Contrapartidas y garantías
JORGE JAURI
Sin contrapartidas y ciertas seguridades contractuales es inimaginable que el gobierno acceda a gestionar cualquier tipo de financiamiento externo para continuar apoyando a los sectores productivos en la actual emergencia.
La Cámara de Industrias solicita mayores devoluciones de impuestos a las exportaciones, reintegros, subvenciones a la prefinanciación u otros paliativos para enfrentar la fuerte competencia regional, ya no sólo en el intento de mantener los mercados de exportación sino, ahora, en el empeño por defender lo que les queda a los industriales nacionales del mercado interno. No basta que en cinco días el dólar haya aumentado el treinta y tres por ciento de la nueva meta anual, ni el 3% del Cofis, ni las medidas de devaluación físcal y la eliminación de aportes, ni las barreras no arancelarias en frontera, ni el refinanciamiento, ni… Los industriales, al igual que el resto de las corporaciones, se enfrentan a un momento en el cual a nadie le pasa desapercibido, las cosas ya no son como antes. Ellos saben que la política no puede resolver asignaturas que no han sido tenidas en cuenta durante decenas de años y ahora intuyen además que reclamar nuevas transferencias de una sociedad sin trabajo para «mantener el trabajo» es un verdadero contrasentido.
El peso de las asignaturas pendientes
Mantener los hornos prendidos y la seguridad de cobrar a fin de mes no es un derecho divino sino una compeleja y, sobre todo, ardua labor de todos los días. Hasta enero de 1999, cuando la economía crecía a tasas del 3.3% acumulativas anuales remolcada por la estabilización y el crecimiento brasileño, las cadenas productivas sufrieron un proceso de ajuste y mejoraron su productividad. Pero lo hicieron en formatos insuficientes y, en general, en una dirección equivocada. Las industrias de exportación intentaron mantener su competitividad externa disminuyendo sus costos salariales y sustituyendo en sus líneas de distribución producción nacional con importados. Pero manteniendo estructuras y formatos empresariales con costos fijos soportados por la expansión de la demanda interna.
Otras pudieron sobrevivir trabajando para el mercado interno, con barreras a la entrada legítimas y otras no tan sanctas. Estas industrias usufructuaron a la vez ese enorme crecimiento de la demanda interna y su capacidad adquisitiva en dólares ocurrido entre los últimos años de la década de los 80 y gran parte de la década de los 90. Empero, el país entero no comprendió que el fin del proceso de liberalización y adecuación arancelaria en el Mercosur más que una oportunidad para la industria nacional, era una amenaza muy seria. Con excepciones, la industria no tuvo en cuenta que la única estrategia válida a la cual debería abocarse a partir del 91 y, particularmente del cronograma final de Ouro Preto, era la de la reconversión y la integración a las cadenas internacionales. Hasta el año pasado tuvo créditos de distinta especie para la reconversión, y tuvo también considerables fortalezas para la negociación y la integración a las sociedades mayores.
Una oportunidad difícil
Ahora, sin reserva de mercado y sin créditos, todo es más difícil.
La apelación a la sociedad para que subsidie nuevas competitividades no tiene eco real, más allá de alguna desintersada contribución de las comisiones legislativas siempre tan ágiles para velar por el trabajo nacional.
El ejecutivo ya no responderá. No tiene más margen para devaluaciones físcales. Subsidios y reintegros son mala palabra en un país al cual los más grandes le cobran caro cada avivada (mientras oficinas del MGAP violentan la ley retrasando la entrega de certificados para importar frutas y hortalizas, los argentinos responden dilatando la autorización de importar ganado gordo y para el campo provenientes de un Uruguay de fronteras cerradas para el ganado dónde los criadores y productores de ciclo completo terminan regalandole el ganado a los invernadores).
Pero siempre, aun en los más oscuros callejones sin salidas aparentes, la crisis tiene sus oportunidades. Esta es una de las convicciones que intentaba explicarle al ingeniero Balestra el viernes pasado. Efectivamente, Uruguay está en condiciones de utilizar lo que le queda del crédito internacional a tasas más o menos potables. Y gran parte de él, sin duda, bien podría derivarse al fomento de los sectores productivos. Pese a toda la angustia que ello produce, quizás el gobierno podría cargar sobre las generaciones futuras nuevas solicitudes o garantías de financiamiento externo derivándolas hacia los sectores productivos.
Empero, esto sólo será aceptable si, desde los sectores más interesados, los industriales y productores surgen iniciativas en tal sentido conformadas en proyectos de reconversión que seduzcan a los exigentes inversores de riesgo.
Si eso no es así, será indecente y casi criminal intentar cargar sobre los hombros de los pocos que quedan en condiciones de generar valor en este país, y de los jóvenes en particular el riesgo y los costos de proyectos de dudosa profesionalidad.
Ni con garantías reales del tipo que sea la comunidad aceptará este tipo de riesgos.
La cualidad disciplinadora
Proyectos muy profesionales con vocación de integración a las cadenas internacionales, financiamiento de largo plazo para igualar las oportunidades de los emprsarios nacionales, contratos muy claros, fiscalización estricta y recreación de todo el sistema de garantías legales deberían ser las únicas reivindicaciones de los sectores productivos atendibles por una comunidad empobrecida y descreída.
Incluso, si esta vía fuera la dominante, desde una nueva prosperidad la industria especializada e integrada y sus trabajadores estarán en codiciones de contribuir al disciplinamiento de las políticas que tanto necesitan los que no pueden incidir en ellas con otro instrumento que no sea su voto. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad