Viva la actualización ideológica
¡Cómo cambian las cosas los años!» es la conclusión a que arriba el poeta del célebre tango.
Y tenía razón. Los tiempos cambian. ¿Quién le iba a decir a usted, amigo lector, hace algunos años no más, que al nacer el siglo XXI asistiríamos a esta especie de frenesí renovador que ha ganado a los partidos políticos, tal como si una pandemia se hubiera extendido entre las cúpulas partidarias? Un sarpullido de actualización ideológica, de puesta a punto de principios y dogmas, de redefinición doctrinaria, de revisión de certezas, de aggiornamiento programático ha irrumpido súbitamente en el escenario político nacional.
Barrunto que el foco epidémico se originó en tiendas frentistas, cuando varias voces se hicieron oír expresando la necesidad de proceder a rever el sustento doctrinario de esa fuerza política a la luz de los cambios verificados en el mundo entero. Pero, rápidamente, el mal fue cobrando otras víctimas. Los primeros en caer fueron los blancos. Claro, la peste los agarró maltrechos, con las defensas bajas como consecuencia del resultado electoral del 99; y Ramírez y Larrañaga proponen una redefinición del Nacionalismo. Pero ahora la sorpresa es el Partido Colorado, que lucía saludable y vigoroso, y que sin embargo también ha sido alcanzado por el temible virus: le molesta ser un partido de derecha.
A primera vista parece razonable que la izquierda se autoanalice y se siente alrededor de una mesa de discusión intentando explicar por qué han desaparecido de sus programas propuestas casi emblemáticas tales como la reforma agraria y la nacionalización de la banca; propuestas que, bueno es recordarlo, aunque con matices diferenciales, también integraron ‘Nuestro compromiso con usted’ del wilsonismo del año 71. Desde que el antagonismo moderados versus radicales se instaló en el conglomerado de izquierdas, y sobre todo cuando se vislumbró la posibilidad cierta de acceder al gobierno, expresiones tales como la ‘oposición responsable’, la ‘cultura de gobierno’, la ‘lógica de los hechos’, la ‘realidad insoslayable’, son conceptos que se instalaron en las discusiones de la dirigencia y se incorporaron al discurso de unos cuantos.
Entonces parece razonable el afán por una puesta a punto ideológica que clarifique el panorama de cuáles son los objetivos que persigue la izquierda uruguaya. Porque tampoco es cuestión de que por aumentar el caudal electoral, se termine por renunciar a los principios…
En cambio los partidos tradicionales o históricos, ¿qué redefinición ideológica van a plantearse? Si nacieron huérfanos de ideología, ¿qué piensan actualizar? Porque ni siquiera se preocuparon por encontrar nombres con alguna reminiscencia ideológica como Liberal, Moderado, Conservador, Republicano, Radical o Intransigente. No; usaron los colores de las divisas como nombres: colorados y blancos.
Este asunto de partidos políticos que llevan nombres de colores se presta a muchas confusiones. Por ejemplo, cuando en 1958 el Partido Nacional emergió victorioso después de casi un siglo en el llano, y todos repetían «ganaron los blancos», en el exterior muchos creyeron que hasta entonces Uruguay había sido gobernado por negros, al revés de Sudáfrica; claro que cuando se les decía que la lucha política era entre blancos y colorados, pensaban enseguida que la lucha había sido entre carapálidas y pieles rojas.
Por eso, por esa falta de sustento doctrinario, es que en circunstancias históricas conflictivas lo más común fue que ambos partidos se dividieran y en cada bando hubiera sectores blancos y colorados: Latorre contó con el apoyo de Timoteo Aparicio; Terra, con el de Herrera mientras batllistas y blancos independientes eran perseguidos; y la última dictadura no fue una excepción: en el Consejo de Estado se codearon blancos y colorados fraternalmente genuflexos frente a los motineros. Cualquier politólogo extranjero se vería en figurillas para asignar una ideología a cada uno de nuestros viejos partidos, ¿no?
En fin, como se advierte, mal puede hablarse de una ideología, de un sustento doctrinario en colectividades políticas que supieron albergar en su seno pensamientos tan disímiles como el radicalismo blanco de Carnelli, abogado defensor de ácratas expropiadores, y el anticomunismo cerril de El País. O en tiendas coloradas, la socialdemocracia de don Pepe Batlle, y la derecha empresarial representada por Feliciano Viera. Y más cerca en el tiempo, ¿qué podían tener en común Wilson Ferreira y Aguerrondo, o Flores Mora y Sanguinetti?
Teniendo presentes todas estas incongruencias, que los partidos tradicionales se propongan una redefinición ideológica es, por decir lo menos, sorprendente.
Sin embargo, alguna conclusión se puede extraer de toda esta fiebre renovadora.
El Frente Amplio está próximo a ser gobierno y parece querer despojarse de todo elemento que lo vincule con la izquierda. Y el Partido Colorado, que ya no cuenta en su seno con grupo alguno que pueda considerarse de izquierda, se molesta cuando se lo ubica en la derecha y quiere quitarse ese rótulo estigmatizante. La izquierda quiere desizquierdizarse y la derecha se propone desderechizarse, en una especie de paradoja demencial.
No está mal que se cuide la imagen, pero de ahí a esta manía mimetizadora que lleva a los dirigentes a camuflarse de esa forma, hay un trecho, ¿no?
–Diga, Mendieta, ¿y cómo va a ser la renovación ideológica de la Unión Cívica? ¿Se convertirá en un partido ateo o se fusionará con Al Qaeda? ¿Y la del Movimiento de Liberación Masculina? ¿Exigirán voto de castidad a sus adherentes?
–¡Qué lo parió! *
(*) Periodista de LA REPUBLICA
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