Exportadores y economistas liberales anuncian "problemas importantes" en un año

El debate sobre la posibilidad de devaluar divide al nuevo gobierno

Con esas declaraciones puso el tema sobre la mesa a una escala superior a la que se venía hablando, aunque ya el doctor Jorge Batlle preguntó el pasado 9 de febrero al presidente de la Cámara de Industrias, Gualberto Ruocco, en una reunión reservada: «¿Qué está pensando usted sobre este asunto del dólar?», según consignó el analista económico Jorge Jauri, desde el semanario Brecha el pasado viernes 25.

En los días previos Ruocco se había mostrado favorable a mantener la actual política cambiaria, lo que generó malestar entre las filiales textiles y llevó a la Cámara de Industrias a asumir una resolución institucional, no descartando «ningún instrumento de la política económica capaz de mejorar la competitividad de la producción nacional».

El tema está «agendado»

Desde la crisis financiera de Brasil en enero de 1999 y la creciente movilización del sector agrario por recuperar la rentabilidad del sector –adjudicada fundamentalmente al atraso cambiario–, la posibilidad de una devaluación en nuestro país quedó «agendada», pero el proceso electoral que se inició con las internas de abril y que culminó en noviembre del mismo año pospuso el debate. «Es que en Uruguay ni en las Islas Fidji aportan votos los anuncios de una devaluación», dijo un alto dirigente empresarial a LA REPUBLICA al analizar las circunstancias aquellas. A pesar de ello y a medida que fueron transcurriendo los días del nuevo año comenzaron a escucharse voces sobre la posibilidad y hasta la conveniencia de una medida financiera de ese tipo.

Todo esto reforzado en el imaginario colectivo por la figura de Jorge Batlle que tiene un fuerte impacto comunicacional en ese sentido, si recordamos la devaluación de 1968 y todo el debate financiero, político y judicial que se generó en su entorno y que apenas fue recordado por la oposición en la última campaña electoral.

Pero fuentes foristas recuerdan que la mitad del equipo económico es del Foro Batllista y que su presencia se explica, entre otras cosas, porque se va a mantener la política cambiaria. «Si no se continuara en la línea de (Luis) Mosca, no estaríamos allí», dijo un alto dirigente del sanguinettismo, quien además indicó que «no se podría explicar que por un lado se trabaje para reducir la inversión pública y por otro también se proyecte una devaluación».

Entre dos fuegos

Los primeros en poner el tema ante la opinión de la sociedad uruguaya fueron los presidentes de la Unión de Exportadores y de la Asociación Rural, Daniel Soloducho y Roberto Symond. Si estas opiniones no sorprendieron a nadie, en tanto esas dos sectores han visto caer dramáticamente su capacidad competitiva en los mercados internacionales, tampoco sorprendió el «trancazo» de Víctor Angescheidt, presidente de la Cámara de Comercio, cuando dijo: «Hemos borrado la palabra devaluación de nuestro diccionario». Es que al sector importador el atraso cambiario lo ha favorecido. El 25 de enero el contador Hugo Pereyra, asesor de la Federación Rural, dijo a LA REPUBLICA que en los últimos años «se dieron facilidades al importador en perjuicio del exportador» y que hubo una transferencia de recursos «del sector productivo al no productivo, al sector familiar, al sector créditos personales por 5 mil 500 millones de dólares».

Con esas dos declaraciones, el gobierno saliente comenzó a quedar entre dos fuegos en materia de política cambiaria, pero Batlle y su equipo económico anunciaban desde el Radisson Victoria Plaza Hotel, a la vez que miraban al cielo por las ventanas de la habitación 75 en espera de lluvias que no llegan, que su apuesta va a ir dirigida a reducir drásticamente la inversión pública (Lucio Cáceres ya adelantó que recortará en un 23% el rubro inversiones) y no a un shock devaluatorio. El vicepresidente de la República, Luis Antonio Hierro, fue, en ese sentido, firme: «El gobierno ya anunció su decisión de mantener la política cambiaria», dijo en la pasada semana.

El retorno de los marcianos

Pero desde fuera del sistema político se siguió impulsando la conveniencia de una devaluación. El doctor Michele Santo, alineado en la ortodoxia neoliberal y muy escuchado en los últimos años por el doctor Batlle y otros dirigentes de los partidos tradicionales, hizo una apuesta dura desde el semanario Búsqueda: «Hoy todavía se puede hablar de leves retoques en la política cambiaria (pero) si se sigue como hasta ahora, dentro de un año ello ya será imposible, y quizás volveremos a oír hablar de marcianos y otros seres exóticos», en clara referencia a la devaluación de 1982.

No contento con ese único misil, lanzó otro –quizás con un lenguaje más pulido–, esta vez desde una entrevista que le realizó el diario El País el 28 de febrero: «Soy un firme partidario de modificar el tipo de cambio dentro de un manejo global de los instrumentos de política económica», para colocar más adelante nuevos nubarrones en el horizonte: «Si no se hace esto de manera rápida, creo que Uruguay va a tener problemas importantes de aquí a un año y los cambios que hoy podrán ser graduales tendrán que ser más abruptos».

La propuesta de Santo es precisa: «Una ligera devaluación llevándola al 1%-1,5% mensual se vuelve imprescindible en la actual circunstancia porque el país no puede pasarse cinco años más bajando sus precios internos a una tasa del 3%-4% por año para ver si al cabo de ese período se restaura la relación de precios que existía con Brasil a fines de 1998″.

Por cierto otra es la óptica del senador frenteamplista Danilo Astori: «Sería, sin lugar a dudas, el peor de los caminos para encarar el equilibrio generado en las cuentas públicas». Y en polémica con Santo manifestó su preocupación de que una aceleración del ritmo devaluatorio es una iniciativa «cuyo comienzo puede ser previsible, pero no su desarrollo y menos su culminación». Su propuesta para mejorar a la competitividad de la producción nacional apunta a un ajuste fiscal pero no por el lado de los ingresos, sino «a una reducción de gasto público, orientándola a la luz de un criterio fundamental: la eliminación progresiva de la conducta basada en clientelas, favores y privilegios que todavía explica –directa o indirectamente– una proporción demasiado importante de las erogaciones del Estado».

Con similar talante se expresó el economista Daniel Olesker, quien apoyó la reducción del gasto público pero rechazó enfáticamente que los recortes deban comenzar por el Ministerio de Transporte y Obras Públicas, en la medida que las inversiones en obras son impulsoras de la vitalidad de la economía nacional.

En el Partido Nacional el tema no ha estado sobre la mesa y toda la acción política y discursiva de sus dirigentes se ha centrado en la ley de urgencia, a pesar que fue durante el gobierno del doctor Lacalle que se desató el atraso cambiario al grado que fue tema de la campaña electoral de 1994, mereciendo críticas del entonces candidato colorado Julio María Sanguinetti.

La competitividad es lo primero

Recuperar la competitividad de la producción nacional y ganar mercados es el gran desafío de un país como el Uruguay, que deberá llevar la carga de un déficit fiscal de 800 millones de dólares, con un agro en situación de crisis generalizada y con una deuda impagable, además de una sequía que no parece superarse y de niveles de desocupación que no bajan del 11%.

Por su parte, el economista Pablo Fernández reconoció, en recientes declaraciones a un medio radial, que «lo más fácil es recortar la inversión, para reducir el gasto en el corto plazo», pero que esto puede implicar «un períod
o largo» para lograr la mejora de la competitividad. En ese sentido, recordó que en el año pasado la competitividad «se mejoró en un 3%» y que en este año puede estar en un porcentaje similar, «lo que es insuficiente para el proceso exportador».

Si la política de la reducción del gasto público tuviera esos efectos lentos en la recuperación de la competitividad, la otra alternativa de la devaluación podría estar otra vez en los primeros puntos de la agenda, sostienen incluso –en voz baja, queditos– hasta aquellos que han rechazado el ajuste cambiario.

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