista político argentino, radicado en México.
Compartí tu opinión con toda la comunidad