Señales suficientes

El gobierno se prepara para modificar su política cambiaria

Por Jorge Jauri

 

Es difícil suponer que el gobierno piense que esa adecuación o armonización cambiaria sea una propuesta de forzar el disciplinamiento cambiario de Brasil. Ni el doctor Batlle, ni el contador Bensión ignoran que desde 1999 Brasil maneja su tipo de cambio como un instrumento más de la etapa neoproteccionista del exitoso plan real. Las autoridades uruguayas no ignoran que la devaluación brasileña ya no es la consecuencia de victorias de la especulación fincadas en anécdotas menores de la política. Desde 1999 el dólar ya no es el ancla cambiaria en Brasil, ni Brasil tiene tiempo ni interés alguno en abortar sus planes aguardando a sus socios menores.

Desde enero de 1999 Brasil ha «aceptado» que el precio del dólar se duplicara, con lo cual sus complejos exportadores han incrementado su capacidad de competencia en el área del dólar en rangos del 50%, 60% sobre sus niveles de 1998. Si esto es interpretado como un accidente –base del diagnóstico adoptado por la conducción económica uruguaya en enero de 1999– debería aguardarse que en un período relativamente breve, los precios relativos vuelvan a ordenarse. Si así fuera, manteniendo su política, en pocos meses Uruguay podrá volver a reconstruir su competitividad perdida con Brasil.

Empero, el error de apreciación técnica y política que tuvo el gobierno uruguayo en 1999 no se reitera ahora. El gobierno uruguayo sabe bien que entre 1991 y 1999, Brasil logró completar una etapa de estabilización y reformas que, a partir de 1999 lo habilitaron a operar en condiciones que ni Uruguay ni Argentina pueden hacerlo. Esta libertad consiste en mejorar la protección de una industria que ya ha procesado su reestructura y lanzarse sobre el mercado internacional sin que los estímulos que requiere la exportación le compliquen la estabilidad interna en demasía. Ahora Brasil exporta con más seguridad carne, soja, café y jugo de naranja. Pero ahora también exporta celulares, bombarderos de última generación y bienes de capital que ya no son aquellos defectuosos productos de los viejos regímenes de sustitución de importaciones.

Dado que el gobierno uruguayo debe entender perfectamente que la devaluación brasileña será una variable ordenada y funcional del esquema brasileño, la referencia a la adecuación cambiaria regional reclamada con tanta insistencia sólo puede ser interpretada como el principio de un plan de aceleración cambiaria en el Uruguay.

Pero si esa no fuera la intención que impulsó al gobierno uruguayo a realizar las declaraciones de la semana pasada, todo sería aun más incomprensible y dramático.

Si Batlle, Bensión y Rodríguez Batlle no supusieran que sus declaraciones serían leídas de esta manera en el Uruguay estaríamos ante un asombroso caso de inepcia en la comprensión de cómo funciona la economía de la incertidumbre y del efecto de las señales sobre las expectativas de la gente.

La política cambiaria está en revisión. Ese es un dato que además de ser leído así en las declaraciones aludidas, tiene una base de sustentación muy fuerte en el agotamiento de todos los ensayos con los cuales este gobierno ha intentado revertir la crisis.

En consecuencia, sin dramatismos ni necesidad de especular con los viejos fantasmas, importa socializar la información, única manera de inhibir sus peores efectos. A esta altura de las cosas, la autocensura «responsable» en materia cambiaria sólo favorecerá a quienes hace rato están especulando con las variaciones de precios e ingresos que advendrán.

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