Retornando a la normalidad

El empate de los mediocres

Jorge Jauri

 

En los próximos días el dólar volverá a ubicarse en el tercio superior de la banda de flotación, lo que supone que su precio comenzará a aumentar en los parámetros normales de la devaluación preanunciada. La crisis cambiaria habrá transcurrido pero la tasa de interés en moneda nacional tardará en descender a los niveles «normales».

Las instituciones financieras, incluyendo las del Estado, tendrán enormes dificultades para prestar, descontar documentos y, por un buen tiempo, no manifestarán ninguna propensión a financiar a los sectores productivos. Estos no serán exigidos judicialmente pero sus empresas carecerán de capital de trabajo. El Banco Hipotecario disminuirá sus colocaciones aguardando que un milagro le resuelva ese dilema de falso asistencialismo en el cual ha sido encerrado prestando plata en una moneda y endeudándose en otra. Unicamente el Banco de la República, alineado ahora íntegramente con el Ministerio de Economía, intentará paliar los sucesivos estrangulamientos financieros que vayan padeciendo los sectores productivos. Igual, los trabajadores seguirán financiando a la institución pagando sus créditos sociales con puntualidad inglesa.

A diferencia de lo sucedido en Argentina, nuevamente la atenuada crisis uruguaya no habrá servido para que el gobierno ni la sociedad ensayaran respuestas de la calidad que se están poniendo en práctica en la vecina orilla. Un Uruguay vencido y escéptico respecto a su capacidad de transformarse con independencia de las determinantes argentinas volverá a encerrarse en los temas de la distribución, de la filosofía política, de las antinomias del mercado y el desarrollo u otras abstracciones de ricos, teorizadas por los ricos en estabilidad de ingresos y consumidas por los ricos en disponibilidad de tiempo.

Reprogramando el empate

El gobierno acomodará a la nueva situación su programación, con un poco más de realismo y la misma claudicación. Las nuevas metas de PBI, déficit fiscal, endeudamiento y precios relativos que el Ministerio de Economía informará en dos o tres semanas revelarán las dificultades que tiene el gobierno electo para liderar un proceso de cambio real. No hay un solo dato en la política que permita imaginar un desenlace más auspicioso. El esceptisismo de la razón se alimenta diariamente en el Uruguay. En Argentina los datos que atiende la economía, al menos, se juegan en la espectacular batalla que se libra en la política. En Uruguay esos datos surgen de la resignación de la buena política.

Ni siquiera estará en juego el famoso investment grade. Se deberá entender alguna vez que lo que miden las notas de las calificadoras de riesgo no es la justicia o la independencia o el bienestar de los países o las empresas. Su negocio se limita –en este caso– a informar la capacidad que tienen los calificados de pagar las deudas que contraen. No hay un riesgo país abstracto. Hay un riesgo más o menos aproximado de que ese país pague la deuda. Paradojicamente, la máxima utilidad que tendrá el mantenimiento de la nota de buen pagador que ostenta el Estado uruguayo servirá para que los uruguayos le sigamos prestando más plata. Con lo cual terminará de cerrarse ese círculo vicioso en el cual pervivirá por un buen tiempo esta aceptación uruguaya de financiar el déficit de la política.

En ese escenario de mediocridad infinita, en el cual el gobierno hace que gobierna y la oposición juega a la diferenciación imaginando un escenario mágico para cuando el poder le caiga en sus manos, los uruguayos aguardaremos que, nuevamente, la recuperación argentina descomprima un poco la interna que no podemos resolver solos.

No será tan cómodo

Iremos siguiendo la crisis desde atrás. Pensando, además, que las rutinas serán como las de antes. Empero, ahora, los vecinos ya están en otra cosa. Ahora Argentina incluso parece haber comprendido que debe acomodar su competitividad a la del Brasil. Y ello no sólo la obliga a flexibilizar su régimen cambiario o modificar su política comercial. Ahora los argentinos ensayan soluciones estructurales, proceso que los uruguayos parecemos empeñarnos en ignorar.

Si esas hipótesis tienen bases reales y prosperas, en poco tiempo los uruguayos tendremos dificultades para seguir viviendo como ahora. Vendrán los nuevos planes de competitividad de Cavallo; la nueva fiscalización frenará parte de los mil millones de dólares que los argentinos colocan en el sacrosanto sistema financiero uruguayo; será difícil explicar por qué no ingresa ganado brasileño o algunos alimentos argentinos más baratos que los nuestros mientras nosotros insistimos en nuestro derecho a exportarles cuanta cosa decidamos producir indignándonos ante cualquier acusación de subsidio.

No se trata de añorar la crisis, pero tampoco de regocijarse en la perpetuación infinita de este empate de mediocres. *

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