Jorge Batlle y Líber Seregni: dos opiniones y un mismo error
Culminó la larga siesta estival y turística y el país se despereza. Bueno es entonces reflexionar sobre algunos hechos y declaraciones recientes que, quizás, pasaron demasiado desapercibidos en medio de la molicie de nuestros grupos dirigentes.
Rescatamos uno de ellos. La reciente coincidencia filosófica entre dos operadores políticos de primer nivel, de similar raíz histórica aunque de diferentes derroteros en sus peripecias vitales.
Nos referimos a Jorge Batlle Ibáñez y a Líber Seregni Mosquera, quienes casi simultáneamente acaban de declararse liberales y activos liberalizadores, en declaraciones públicas, que en el caso del añejo general de la dignidad antidictatorial lo hizo en la edición del 25 de marzo último del diario LA REPUBLICA.
Si la profesión de fe liberal hubiera sido proclamada por ambos animales políticos de raíz batllista, hace unas cuantas décadas, no nos hubiera sorprendido esa coincidencia. Pero lanzada, en la feria pública en pleno año 2001 de la era globalizadora, a qué otra cosa pueden referirse que no sea al liberalismo económico. Adviértase que hablo de liberalismo económico. No cometo la afrenta de adjudicarle al general del pueblo su decisión de concurrir a la pila bautismal del neoliberalismo. A Jorge Batlle, globalizador confeso y liberal económico militante, puede no ofenderle el sambenito de neoliberal, que no goza de buena prensa, pero a don Líber, con seguridad, sí.
Por otra parte, nunca me gustó calificar de neoliberal a esta nueva religión fundamentalista de mercado que ha instaurado en nuestras sociedades una economía despótica y un pensamiento único que le sirve de sustento.
El neoliberalismo de liberal no tiene nada, más bien sus rasgos son antiliberales y monopolistas y del vocablo nuevo sólo posee el grado y la extensión, es decir la maximización de la explotación humana a nivel planetario, sin las barreras fronterizas y proteccionistas de antaño. Más bien debería denominarse neocapitalismo globalizador.
Es obvio que en el contexto del debate nacional y mundial de 2001, ni Seregni ni Batlle, al definirse como liberales y liberalizadores, no se estaban refiriendo al viejo liberalismo que derrotó al decadente feudalismo y se convirtió en un factor de profundización democrática al exaltar su modelo de libertad y tolerancia. No se estaban refiriendo a las viejas banderas del liberalismo político, vinculadas con el humanismo, con la soberanía popular, con las libertades públicas, con las garantías constitucionales. Y no se estaban refiriendo a ello, por la sencilla razón de que ese liberalismo hoy no existe con ese nombre, no está en el orden del día del debate nacional y hace ya muchas décadas que esas banderas y bajo esa misma denominación fueron sustituidas por un liberalismo económico más cerca de la libertad de inversión, el derecho a la acumulación y la soberanía de la empresa privada.
Y no estamos hablando del decadente neoliberalismo actual, que nace en el mundo en 1973 con la crisis mundial del petróleo y la trampa estratégica de la deuda externa, sino del viejo liberalismo económico que durante casi todo el siglo XX fue desmantelando paso a paso a su numen y progenitor, el liberalismo político.
Obviamente, Batlle sabe de lo que estamos hablando y no es la primera vez que se define como liberal, en el sentido contemporáneo del término, y Seregni, estudioso de la historia y de las estrategias, también lo sabe. No pudo existir error alguno en su reiterada afirmación de las últimas semanas. Se refería al liberalismo económico, única categoría en debate en el mundo de hoy, donde la economía ha desplazado a la política y se ha convertido en una nueva ramera del saber, vendedora de felicidades inciertas a inmensas manadas humanas.
Seregni, el guerrero en reposo, cuyas últimas profesías han conmocionado a la izquierda, si algo sabe hacer es tomarse su tiempo, meditar en profundidad para luego extraer la espoleta, arrojarla en descampado e instalar el debate. Es un estratega puntilloso. No pudo ignorar con su definición y su coincidencia con Batlle en ese polémico punto, que se alejaba del batllismo que lo formó, del socialismo que le dio posada y del nacionalismo popular y antiimperialista al que entregó su vida.
Ser liberal hoy día, sin siquiera pronunciarse por el denostado neoliberalismo, significa militar contra un estado nacional fuerte y participativo al estilo del que erigió don José Batlle y Ordóñez y don Charles André Marie Joseph de Gaulle, absteniéndonos de mencionar a los estados populistas de antaño para eludir la acusación de demagogos e irresponsables.
No es otra cosa que combatir, sépanlo don Líber Seregni y don Jorge Batlle, contra un añejo y presentable estado capitalista donde la dignidad de vida de su gente era una condición indispensable para su propia fortaleza. Un Estado donde la economía se subordinaba a la política. Un Estado donde el ciudadano y no el consumidor era el niño mimado de la sociedad.
Definirse liberal y liberalizador (económico) en los albores del siglo XXI es enterrar a José Batlle y Ordóñez, es apoyar las políticas de desmantelamiento del sector público, es seguir permitiendo en aras del sacrosanto mercado la vergüenza purulenta de un desempleo infame en donde se ha perdido hasta la dignidad de ser explotado, mientras campea sin rubor la opulencia arrogante de unos pocos.
Es, en fin, hacerle el juego al liberalismo globalizador que ha llevado, por poner un solo ejemplo, en la India, a 400 millones de sus ciudadanos a vivir con sólo 50 rupias por mes y ya son legión los hindúes que venden sus propios órganos para poder sobrevivir en esta época del evangelio globalizador. Don Jorge y don Líber, cuyos espíritus sensibles y humanitarios estoy seguro ven con horror semejantes niveles de pauperización, creen sinceramente que los estragos del mercado son autorregulables y que la mano invisible de Adam Smith sigue existiendo y se moverá oportunamente para impedir tales hecatombes que ponen en peligro la especie humana.
Pero definirse liberal económico hoy, deben entenderlo don Líber y don Jorge, es cortarle a Adam Smith su mano invisible, aquella que regula el mercado para evitar sus iniquidades. Esa mano invisible funcionaba a veces con eficiencia en el primitivo liberalismo antimonopólico, pero hoy ha sido sustituida por 500 corporaciones transnacionales que deciden qué hacer, cuándo hacerlo y cuántas bajas humanas puede soportar el mercado.
Puedo entender que Jorge Batlle, coherente y tozudo, crea en el mercado libre. No puedo entender que Líber Seregni, batllista, socialista y humanista crea en esa ficción. Esa es la gran estafa ideológica del liberalismo. El mercado libre no existe. Lo que existe es un neocapitalismo monopolista y globalizador en guerra con los Estados que no se le someten y en guerra también con las sociedades que privilegian su condición de ciudadanos por sobre la de consumidores forzosos.
Sepamos entonces de qué lado está cada uno. Precisemos los términos. Para mí, hoy el debate traza una frontera entre los liberales económicos por un lado y los estatistas responsables por otro, los socialistas, los humanistas, los progresistas y hasta aquellos conservadores que ven con espanto este nuevo paradigma que no respeta ni siquiera tradiciones, dispuesto a arrasar con todo a su paso.
Hoy definirse liberalizador es estar situado en el otro lado de la trinchera humanista. No juguemos con las palabras. El liberalismo, el del joven Marx, el de la izquierda idealista de todos los tiempos, ya no nos pertenece. Por errores propios y astucias ajenas hoy es bandera del más grande depredador de la época: el neoliberalismo. ¿No h
abrá llegado para Jorge Batlle, que nos ha asombrado con su sensibilidad y coraje para modificar no sólo su look, sino estilos, pensamientos, alianzas y conductas políticas, la hora de darse cuenta que entre un sistema económico oligopólico, indiferente a los habitantes de este mundo, y un proyecto de transformación productiva con equidad como el sustentado por su tío abuelo don José Batlle y Ordóñez, no tiene derecho a la duda? Volver a sus raíces y esperar la caricia postrera de la historia que hoy golpea a sus puertas es su único razonable destino: ¡ojalá no desoiga el llamado!
Y para nuestro Líber Seregni, porque es nuestro, del campo popular y no dejará de serlo, aunque nos disgusten sus últimos años de vida, ¿no habrá llegado la hora de destinar su tiempo final para volcar sin iracundia en la izquierda uruguaya toda su experiencia de estratega e ideólogo, ayudándola a encontrar el camino tan esquivo del «cómo», superando el actual anclamiento teórico del «qué?
Pero no es precisamente definiéndose como «liberalizador» y «liberal» como se ayudará a la izquierda a construir un nuevo paradigma económico para enfrentar con éxito y rigurosidad a un neocapitalismo sin destino.
Un Uruguay menos inequitativo les reclama este acto de grandeza a ambos estadistas.
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