Fasano: El engaño del general Harguindeguy
Al día siguiente del magnicidio la primera plana del más importante diario mexicano «Excelsior» explicaba al mundo cómo habían sido supliciados y victimados los dos héroes de la democracia latinoamericana, en relato proporcionado por el actual director del diario LA REPUBLICA, doctor Federico Fasano Mertens, único periodista al que se le permitió el acceso a la morgue donde habían sido depositados los cuerpos exánimes de Zelmar Michelini, Héctor Gutiérrez Ruiz, Rosario Barredo y William Whitelow. El despacho provenía de Buenos Aires, estaba firmado por su corresponsal, el periodista brasileño Flavio Tavares y reproducía una entrevista que le realizara a Federico Fasano, proporcionando datos reveladores sobre el secuestro, suplicio y muerte de los dos patriotas ejecutados por los enemigos de la vida. Tiempo después la periodista Mona Moncalvillo entrevistó a Fasano sobre este tema reproduciendo la entrevista en 10 páginas del reportaje central de su publicación. En ocasión de serle entregado a Fasano en 1983 el Premio Internacional de Periodismo en España por sus artículos en defensa de los derechos humanos publicados en Le Monde Diplomatique y en El País de Madrid, varios medios argentinos lo interrogaron sobre el crimen del ex ministro y del ex presidente de la Cámara de Diputados, del Uruguay, ampliando información sobre el tema. De todas sus declaraciones sobre el crimen publicamos hoy un extracto de esos dramáticos momentos cuyas heridas aún no han cerrado porque nadie ha confesado ni nadie se ha arrepentido.
Las entrevistas a Fasano
Seguidamente reproducimos la síntesis de las declaraciones del director de LA REPUBLICA formuladas en esa trágica época de nuestra historia. He aquí su texto:
«Dos días antes del secuestro almorcé con el Toba en el restaurante Hoyo 19 de la calle Callao. Estábamos preocupados pero aún vivíamos la ingenuidad del pronto retorno al paisito y de que nada nos iba a pasar en tierra de exilios. La conversación tuvo el mismo tenor que el día anterior había mantenido con Zelmar Michelini en el bar La Paz, última vez que lo vi con vida: construir un medio de comunicación más allá de lo artesanal para unir a todos los uruguayos en el exilio y hacerlo ingresar clandestinamente tras los muros del país prisionero. Las gestiones estaban adelantadas. En una reunión mantenida en mi casa de la calle Ayacucho al 1700, a la que concurrieron muchos exiliados, se acordó iniciar acciones en tal dirección. El más entusiasta era Alberto Pérez Pérez.
Ya existían boletines que difundían la causa uruguaya e ingresaban al propio país. Pero se trataba de superar la etapa artesanal e influir en las sociedades civiles de todos los países democráticos para aislar al despotismo naciente. Zelmar, quizás el más realista de los que nos refugiamos en Buenos Aires, inventariaba las dificultades del proyecto, sin dejar de animarnos ni animarse. El Toba mucho más optimista, ese día en Hoyo 19, me repuso los bríos que yo ya había consumido. Recordamos los tiempos de nuestros almuerzos en El Balón de Oro cuando dirigía aquellos diarios de masas: Extra, De Frente, Democracia, Ya, El Eco, enfrentados al régimen pachequista. El Toba era un productor de primicias impresionante y yo las aprovechaba sin desperdicio. De allí surgió una amistad que tuvo su clima cuando Pacheco intentó deportarme y el Toba lo impidió en una memorable interpelación al ministro De Brum Carbajal, donde reseñó «todo lo que Fasano había hecho por Uruguay», siendo acompañado por el resto de los legisladores, obligando al Ministro del Interior a desistir de tal actitud. Recordábamos también la fraternidad que se había ensanchado también con Michelini cuando me cupo investigar, recorrer cuarteles y denunciar en pleno Parlamento el complot de Amodio Pérez con militares golpistas. Zelmar y el Toba, junto con Wilson Ferreira Aldunate y Líber Seregni fueron las primeras personas en enterarse de esas actividades en defensa de la democracia amenazada. Y Zelmar fue el que me defendió en el Parlamento en la sesión del 8 de mayo de 1973 al re-velar que «Fasano desbarató la ma-niobra y su conducta fue intachable y muy digna en el problema».
Y el mismo que en los fusilamientos de Pando, pronunció en el Senado un memorable discurso declarando a «De Frente, el diario de la dignidad nacional».
En el despacho del Toba en la presidencia de la Cámara de Diputados gestamos juntos los pasos a dar, apoyados por Wilson, Zelmar y Seregni, para dejar al descubierto el complot de Amodio y aislar a los golpistas.
En Hoyo 19 recordábamos con tristeza que todo eso había sido en vano. Nos despedimos fijando un nuevo encuentro con Zelmar en el mismo lugar la semana próxima para ultimar detalles del proyecto que yo debía elaborar con plazos y organigramas.
Fue la última vez que lo vi con vida.
Dos días después en horas tempranas de la mañana un periodista de La Opinión me avisa por teléfono del secuestro.
Mi vida cambió. Tomé contacto de inmediato con Matilde, con el Chicho Michelini, con el hermano de Zelmar. Todo era un pandemonium. No sabíamos qué hacer. No estábamos preparados para lo que estaba pasando. Ese primer día virtualmente lo perdimos en las redacciones, en consultas, en buscar amigos argentinos. Poco se pudo hacer. Al día siguiente se me ocurrió ir a hablar con Jorge Roulet, un hombre vinculado al Partido Radical, que después fue ministro de Alfonsín en la Secretaría de la Función Pública. Roulet vivía a dos cuadras de mi casa en Las Heras y Ayacucho. Era un hombre honesto, preocupado por los derechos humanos y respetado en los círculos políticos y sociales argentinos. Tuve una primera conversación con él. Me dio ánimo, prometió hacer averiguaciones y quedamos en volvernos a ver horas después en su casa. Así sucedió. Nada había podido averiguar y dada la angustia de la situación, a Roulet se le ocurrió nada más ni nada menos que llamar a su vecino militar que vivía en el mismo edificio. Este era el coronel Albano Harguindeguy, que después se convirtió en general y Ministro del Interior del general Videla. Roulet habló delante mío por teléfono con el propio Harguindeguy. Este quedó en hacer algunas llamadas y volver a comunicarse por teléfono con él. Esperamos anhelantes. Una hora después Harguindeguy le dijo a Roulet que ya estaban localizados, que no era una operación oficial, y que nos quedáramos tranquilos que nada les iba a pasar. Si bien negó toda vinculación oficial en el secuestro, admitió saber dónde estaban y aseguró un epílogo feliz al episodio.
Vaya a saber porqué razón escondida en los pliegues de mi alma exi-liada, me fui reconfortado de la casa de Roulet. Le creí a Albano Harguindeguy.
La realidad me despertó el 20 de mayo, el día del cumpleaños de Zelmar con los cuatro cadáveres dentro del Torino estacionado en la calle Dellepiane.
Lo primero que hice fue intentar ver los cuerpos. Averiguar cómo habían muerto. Lo segundo cambiar de domicilio. El coronel Harguindeguy había mentido y sabía que yo sabía que él sabía dónde estaban.
A la morgue pude entrar. Fui el único periodista presente. Aún hoy tengo pesadillas al recordar los rostros supliciados de esos dos grandes amigos a quien tanto les debía: al Toba, la derrota de mi deportación, a Zelmar la defensa de mis diarios y de mi conducta en el caso Amodio Pérez.
Zelmar tenía un enorme boquete en su cabeza, quemaduras en varias partes del cuerpo y algo que podrían ser cuchilladas.
Al Toba le faltaba el ojo izquierdo, tenía lo que parecían huellas de bala en el tórax y en la cabeza, quemaduras varias y
alguna herida cortante.
Un poco más allá, hermanados con mis amigos, estaban los cuerpos, también supliciados, de otros dos combatientes por la libertad, Rosario Barredo y William Whitelow. La indignación, la impotencia y la ternura ante esos cuerpos martirizados me derrumbaron. No pude contener las lágrimas. A todos les di un beso en la frente y me fui. Recorrí varias cuadras caminando y pensando en lo que iba a hacer.
Finalmente me decidí y conté todo lo que había visto a tres pe-riodistas. Pedí reserva sobre mi nombre. Pero en la primera plana del Excelsior de México se informaba con mi nombre y apellido lo que yo había relatado en Buenos Aires.
La noticia rebotó en Argentina y me fueron a buscar.
Por razones de seguridad había dejado mi vivienda de la calle Ayacucho y Guido y había pasado a pernoctar en un pent-house de Sarmiento y Montevideo a 10 metros de la casa de mi abuela, la esposa de Federico Mertens, el gran costumbrista argentino amigo de Florencio Sánchez, autor de «Las d’enfrente» y Premio Nacional de Literatura argentina.
Pero los servicios ya estaban sobre mi pista.
Cambié a la casa de mi abuela. Y al día siguiente me avisaron que estaban buscándome en los lugares que frecuentaba.
No había tiempo que perder. La ingenuidad del periodista indepen-diente que se creía a salvo de todo, dejó paso sin anestesia a la paranoia real de la persecución inmesericorde en un país regido por la ley de las bestias.
Eludí la persecución y apoyado por una pareja de jueces argentinos logré huir a México donde viví los primeros tiempos en la casa de Pepe Quijano quien me brindó generosa hospitalidad en uno de los peores momentos de mi vida.
Paradójicamente el diario que había revelado mi nombre en primera plana y cuya publicación determinó mi huida de la Argentina, el Excelsior de México, me dio un importante trabajo en sus ediciones, evitándome el amargo trago de un destierro sin tareas. Ese trabajo duró muy poco porque tiempo después renuncié en solidaridad con don Julio Scherer, maestro de periodistas y director del diario, destituido mediante una maniobra artera del poder político mexicano.
Otros rumbos, también periodísticos, tomó mi vida, fundando medios de prensa y trabajando en diarios, radio y televisión, así como en la Unesco, en la casa Le Monde, e incluso como director de prensa de la Presidencia de la República de México. Desde todas esas trincheras combatí la dictadura que en dos ocasiones me condecoró con sendas protestas diplomáticas por mis escritos en medios mexicanos y por mis acciones desde la Presidencia de la República.
La tragedia que se desató sobre el pueblo uruguayo y el recuerdo de esos dos grandes mártires y amigos inmolados alimentó en unos años de exilio nuestra razón y nuestra rabia contra los pregoneros de la muerte.
Hasta que el tiempo de los asesinos cayó sepultado por el alud popular.
Y decidimos retornar para terminar de rendir la asignatura pendiente, interrumpida por los enemigos de la vida».
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