Análisis Sarkozy

«El mundo rico inventó los paraísos fiscales para digerir toda la plata negra»

Las palabras del presidente galo Nicolas Sarkozy fueron pronunciadas el viernes 4, al cierre de la cumbre del G 20 en Cannes, Francia: Uruguay fue acusado de ser junto a otros 10 estados, un «paraíso fiscal», y recibió una amenaza de exclusión de la propia comunidad internacional. El conflicto diplomático detonó de inmediato, y se extendió durante varios días. El sistema político uruguayo rechazó esta aseveración, y Sarkozy pasó a ser un símbolo de la soberbia y del «talante imperialista». El G 20 reúne a 20 de las economías más poderosas del planeta, incluyendo a potencias emergentes como China e India.

Hubo protesta verbal, llamada en consulta al embajador uruguayo en París, convocatoria al representante diplomático de Francia en Montevideo, reuniones entre funcionarios del gobierno y líderes opositores. La defensa de los intereses nacionales una vez más galvanizó a todo el arco político. En el curso de los próximos días, podrían realizarse más encuentros para delinear las bases de una política de Estado en la materia.

El presidente José Mujica planteó el problema con extrema claridad: «(el mundo rico) inventó los paraísos fiscales para digerir toda la plata negra del mundo e incorporarla a los circuitos legales», aunque ahora el mecanismo por ellos concebido, «los afecta en forma negativa, porque los estados contemporáneos son formidables recaudadores y las exigencias son muy grandes». El ex presidente colorado Jorge Batlle ­un radical del neoliberalismo­ señaló poco antes que la isla de Man tuvo ese objetivo para el otrora todopoderoso Imperio Británico.

La evasión fiscal en el mundo llega a los 250 billones de dólares cada año, que suelen refugiarse en algunos de los 70 países identificados en los que obtienen amparo a través de legislaciones benévolas y el secreto bancario. Una organización británica surgida en 2003 (la Red de Justicia Tributaria Internacional), identifica como los casos más grave a dos repúblicas: Maldivas, -una isla de 300 kilómetros cuadrados situada en el océano Indico-, y a Naurú, de solo 20 kilómetros cuadrados, cercana a Australia, en el océano Pacífico.

Existen además decenas de «áreas protegidas» para la libre circulación de los capitales, para invertir o depositar en bancos y casas financieras abiertas en Andorra, las islas Cook, Costa Rica, Islas Caimán, Gibraltar, Hong Kong, Panamá, San Marino y la propia Suiza, para citar solo algunos casos emblemáticos.

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), ha reclamado ante la falta de trasparencia la sanción de normas que le den cristalinidad a las operaciones, y exista un adecuado intercambio de información entre los diferentes países. Lo que parece casi una utopía.

El jueves 10, Uruguay planteó en Naciones Unidas su situación, rechazando las exigencias de «clubes de países con membresía exclusiva y excluyente». Fueron citadas las prácticas dispuestas a nivel local para «evitar el lavado de activos, estrechamente vinculados a ilícitos como el del tráfico de drogas y el comercio ilegal de armamentos». Según el canciller Luis Almagro, Uruguay avanzó después de 2009, en que tuvo un llamado de atención de la OCDE, en la aplicación de distintas normas, y solo resta legislar sobre sociedades anónimas y ratificar los acuerdos de cooperación con una serie de estados considerados «revelantes» como es el caso de Argentina y de Brasil.

En lo que respeta a la información tributaria entre los países, de las reuniones del titular de Economía Fernando Lorenzo con la oposición, surgió el compromiso de que se protegerá convenientemente la inversión realizada en el ámbito local, evitando «la doble imposición» (es decir, el pago de impuestos tanto en Uruguay como en el país de origen de los inversores).

Cuando en los inicios de los años 90 del siglo XX se desmoronó el «socialismo real» y la economía planificada, los defensores del liberalismo económico sostuvieron que se vivía un tiempo de «globalización» indetenible, que unía a la democracia con el capitalismo, como dos caras de una misma moneda. El colapso actual del sistema económico mundial ­en su mismo centro­ ha echado por tierra muchos de estos pronósticos triunfalistas. Es lo que Aldo Ferrer en el Diccionario de Ciencias Sociales y Políticas de Torcuato Di Tella, denominó las «ficciones de la globalización». Estos conceptos parecen tener gran vigencia en el debate abierto esta semana.

Según Ferrer «la imagen de un mundo sin fronteras, gobernado por fuera del control de los estados y de los actores sociales (donde) el poder de decisión radicaría en los operadores financieros y las grandes corporaciones transnacionales (mientras) los ámbitos nacionales estarían disueltos en el orden global y los estados carecerían de capacidad de decisión significativa» ha sucumbido ante la realidad. Los estados nacionales siguen incidiendo fuertemente, así como sus intereses propios y las alianzas regionales que son capaces de arquitecturar para potenciar sus demandas. Existe la globalización, pero con visiones y con intereses contrapuestos.

Como lo señaló Mujica el jueves 10, al referirse a los dichos de Sarkozy: «A la globalización de ellos (en referencia al capitalismo central, sacudido por crisis estructurales y que está desmantelando aceleradamente el propio Estado de Bienestar) hay que contrastarlo con la globalización nuestra (la de la antigua periferia, colonial y semicolonial de los viejos imperios, que fueron cayendo)…Todo va a depender de cómo se planteé (en la coyuntura), América Latina…».

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