El consorcio reclama 65 millones de dólares y el ente puede negarse a recibir la obra

Tribunal arbitral de la Torre de Antel dará un veredicto antes de fin de mes

La terna integrada por los doctores Marabotto, Muxí y Jiménez de Aréchaga comienza a deliberar esta semana. La obra diseñada por el arquitecto Carlos Ott en 1996 debía finalizarse en 18 meses, pero recién se terminará el año próximo. Imprevisiones y errores enmarcaron la construcción de lo que se proyectó como modelo de "edificio inteligente".

Escrito por: ROGER RODRIGUEZ Y GERARDO AGOSTO

Jueves 11 de octubre de 2001 | 12:00
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 Las obras comenzaron en
agosto de 1997. El consorcio se hab

Uno de los pronunciamientos más complejos en la historia de los arbitrajes en Uruguay se concretará a fines de octubre, cuando se divulgue el fallo del tribunal que durante un año estudió el diferendo entre Antel y el consorcio Roggio-Stiller-American Bridge por la construcción de la Torre de las Comunicaciones.

La terna, encabezada por el ex presidente de la Suprema Corte de Justicia, doctor Jorge Marabotto, e integrada por los abogados Luis Muxí Muñoz (propuesto por la empresa constructora) y Fernando Jiménez de Aréchaga (a instancias del ente estatal, que inicialmente había impulsado a Alberto Brause, luego electo senador), comenzará a reunirse esta semana para dar un veredicto que resultará “inapelable”.

La constructora hizo un reclamo por 65 millones de dólares, al considerar que existieron imprevisiones en los pliegos de la licitación. Antel fundamentó su razón en las multas impuestas por los atrasos en la entrega de una obra que se acordó en 18 meses y hace cuatro años que se está construyendo.

El consorcio sostuvo que las demoras también son responsabilidad ajena y entre las dificultades que debió enfrentar incluyó algunas paralizaciones resueltas por el gremio de la construcción y los recortes presupuestales establecidos por la Administración Central.

Antel manejó dentro de sus argumentos que la constructora utilizó materiales de más baja calidad de lo previsto, motivo por el cual tuvo que realizar múltiples reparaciones que elevaron los costos de la obra. La empresa privada alegó que se necesitaron cambios en el “proyecto ejecutivo”, por imprecisiones del “proyecto básico”, indicaron a LA REPUBLICA fuentes allegadas al caso.

El tribunal arbitral requirió la ayuda técnica de dos reconocidos peritos, quienes realizaron un profundo estudio económico y técnico de la obra. Luego de sus informes, se produjo el alegato de los abogados de las partes y, terminada la etapa de prueba, se inició el proceso de sentencia.

Los tres árbitros procurarán un fallo unánime sobre cada uno de los múltiples puntos técnicos en discusión. Muchos de ellos ya han sido alegados como “bien probados” por las partes, aunque el argumento no fue aceptado por la contraparte.

Aunque el pronunciamiento es “inapelable”, la modalidad de “llave en mano” con que fue realizado el contrato de adjudicación, posibilitaría al ente estatal, en última instancia, no aceptar la entrega de la obra. Posibilidad que agregaría un nuevo giro al conflicto, advirtieron los informantes.

 

El sueño de la Torre propia

 

La Torre de Antel no surgió como un proyecto estratégico del ente estatal. La decisión de crear un nuevo edificio para el organismo de telecomunicaciones estuvo relacionada con los costos de refacción del edificio del Banco Hipotecario del Uruguay (BHU), donde Antel se había asentado desde que se separó de la entonces Usinas y Teléfonos del Estado (UTE).

El arreglo de mamposterías que habían caído de la fachada del edificio de la calle Fernández Crespo significaba una erogación de cinco millones de dólares que, sumados a otros gastos fijos, llevaron a pensar al Directorio que entonces presidía el contador Ricardo Lombardo, que podía resultar más económico hacer un edificio propio.

Habría sido el propio Lombardo quien, acompañado por otros directivos de Antel, observó por primera vez el predio de Paraguay y Guatemala, para soñar allí un edificio dedicado a las telecomunicaciones. La idea fue respaldada por el presidente Julio María Sanguinetti quien, junto a su ministro de Transportes y Obras Públicas, Lucio Cáceres (derrotado en su postulación a la Intendencia de Montevideo), veía en el Plan Fénix de la Aguada la posibilidad de dejar “la marca” del gobierno colorado en una ciudad gobernada por el Frente Amplio.

El arquitecto Carlos Ott era considerado en esos días uno de los referentes de Uruguay en el exterior. Sanguinetti decidió ofrecer el diseño del Edificio de las Telecomunicaciones a quien había proyectado la Opera de la Bastilla en Francia, sin que mediara un llamado a licitación. Ott aceptó el negocio y dejó que el grafo se deslizara con arte sobre el papel. El 15 de octubre de 1996 presentó como resultado la torre de hierro y vidrio de 160 metros de altura que, con su particular “aleta”, ya ha comenzado a constituirse en parte del perfil característico de la ciudad.

El complejo edilicio del predio ubicado entre las calles Panamá, Paraguay, Guatemala y la rambla portuaria, abarca un área total de 18.484 metros cuadrados. Incluye la torre de 160 metros con su mirador público donde funcionará la sede de Antel y sus telecomunicaciones. Hay además un edificio para la atención de los usuarios, un área de servicios donde funcionará una guardería, un anfiteatro y un parking para más de 350 vehículos.

En las modernas instalaciones funcionará el Museo de las Telecomunicaciones, una sala de conferencias para 400 personas y un área interactiva para el desarrollo y exhibición de nuevas tecnologías, un centro de capacitación para los funcionarios, un restaurante, una terraza y una plaza pública. Allí se exhibirán distintas obras artísticas y se colocarán los murales del Taller Torres García que tiempo atrás fueron retirados del Hospital Saint Bois para su restauración.

Diez consorcios preclasificaron para ingresar a la licitación. Las propuestas se abrieron en marzo de 1997 y Antel llegó a proponer a las empresas que hicieron las tres ofertas más bajas que mejoraran sus precios. El ganador fue el consorcio Roggio-Stiller-American Bridge que valuó la obra en 65,3 millones de dólares. Un monto al que debían sumarse unos 15 millones de dólares en IVA y otros 12,3 millones de dólares por aportes al BPS. La cifra total de 92,2 millones de dólares desplazó, por sólo 40 mil dólares, al consorcio Teyma Uruguay-Dicasa Dragados y Construcciones Argentina, calificado en segundo lugar.

 

Pesadilla política y económica

 

Apenas se conocieron las cifras de la adjudicación, las voces políticas comenzaron a hacerse oír para atacar lo que desde varias tiendas partidarias se calificaba como una obra “faraónica” de Sanguinetti. El primero fue, casualmente, el actual presidente Jorge Batlle, quien sostuvo que el dinero que se pensaba gastar en la torre debía destinarse a la erradicación de los asentamientos irregulares.

Pocos días después, la propia Convención del Partido Nacional mandató a sus directores en Antel para que votaran contra el proyecto. La resolución generó otro incidente político, cuando el presidente del ente, Ricardo Lombardo, reaccionó criticando a la anterior administración blanca.

Finalmente, en julio, el consorcio firmó el contrato por el que se comprometió a entregar la torre y edificios adyacentes “llave en mano” en 18 meses a contar desde el 27 de agosto de ese 1997, en que se iniciaron formalmente las obras.

Otro conflicto se produjo antes que las palas mecánicas comenzaran a cavar: el intendente de Montevideo, arquitecto Mariano Arana, exigió que se preservara una chimenea de ladrillos de 47 metros de altura que se había construido en 1910. Fue una compleja misión de técnicos del Ejército la que logró desmontar y trasladar a un predio contiguo cada ladrillo de aquella “vieja chimenea”.

A poco más de un año de trabajo, Antel comenzó a dejar constancia de los incumplimientos en los plazos acordados. Antes de finalizar el año 1998, como consecuencia de los atrasos, el ente había aplicado multas por 800 mil dólares. A principios de 1999, cuando el consorcio constructor ya debía un millón y medio de dólares, se acor
dó un nuevo cronograma de obra.

Por entonces, la crisis devaluatoria brasileña se constituía en otro factor de incidencia. El consorcio, encabezado por Roggio, sostenía que debía incrementarse el presupuesto original en 23 millones de dólares por costos derivados de “imprecisiones” e “inexactitudes” en los pliegos. Los plazos vencían sin que se cumplieran las entregas de la obra. Una particular molestia generó el no poder inaugurar la primera etapa a mediados de año, cuando se festejaron los 25 años de Antel. El choque entre las partes llevó a establecer un Tribunal Arbitral que dirimiera las diferencias.

A fines de mayo del año 2000, la empresa chilena Ingewall, subcontratada para la colocación de la estructura metálica y la cristalería que reviste a la Torre, resolvió enviar a 86 empleados al seguro de paro. Argumentó que el consorcio Roggio-Stiller-American Bridge no le pagaba. Se generó un conflicto sindical. Intervinieron el Ministerio de Trabajo y el propio presidente de Antel, ingeniero Fernando Bracco. Nunca se supo de dónde salió el dinero, pero los obreros fueron reintegrados.

Antes de cesar en su mandato presidencial, Julio María Sanguinetti logró dejar inaugurado el primer tramo de la polémica construcción. Se habilitó la zona de “usuarios” y el parking en un acto al que no asistió el presidente electo, Jorge Batlle.

 

Como una torre de Babel

 

Si la historia pública sobre los conflictos de intereses, los incidentes políticos y los costos de construcción de la Torre de Antel permitieron escribir páginas y páginas en diarios y revistas, probablemente la historia “privada” de estos años que duró la obra posibilitaría escribir una novela que, por momentos, tendría un tono tragicómico.

El primer gran problema que enfrentaron el ente y la empresa constructora fue el de los cimientos de una torre de 160 metros situada frente a la bahía de Montevideo y de frente a las anuales sudestadas y pamperos. Las mediciones realizadas por un “túnel de viento” diseñado por la Facultad de Ingeniería no incluían los errores en la introspección del suelo.

“Debieron cavar 35 metros de profundidad y rellenarlos de concreto”, confió a LA REPUBLICA una fuente allegada a la obra, “Aún hoy existe en algunos el temor de que la construcción pueda sufrir algún tipo de hundimiento y se transforme en una Torre de Pisa a la uruguaya… por algo el barrio se llama la Aguada”, ironizó.

La moderna torre “inteligente” no arrancó con buen pie. El tipo de construcción, aunque implicaba una novedad para Uruguay, no fue aceptado con agrado por el poderoso Sindicato Unico de la Construcción y Afines (Sunca), que rápidamente comprendió que lo novedoso no sería el tipo de tarea, sino las formas de contratación.

La posibilidad de ingresar mano de obra “calificada” del exterior permitía un mecanismo de subcontratos y subcontratos de subcontratos, por el cual nadie terminaba de saber quién trabajaba para quién, y la procedencia del personal y materiales hacía pensar que en realidad se construía una Torre de Babel.

El primer subcontrato fue con un grupo argentino-boliviano-peruano, que quedó a cargo de construir las estructuras centrales de hormigón armado, que incluían el eje de la Torre, los ascensores y las escaleras. Fuentes del Sunca indicaron a LA REPUBLICA que quedaron metros y metros de hormigón mal hecho.

El segundo gran subcontrato fue el de la empresa española Ursa SA, que se encargó de instalar los perfiles de hierro y los tornillos. No se trabajó con acero, sino con hierro, y el metal no se unió con remachados y soldaduras, sino que se realizaron abulonados. “A muchos técnicos les quedaron dudas sobre si esos bulones mañana no se pueden llegar a cortar”, dijeron otros informantes.

La tercera subcontratista importante fue la empresa chilena Ingewald, que debía revestir la torre con vidrios. Pero los cristales, especialmente importados de Grecia, no serían los indicados para soportar la temperatura del nivel del mar. Un técnico de la obra confió a LA REPUBLICA que “se comprobaron problemas en las juntas, lo que permite la entrada de agua y llevó a que algunos vidrios estallaran y se partieran. Eso ha obligado a cambiar permanentemente la vidriería”, explicó la fuente que no descartó la necesidad de mantener una empresa de por vida para estas reparaciones.

 

Las “vivezas” y las muertes

 

Proyectada como el primer edificio “inteligente” del país, la Torre de las Comunicaciones demoró en construirse lo suficiente como para que otras edificaciones le quitaran ese reconocimiento. Sin embargo, cuanto más se indaga sobre las historias “ocultas” de la obra, más se concluye en que muchos pudieron practicar la “viveza” en favor propio.

El mantenimiento de la Torre es un punto que preocupa a las propias autoridades. La mayoría de los materiales fue traída del exterior, y parte de esos elementos importados ha dado muestras de no adaptarse a las necesidades locales de la construcción. Los pisos italianos se han quebrado. Los tabiques de yeso al mojarse se han desarmado. Debieron “romper” cocinas y baños para volver a instalar cerámicas y azulejos. Incluso, cuando el aún presidente Julio Sanguinetti inauguró simbólicamente el primer tramo de la obra, parte del piso del estacionamiento mostraba rajaduras.

El control de la obra que realizaban los técnicos de Antel obligó en más de una ocasión a destruir lo hecho y volver a construirlo del modo o con los materiales adecuados. “En todas las obras ocurre que se cotiza un precio y se tratan de bajar los costos del constructor a través de los materiales”, dijeron las fuentes.

Técnicos de la obra, que pidieron mantener el anonimato, dijeron a LA REPUBLICA que gran cantidad de material fue derrochada o desperdiciada. “En el año 1999 llegaron a desaparecer 600 toneladas de hierro. De buenas a primeras alguien cargó el camión y se las llevó”.

La permanente rotación de trabajadores al amparo de la multiplicidad de subcontratos de obra podría haber llevado incluso a diferentes tipos de evasión de aportes. Voceros del Sunca reconocieron que no pudieron controlar nunca a todo el personal no agremiado, que en ocasiones sólo venía a hacer una “changa” de un par de días gracias a alguna “recomendación”.

Esa situación llevó, según trabajadores de la obra, a que se produjera una muerte durante la construcción. Luis Silveira tenía 28 años, tres hijos y una esposa embarazada. Había trabajado para una empresa de refrescos. Hacía sólo diez días que lo habían empleado en la Torre, a través de un subcontrato de la española Ursa SA. Fue enviado a las siete de la mañana a un cuarto piso.

No tenía experiencia. No se puso la cuerda de seguridad. Pisó en falso una chapa, cayó y murió.

No fue la única muerte. También falleció, en forma misteriosa, un sereno que se encontraba en un depósito de la calle Cuareim, donde se guardaba granito y otros materiales. Se dice que quisieron robar y lo mataron.

Nunca quedó claro qué podían robar de ese depósito. Se han manejado hipótesis sobre si el material que había, como las “desaparecidas” 600 toneladas de hierro no terminaron en alguna obra del departamento de Maldonado.

 

¿La torre “tonta” de Antel?

 

La historia podrá decir que la primera obra “inteligente” en el país fue el sistema computarizado instalado en los colectores del saneamiento de Montevideo, pero la soñada Torre de las Comunicaciones figurará como la primera en presentar soluciones en ingeniería de construcción que constituyeron verdaderas innovaciones para Uruguay y la región.

La Torre de Antel pretende ser un modelo en materia de seguridad y se ajusta a la más exigente normativa aplicada en los Estados Unidos. Con un costo de 500 mil dólares, su sistema de prevención de incendios es único en el país. Es un edificio hermético, en el que los sensores de humo son identificados para activar rociadores con la presión de agua necesaria sólo en la zona focalizada. Las escaleras de escape tienen puertas contrafuego y un sistema independiente de ventilación que impide la llegada del humo.

Pero si llegara a fallar ese mecanismo inteligente, las consecuencias serían inquietantes. Voceros de la Dirección Nacional de Bomberos han indicado que no poseen la infraestructura adecuada para actuar ante un eventual siniestro en el moderno edificio. La construcción tampoco permitiría un rescate aéreo.

Lo imprevisto ya ocurrió a principios de año, cuando se verificó un nivel de lluvias inédito en el país. En la sala de máquinas del subsuelo, en sólo media hora, ingresó casi un millón de litros de agua. El sistema no estaba pensado para algo semejante. Las bombas de desagote no pudieron bombear el líquido. El subsuelo se inundó completamente. Se estiman en unos cuatro millones de dólares los gastos por los daños provocados en los motores, bombas y paneles, que debieron ser enviados al exterior para su reparación.

También se registraron diversos problemas de terminación en obra. Las juntas de los vidrios permiten que el edificio mismo se llueva, afectando los paneles de yeso. Unos 1.500 vidrios de la “aleta” de la torre no fueron instalados aún y la empresa chilena a cargo se fue y dejó a una firma subcontratada. Los trabajadores de la obra no saben cómo se hará esa instalación, porque la gigantesca grúa adjunta a la torre comenzó a ser desmantelada.

Tampoco se sabe cómo colocarán la antena prevista en el extremo de la torre. Más allá de las discusiones sobre si las empresas privadas aceptarán o no acoplar allí sus trasmisiones, existen dudas respecto al modo en que subirán la antena que se está armando en el piso. Poco se conoce, además, sobre el destino de al menos una decena de pisos de la edificación, que excederían las necesidades edilicias de Antel.

Los críticos de la torre advierten sobre la cantidad de metros cuadrados desaprovechados en los artísticos ángulos del conjunto de edificios, consideran que los materiales utilizados son demasiado caros, y no comprenden cuál es la utilidad de la “aleta” superior, una estructura hueca de 15 metros en cuya base sólo hay una sala de máquinas.

Muchas son las historias sobre las “reacciones tontas” de la Torre de Antel: desde ascensores que se quedan parados en los entrepisos para horror de obreros y limpiadoras, hasta luces automáticas que se prenden de día y se apagan en la noche. Técnicos de la obra consultados por LA REPUBLICA explicaron que el “sistema inteligente” requerirá de un tiempo de “afinado” y se mostraron confiados en que todo estará pronto en los primeros meses del próximo año, cuando la obra quedaría totalmente terminada. *

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