Las reformas y el riesgo
Los uruguayos seguimos empeñados en trabajar ignorando en absoluto los imperativos que surgen de la apertura de la economía. La adversión al tratamiento de los temas del riesgo y el afecto al estado del bienestar perenne (o el de la indecencia de trasladar costos a las generaciones posteriores) parece sumirnos en una levitación intelectual asombrosa. Que en muchos casos, además, se surte de la voluntad del optimismo en soberbias porciones. Que ese optimismo irresponsable ahora sea defendido por el gobierno, como lo está haciendo, termina de completar un panorama desolador. Las reformas que necesita el país no son buenas ni malas. Son inevitables. A condición que sean entendidas, que estén diseñadas con la profesionalidad necesaria y que, además, tengan las coberturas de riesgo mínimos para que no fracasen ante las primeras dificultades o resistencias.
La estrategia sanitaria y comercial emprendida a partir de 1994, tuvo todas las características de una gran reforma. Sus objetivos implícitos excedían los de acceso a los mercados no aftósicos; apuntaban a una modernización de la ganadería y del complejo agroexportador. En su último tramo, los logros que se habían ido alcanzando tocaban esa modernización y permitían al país tener un ariete, la carne, sobre la cual reelaborar hasta el relacionamiento externo del país con aspiraciones de disminuir la dependencia histórica de los dos grandes vecinos. Empero, ahora, en el análisis del fracaso, el gobierno sólo atina a explicar que la falla radicó en factores instrumentales, de políticas de compensación –alusión a lo de Artigas– o de errores en las barreras. Ahora es el gobierno que explicita su incomprensión en cuanto a que hay sectores sobre los cuales penden amenazas demasiado fuertes para que puedan ser cubiertas en economías pequeñas y pobres como la uruguaya. No parece conveniente seguir avanzando en el área de las reformas de riesgo elevado con esa intuición no declarada que, al final, la única cobertura de riesgo con la cual se cuenta siempre es la capacidad de seguir trasladando los costos hacia aquellos a los cuales nada se les explica ni consulta y que, además, son siempre los que no cuentan con compensación o refinanciación alguna, porque nunca han sido objeto de crédito alguno. Si no es de otra manera, quizás sea menos oneroso dejar que las reformas de otros nos lleven de remolque.
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