Un teniente de Artigas con ambiciones políticas

Julio César Vadora, hombre clave de la coordinación Cóndor, de extracción blanca, fue el primer coronel que ascendió a general dentro del grupo de los Tenientes de Artigas. Cuando el golpe de Estado, en 1973, era comandante de la División de Ejército IV. Presidió la logia al suceder al fundador de la misma, el general Mario Aguerrondo. Junto a otros generales y coroneles, participó en las reuniones que gestaron el levantamiento militar. Según el documento de inteligencia del Pentágono, desclasificado a fines de junio de 1999, Vadora estaba al tanto de los operativos encubiertos, de la desarticulación de grupos opositores y de la desaparición de uruguayos, sobre todo, en la República Argentina. Vadora negó estos hechos en declaraciones a LA REPUBLICA. En 1974, Vadora sustituyó al general Chiappe Pose, destituido por Bordaberry al frente del Ejército. Su lugar en la División IV lo ocupó el entonces general Gregorio Alvarez. Previo a su nombramiento como comandante en jefe del Ejército, Vadora fue agregado militar en los Estados Unidos. Durante 1977, dos grupos se perfilaron dentro de las Fuerzas Armadas: los que pretendían perpetuar el régimen al margen de los partidos políticos, y los que, ante la presión internacional, procuraban una salida alternativa al problema de la legitimidad mediante el diálogo restringido con algunos políticos y el respaldo popular. En el primero, sobresalieron Vadora y los generales Cristi, Ballestrino y Núñez, y en el segundo, los generales Alvarez y Raimúndez. En febrero de 1978, Alvarez lo sucedió en ese cargo, al pasar a retiro. El alejamiento de Vadora, sumado al pase a retiro del general Cristi, debilitó la línea de los militares «ortodoxos». Vadora fue uno de los más férreos impulsores del proyecto dictatorial. A fines de 1973, declaró la interdicción de la actividad de los partidos políticos, mientras no se restablecieran las «condiciones políticas y sociales adecuadas». «Los aparatos militares de la subversión han sido destruidos, pero sus aparatos ideológicos se mantienen, animados desde el exterior», afirmó entonces. Bordaberry se hizo eco de inmediato: las elecciones generales no podrán organizarse «mientras el marxismo y los políticos profesionales» se encuentren activos. Al extender el concepto de «subversión» a los «aparatos ideológicos», las Fuerzas Armadas justificaban anticipadamente la escalada represiva que desarrollarían contra los partidos y su intervención política. Empero, tanto Vadora como Alvarez no disimulaban sus ambiciones políticas en procura de alistarse cada uno como candidato presidencial para la elección, con un solo postulante, prevista para 1981. Un mes después de su retiro, Vadora declaró a la prensa: «Como militar retirado puedo dedicarme al tema político». «Si mi país lo requiere y si se entiende que mis servicios puedan ser útiles, podría acceder a postularme como candidato en las próximas elecciones nacionales». *

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