
RUBEN BORRAZAS
La elección del año 1894 para la sucesión de Julio Herrera y Obes se realizó en medio de una grave crisis económica. El diario “La Razón” señalaba en sus editoriales las diversas empresas que habÃan quebrado y cerrado durante el gobierno de Herrera y Obes y que habÃan comenzado el 5 de julio de 1890, cuando el Banco Nacional dispone suspender la conversión de todos sus billetes.
“No corre la electricidad más velozmente de lo que corrió ayer la noticia…”, decÃa el 6 de julio. Después se fueron sumando los cuatro meses impagos en el presupuesto, posteriormente se fundirÃan el Banco de Monte Piedad, la Caja de Ahorros, el Banco Inglés y hasta una empresa minera. Cerró la Bolsa y tras una moratoria para intentar reflotarlo, desaparece el Banco Nacional. El costo total de este desastre económico fue calculado en unos doscientos millones de pesos oro, casi la totalidad de los bienes raÃces del paÃs.
El mandato constitucional del doctor Julio Herrera y Obes culminaba el 1º de marzo de 1894 y ese dÃa se reunió la Asamblea General con la asistencia de 83 de sus miembros para elegir el nuevo presidente de la República.
Tomás Gomensoro y Alejandro Chucarro se encontraban entre los serios aspirantes a obtener los 45 votos requeridos, según la Constitución de la época, para ceñirse la banda presidencial, pero ninguno de los dos logró la cantidad necesaria.
Se sucedieron tres nuevas votaciones en donde Gomensoro llegó a 43 votos y Chucarro a 42. Terminada la cuarta votación se llegó a las 12 de la noche y el presidente Herrera y Obes comunicó a la Asamblea que habÃa terminado el plazo de su mandato y resignaba el cargo en el presidente del Senado, el argentino Duncan Stewart.
Asperas y acaloradas discusiones fueron el clima que se vivió durante los dÃas siguientes para la denominación del nuevo mandatario. Mientras corrÃan las horas, se informaba que la tropa apostada en la plaza, para rendir honores, en parada militar al nuevo presidente, “habÃa cargado sus armas”, comandadas por los generales Casimiro GarcÃa y Miguel Navajas, dos oficiales de claras orientaciones golpistas y protagonistas de los sucesos, que en 1875 llevaron al poder a Pedro Varela.
Durante tres semanas, “los veintiún dÃas”, asà se le denominó, sesionaron los legisladores en el añejo Cabildo, llegándose a contabilizar 40 votaciones sucesivas, triunfando finalmente con 47 votos Juan Idiarte Borda, uno de los integrantes del grupo parlamentario que habÃa apoyado las candidaturas de Alejandro Chucarro y de Plácido Ellauri.
El nuevo presidente era un hombre muy resistido por varios sectores polÃticos. Se comenta que Julio Herrera y Obes dijo: ¡Mierda!, al enterarse de la decisión de los miembros legislativos.
En su interesante trabajo “Historia de los orientales”, Carlos Machado manifiesta que José Batlle y Ordóñez fue más elocuente y le atribuye esta frase estampada en el diario El DÃa: “El señor Idiarte Borda tiene una caracterÃstica bien conocida: ha sido en los últimos cuatro años, colocado a la cabeza de una comisión constituida quién sabe cómo, el gran manipulador de todos los escandalosos fraudes que en anteriores perÃodos se han cometido”.
Durante su gobierno, se impulsaron los proyectos de la construcción del puerto, se realizaron los primeros tramos carreteros macadamizados, se canalizaron las aguas en muchos rÃos y arroyos, se creó el Banco República con capitales mixtos y se llevó adelante una polÃtica de electrificación, pero la corrupción creció y se consolidó. Mientras, desde las páginas de su diario, Batlle lo atacaba: “Borda está a punto de consolidar otra parte importante de su cuantiosa fortuna. No sólo quiere estancias y palacios, ahora, quiere un yate presidencial del corte del que tiene el emperador de Alemania.
La embarcación se la va a regalar la casa Harley y compañÃa, en prueba de agradecimiento…”.
Los abusos y fraudes de Idiarte Borda, empujan a la acción y llevan al estallido revolucionario que dirige Aparicio Saravia, desde Cañada Brava, acompañado por su hermano “Chiquito”.
No lo ven con buenos ojos los hombres que dirigen la oposición a Borda en Montevideo. Estos prefieren las componendas polÃticas antes que una acción armada.
La definición de Saravia es terminante: “La Patria es la dignidad arriba y el regocijo abajo”.
Es una proclama donde están trazados los objetivos de decencia y libertad. “La libertad no existe en absoluto… RealÃzanse negocios de empréstitos ruinosos y operaciones financieras ridÃculas, con el objeto de cobrar la coima…”, afirma. Es el comienzo de la guerra y acusa a Idiarte Borda de ser “intransigente y obcecado y de tener palabra soberbia y jactanciosa”.
Un nuevo aniversario de la Declaratoria de la Independencia. Idiarte Borda asistirá pasado el mediodÃa a un tedéum en la Iglesia Matriz, cuyo oficio será impartido por el arzobispo Mariano Soler. La actividades de ese dÃa para el primer mandatario incluirán el traslado de la iglesia hasta la Casa de Gobierno, bajo salva de cohetes y los acordes del Himno Nacional, para luego ver desfilar el ejército por la Plaza Independencia desde los balcones de la sede presidencial. Luego, se servirÃa un lunch para el cuerpo diplomático y por la noche habrÃa una función de gala en el Teatro Solis.
Pero no pudo ser. Al retirarse de la Catedral, la comitiva de Idiarte Borda empezó su recorrido a pie hasta la Casa de Gobierno. Al llegar frente al Club Uruguay, un joven veinteañero, de nombre Avelino Arredondo, estudiante universitario, según unos medios de prensa, y empleado de comercio, afirmado por algunos historiadores, se abrió camino a través de la fila de soldados escalonados en la calle Sarandà frente a la Plaza Constitución, y le disparó un balazo a quemarropa, que le interesó la aorta. A su lado se encontraba el arzobispo Mariano Soler, que lo acompañaba dentro de la comitiva, y le dio al Presidente la absolución. Arredondo fue detenido en el mismo lugar del crimen y posteriormente declaró a la PolicÃa que su plan tenÃa una semana de preparación, aunque lo venÃa madurando desde hacÃa meses, que no contaba con cómplices y que habÃa matado al Presidente por considerarlo culpable de la situación de guerra que vivÃa el paÃs. *
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