Tumbas NN en Colonia

Jueza aportará información a antropólogos argentinos

Germano ocupa actualmente idéntico cargo en la ciudad de Ombúes de Lavalle, al noreste del departamento de Colonia, y además subroga en forma transitoria al titular del Juzgado de Paz de Nueva Palmira. El 9 de setiembre de 1976, quebrando el habitual letargo de su zona de influencia, debió acudir a la playa La Piamontesa donde apareció el primer cuerpo no identificado.

De ahí en más debió actuar en otros cinco casos –los dos restantes correspondieron a otro magistrado– al frente de un equipo de colaboradores del Poder Judicial con los que dio forma a un abultado expediente en el que dejó estampados, con total crudeza, datos precisos sobre esos NN, desde la escasa vestimenta que portaban hasta las horribles señales de tortura en cada uno de ellos. Fue Germano quien exigió a las autoridades de la época que esos cuerpos fueran enterrados en tumbas separadas y que se dejara detallada constancia de los mismos, tanto a nivel municipal como policial y de Prefectura Naval. Esa exigencia «contundente» –según confiaron a LA REPUBLICA fuentes de aquella época– permitió que no se perdieran los restos como ocurrió en otros puntos del país. A la decidida actitud de la magistrada se sumó –ya en democracia– el seguimiento del caso que hizo la Junta Departamental por intermedio de su comisión de Derechos Humanos. Los ocho cuerpos NN están sepultados en el cementerio de Colonia del Sacramento, a la espera de la intervención de los antropólogos bonaerenses en los próximos meses.

«Siempre rechazamos la versión oficial»

Integrantes de aquel equipo que secundó a la jueza Germano –quienes pidieron que se mantuviera en reserva sus nombres– comentaron a este corresponsal que «desde el primer momento que vimos los cadáveres traídos a la costa, estuvimos muy seguros que no eran coreanos como pretendían hacernos creer a nivel oficial».

«Pasábamos hasta 24 horas en un sitio de la costa, registrando datos de un cuerpo, y cuando estábamos por retirarnos algún pescador nos avisaba: ¡Allá viene otro! Fue algo macabro, que no podremos olvidar jamás».

«Había que trabajar con mucho cuidado para sacar los cuerpos del agua, y una vez que estaban sobre la arena el cuadro que se presentaba ante nuestros ojos era de terror».

«Uno de los cuerpos presentaba dos agujeros quemados en lugar de los ojos, otros tenían heridas de bala… No podíamos creer que hubiera desatada en alguna parte tanta saña, tanta barbarie», señalaron los informantes.

Indicaron que «a pesar de estar en dictadura, no tuvimos presiones de las autoridades en nuestro trabajo. Tal vez pensarían que todo iba a quedar tapado por quién sabe cuánto tiempo…»

«Cuando aparecieron los primeros cuerpos, los civiles que estábamos allí trabajando no pudimos permanecer en silencio, y empezamos a gritar: ¡Esto es un crimen… Asesinos! Y nadie se atrevió a hacernos callar».

Las fuentes consultadas recordaron que «la jueza Germano exigió que los cuerpos fueran llevados en un coche fúnebre hasta el cementerio, contra la voluntad de algunas autoridades que querían cargarlos en un camión».

«Son muertos y merecen todo nuestro respeto, dijo la jueza en aquel momento. Ella y todo el equipo los despedimos con alguna flor de la zona, de las más simples que encontramos».

Veinticinco años después, los informantes están convencidos: «Hicimos nuestro trabajo a conciencia, minuciosamente, porque sabíamos que un día la verdad iba a aparecer si conservábamos las pruebas. Y estamos a un paso de que eso suceda». *

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